Área Cero #Cuento

«Paciencia; ten paciencia» pensaba para sus adentros Iván. «Dentro de unas horas mi padre se habrá dormido, y podré largarme de esta casa sin que se dé cuenta… Lo tengo todo perfectamente planeado, quedan solamente un par de horas… ¿Por qué me cuesta tanto esperar? ¿Acaso no he esperado durante varios meses a que llegase este momento? (He esperado pero con gran impaciencia)» Mascullaba todos estos pensamientos y algunos más, tendido sobre la cama de su habitación.

Iván apretó el botón lateral del móvil que estaba encima de la mesita, la luz iluminó las paredes de un modo fantasmal. Las 23:09 marcaba la pantalla. Iván suspiró de manera casi imperceptible. «Echaré de menos a mi hermana», pensaba y los remordimientos le invadían. Se maldecía a sí mismo porque su hermana pequeña lo iba a pasar muy mal con su partida. «Me pondré en contacto con ella tan pronto como pueda. (Llorará… Me duelen sus lágrimas). Cuando pueda ponerme en contacto con ella, la tranquilizaré… No me puedo martirizar con este pensamiento. (Me martiriza. Quizá ella no lo entienda hasta que yo se lo explique. Pensará que no la quiero, lo que es muy lógico pensar cuando te abandonan). La llamaré. (No te mientas a ti mismo: cómo la vas a llamar). No pienses más en ello. (Cómo no voy a pensar en ello, si es ella la única persona de la que puedo estar razonablemente seguro de que me quiere)… No te mortifiques más».

La luz del móvil se había apagado en el transcurso de aquellas cavilaciones. Iván iba a escaparse de casa aquella noche. Había hecho una planificación exhaustivamente minuciosa de todo lo necesario para llevar a cabo su plan. En primer lugar estaba la cuestión del dinero: tenía ahorrados (y escondidos) 3100€. Iván había sido siempre un niño muy precavido y organizado, especialmente en lo de gestionar su pasta: había ahorrado religiosa y secretamente desde hacía dos años la paga que sus padres le daban. Además, había impartido lecciones de apoyo a niños más pequeños que él, especialmente de la asignatura de matemáticas: un dinero extra. Y por último, y sobre todo, estaba el asunto de las apuestas online. Junto al hermano mayor de un compañero de clase, Iván había ganado una respetable cantidad de dinero apostando por Internet: «Pura estadística, Carlos, aunque admito que se necesita un poco de imaginación y quizá una chispa de magia», solía decirle a su socio, cuatro años mayor que él, que era quien cobraba la ganancia (por ser mayor de edad) y con quien Iván se repartía los beneficios.

En segundo lugar estaba el itinerario que seguiría aquella noche al salir de casa. En la estación cogería el autobús con destino a Madrid, a la 01:45; tenía el billete comprado desde hacía un par de semanas. Había estudiado el metro de la ciudad para moverse por ella, sabía dónde alojarse; cómo conseguir, si fuese necesario, un trabajo donde no le pidiesen ninguna documentación (aunque el dinero debía durarle mucho tiempo); cómo alquilar un piso (o una habitación) sin que le hicieran demasiadas preguntas. Lo cierto es que tenía Iván una idea tristemente nítida de cómo buscarse la vida.

«Te quiero, pequeñaja» mascullaba y contenía el arrepentimiento; trataba de desechar de su mente el mayor vínculo con aquella casa. «No me hagas llorar. No dudes nunca de que te quiero. Y cuando yo no esté, “sé inteligente”, pregúntate a ti misma si te he dejado de querer. Estoy seguro de que tu pequeña cabecita es capaz de llegar a la conclusión correcta. Pero ahora perdóname… perdóname, pequeñaja». Despedíase de su hermana en su imaginación con aquellas tiernas palabras.

La mochila estaba debajo de la cama, detrás de unas cajas, dispuesta de tal modo que si su padre se hubiese agachado por casualidad a mirar allí abajo, no habría podido verla. En su interior había dos pantalones vaqueros, cuatro camisetas, dos jerseys, ocho gayumbos, doce calcetines. Gel. Champú. Pasta y cepillo de dientes. Un frasco de desodorante y un peine. Había repartido el dinero en tres sitios: en la cartera, en un sobre y en una caja pequeña de color gris. Toda la ropa estaba plegada y dispuesta con minuciosidad. Los recipientes de aseo los había colocado en el compartimento lateral izquierdo, y en el derecho, el sobre con parte del dinero. La cajita estaba en el falso fondo de la mochila, y en el bolsillo trasero de la misma Iván había puesto el eReader. Toda la distribución no reflejaba una mera cuestión ergonómica, sino el principal hábito que caracterizaba a Iván: la organización.

Volvió a encender el móvil: las 00:55. «Hora de ponerse en marcha». Al incorporarse Iván de la cama, notó el suelo de su habitación más frío que de costumbre: imaginaciones suyas o una metáfora de que aquella casa no lo iba a acoger ya más en su seno. Aquellas paredes empezaban a rechazar su presencia. No le hizo falta vestirse porque en previsión de no hacer ruido y no despertar a su padre, se había acostado vestido aquella noche. Completamente a oscuras se calzó las zapatillas. Apartó muy poco a poco las cajas que ocultaban la mochila y la agarró sin hacer nigún ruido. Cogió la llave, la cartera, el smartphone y el cargador, que desenchufó de la corriente eléctrica. A tientas palpó dónde estaba el abrigo (encima de la silla de su escritorio) y se lo enfundó. Cuatro pasos hasta la puerta. El pasillo estaba en silencio. Por la tragadera central, la luz de la luna iluminaba suavemente la escalera (hubiese podido bajarla con los ojos cerrados). Avanzaba con el sigilo de un gato.

Cuando llegó a la puerta de entrada principal, a Iván le quedaba el último escollo por salvar: el ruido que provocaría la cerradura al abrir, y el de la apertura y cierre del portón. Unos días antes había estado pensando en ello y había llegado a la conclusión de que lo mejor era esperar a que pasara algún coche o algún camión por la calle y, en ese preciso instante, girar y accionar la cerradura, salir y cerrar con rapidez; todos los sonidos se sumarían. Si (cosa ciertamente improbable) su padre se despertaba, el sonido del vehículo podría verse justificado.

Frente a la puerta, con las maneras características que adoptan los ladrones, Iván introdujo la llave en la cerradura con una lentitud rayana en la exageración y, adoptando la postura de un mimo, casi la de una estatua, se quedó esperando.

Transcurrieron dos minutos… Miró hacia atrás un momento; aquélla parecía no ser ya su casa. La lámpara central del salón dábale la impresión de pertenecer a tiempos pretéritos. A Iván le costaba recordar su propia figura en aquel escenario, incluso verse reflejado en ella el día anterior. No lograba ubicar su historia personal en aquella vivienda. Aquel viaje parecía que daba sus frutos antes de lo esperado. Antes de cruzar la puerta y salir al exterior, creía Iván haber ya partido.

Se oyó en la calle el ruido de una motocicleta de baja cilindrada. Iván pensó que no era un ruido suficientemente notorio para sus propósitos; descartó la idea de abrir. Debía esperar el paso de algún camión, o por lo menos el de un coche. Pasaban sin embargo los minutos y no encontraba la ocasión de girar la llave, pero estaba convencido de que tarde o temprano pasaría algún vehículo suficientemente sonoro (vago parámetro que él albergaba en su mente), al que uniría los ruidos de la cerradura y la puerta.

En un momento dado empezó a escuchar cómo se aproximaba un vehículo, «Creo que es un camión…» pensó y permaneció atentamente escuchando. Todo sucedió entonces como a cámara lenta, aunque en realidad ocurrió en un solo segundo: de forma paulatina, fue Iván convenciéndose de que el estruendo de aquel furgón amortiguaría con total certeza el ruido que él se disponía a hacer. «Sí… no se notará… ¡ahora!» se dijo a sí mismo y giró la llave en el momento exacto de mayor estruendo. Entreabrió rápidamente la puerta, con el margen justo para poder pasar su cuerpo, salió y la encajó de nuevo.

Los andenes 1 y 2, los más cercanos a la fachada de la estación, contiguos el uno al otro, estaban completamente iluminados, los ocho restantes tenían sus luces apagadas. Iván disponía todavía de 30 minutos hasta la salida de su autobús. El edificio que contenía la estación de autobuses tenía todas sus puertas cerradas, en su interior únicamente se atisbaba un gran hall totalmente a oscuras. A aquellas horas de la madrugada ninguna oficina de venta de tickets operaba. Si alguna persona pretendía viajar y no tenía el billete de antemano, debía pagárselo al mismo conductor del autobús. Iván se sentó en un banco del andén n° 2, él sabía (por el nombre de la compañía) cuál era su autobús —el que estaba con el motor en marcha y con las luces encendidas—; a pesar de que era la primera vez que viajaba de aquel modo, no le hizo falta preguntar. Unos minutos después se dirigio hacia el autocar, y el conductor, que estaba franqueando la puerta del autobús, alzó la mirada.

—Buenas noches… —dijo el chófer al mismo tiempo que Iván le tendía el billete, a la altura casi de su pecho. El conductor tenía cara de pocos amigos, llevaba pintado en el rostro el gesto de quien odia trabajar en horario nocturno.

—Buenas noches… —dijo Iván.

El chófer comprobó que el billete correspondía a aquel día y a aquel horario, y con un bolígrafo hizo un círculo en el número de asiento (una marca que identifica el uso que se ha hecho del ticket). —Asiento número 21 —dijo, devolviéndole el billete a Iván, sin mirarle a la cara, con desgana, evitando cualquier pregunta o conversación.

—Gracias… —dijo Iván, casi al mismo tiempo que ponía el pie derecho en el primer peldaño de la escalerilla del autocar.

En el interior del autobús había 5 pasajeros. Una señora de mediana edad junto a la que debía ser su hija, de unos 12 o 13 años, ambas estaban sentadas en los dos primeros asientos, justo detrás del lugar del conductor, separadas del mismo por un cristal rectangular. A la derecha de ellas, habia una chica joven con el pelo rubio, muy llamativo. Un par de filas más atrás, estaban sentados dos señores, uno de ellos muy gordo, y el otro no es que estuviese significativamente muy delgado, pero establecíase un curioso contraste entre ellos. Y al fondo del autobús, Iván vislumbró la silueta de un hombre con la capucha de la sudadera en la cabeza, sobre el que no pudo entrever ningún detalle.

Un par de minutos antes de las dos, el autobús ya había abandonado la ciudad, e Iván contemplaba las luces de las farolas de la autovía; su rítmica y monótona visión actuaba como una serie de pequeños golpes, martillazos, con los que poco a poco iba Iván olvidando todo lo que dejaba atrás.

«Me pregunto qué harán mañana. (Ya sé cómo van a actuar…, ¡los conozco perfectamente a todos ellos!). Mi padre se enfrentará a una decisión peliaguda: qué atender primero, si a su hijo o a su trabajo. Algo me dice que en esta ocasión él dejará a un lado la empresa, no sé por qué. (No, no… Él antepone su trabajo por encima de todo). Pero no es tonto; es muy probable que capte la gravedad de la situación; llamará a mi madre para decírselo. No sabrá muy bien qué hacer con la reunión… (Será mi madre quien tome la decisión).»

El autobús tenía repartidos a lo largo del pasillo cuatro pequeños televisores; ponían una película antigua, de artes marciales, a la que Iván no prestaba ninguna atención. Los auriculares del sistema de sonido del autocar estaban dentro de su bolsita (intacta, tal y como Iván se la había encontrado al sentarse), dentro de un cenicero abierto, ocultando parcialmente un pequeño cartelito donde se podía leer Prohibido fumar.

Iván trataba de imaginar cómo reaccionarían los miembros de su familia cuando reparasen en su fuga. Superponía a estos pensamientos la minuciosa planificación que había hecho él para escapar de casa. Con paciencia benedictina había esperado a que llegase aquel día. Cuando empezó a idear la fuga, lo primero que hizo fue reflexionar sobre el día más idóneo para llevarla a cabo. Su madre trabajaba como médico, y cada cierto tiempo debía viajar a algunas conferencias nacionales e internacionales. Desde un principio Iván tuvo claro que su escapada tendría lugar estando ella fuera de casa. Además, situó el día D justo cuando su padre tenía un importante compromiso en el trabajo (director ejecutivo en una conocidísima compañía telefónica). Su propósito fue disponer del máximo intervalo de tiempo hasta que sus padres empezaran su búsqueda. Con ello obligaba a su padre a decidir; y a su madre en cierta manera la maniataba por estar fuera de la ciudad.

«Ella decidirá qué hacer… No puede abandonar la ponencia que tiene pasado mañana… O sí… No lo sé. Es capaz de todo… claro… ¿Qué hará mi madre?… Buscarme. Mi madre me buscará. Estará convencida de que me puede encontrar, pero tardará varias horas en volver a *, en el caso de que finalmente decida no presentar su trabajo en el Congreso… O quizá en la distancia le diga a mi padre cómo debe actuar… Ella valorará fríamente todas las posibilidades… Esta noche era la mejor noche para irme de casa. (Mi madre también llegará a esta conclusión)».

Iván conectó los auriculares al móvil y abandonó su mente a los acordes de la música; con ellos quería guarecerse de la oscuridad del exterior. El grupo británico Coldplay le haría compañía durante el largo trayecto por carretera. Iván, a pesar de la intempestiva hora, no tenía sueño, no estaba en absoluto cansado; al contrario, una gran sensación de libertad invadió todo su ser y sentíase energico; ardíale el pecho. Sin embargo, dos horas después de la partida desde la estación de autobuses, empezó a sentirse levemente somnoliento, y dio una pequeña cabezada, pero la incomodidad de la butaca hizo que no fuese aquélla en modo alguno reparadora.

Amanecía cuando el autobús entraba por las afueras de Madrid. Iván miraba a través del cristal con expectación, se sorprendía de ver por primera vez aquel paisaje; la novedad; un territorio que aguardaba ser explorado; liberado de la monotonía de *; ansioso por descubrir la ciudad.

Iván cogió la mochila (la había llevado toda la noche a sus pies), aunque no sabía cuánto quedaba todavía para llegar a la madrileña estación de autobuses; sentíase muy impaciente. Entonces notó cómo alguien, por detrás de él, le ponía la mano en su hombro y llamaba su atención; se giró. El hombre de la capucha que no pudo reconocer cuando subió al autobús debía haberse sentado detrás sin que Iván lo notara.

—Tú te llamas Iván, ¿verdad? —dijo aquel hombre sombrío, de ojos verdes y actitud excesivamente directa y frontal.

Iván se quedó muy sorprendido, sin palabras. Tras el abordaje de aquel tipo, no supo cómo reaccionar.

—¿Cómo sabes mi…

—¿Por casualidad esta cajita con dinero es tuya? —le interrumpió, al mismo tiempo que le mostraba la caja con su dinero, sonriendo de un modo muy siniestro..

—¿Cómo has…

—Iván, Iván…

[…]

—¡¿Iván?! —dijo Roberto, alargando de manera excesiva la vocal a, y deteniéndose un breve instante frente a la puerta de la habitación—. Vamos hijo… o llegarás tarde al instituto.

«… Aunque tú nunca llegarás tarde a ningún sitio; eres un reloj» pensó el padre de Iván, mientras bajaba por las escaleras hacia la primera planta. «Si alguna vez se te hiciese tarde, tu madre y yo nos asustaríamos» se decía a sí mismo, mientras de buen humor se encaminaba hacia la cocina. Iba Roberto silbando la melodía de una marcha militar, aprendida, y firmemente atravesada en su subconsciente, en la época del servicio militar obligatorio, allá por los años 80. Aquella cancioncilla le salía sin pensar, sobre todo cuando el ambiente era distendido y no había nadie por su alrededor.

Roberto encendió las luces de la estancia y empezó a preparar el desayuno: llenó un par de vasos de agua del grifo y los vertió en la cafetera, sacó una cucharilla de un cajón y puso cuatro cucharadas de café en el filtro, encendió el fuego y finalmente y con mucho cuidado posó encima del fogón la cafetera. Cogió un par de vasos de una estantería, abrió un pequeño armario y extrajo un bote de Nesquick. Como un autómata sacó de la nevera la mantequilla y los cartones de la leche y el zumo. De la panera de la mesa cogió media barra de pan, quedósela mirando durante unos segundos y estrujándola suavemente con la mano; finalmente la descartó y de una alacena que había justo a sus espaldas sacó una bolsa de pan de molde.

«No baja todavía… » se dijo a sí mismo mientras llenaba de leche uno de los vasos y lo metía en el microondas. Roberto encendió la televisión pequeña que tenían en el banco de la cocina. Daban la previsión meteorológica, se quedó mirando la zona del mapa de España donde estaba *: nubes y frío. Las primeras notas del aroma a café llegaron a su nariz. «Por qué no baja… Ese niño cuando no está su madre siempre se comporta de una manera muy rara».

Entonces Roberto se fue hacia los pies de la escalera y se apoyó en la barandilla.

—¡Iváaaan! Papá tiene una reunión importante hoy… ¡Vaaamos!

Silencio.

Ninguna contestación, ningún ruido de trasiego en el piso superior. «Es la primera vez que se queda dormido… » pensó Roberto y se encaminó hacia arriba. Llegó hasta la puerta del cuarto y volvió a llamarlo (en casa se respetaba mucho la intimidad y no se accedía a las habitaciones de los demás si no era con un consentimiento explícito). Nada; silencio absoluto. Roberto pensó que Iván estaría durmiendo (aunque esa idea era muy descabellada). Abrió la puerta.

«No… No puede… No puede ser». Lo primero que vino a la mente de Roberto fue el recuerdo de cuando su hijo hacía muchos años había intentado fugarse de casa. La falta de ruido en la vivienda fue entonces obvia y el significado nítido: Iván no estaba ni en su habitación, ni en el baño, ni en ningún otro sitio; Roberto se hallaba solo en su casa. «Quizá sea… Quizá sea una broma», trataba inútilmente de engañarse a sí mismo, en los primeros momentos.

«No es una travesura… Anoche apenas cenó… Se acostó más temprano que de costumbre… Iván se ha fugado de casa.»

A continuación la reunión de las 10 en la oficina cruzole por la cabeza a Roberto.

[…]

—Claudia…

—Hola Rober… ¿a esta hora me llamas?

—Sí…

—¿Qué pasa… estás ya en el trabajo?

—No, en casa. Te llamo porque… —dijo Roberto y se calló durante un brevísimo segundo.

Él quería darle la noticia a su esposa del modo menos abrupto posible, sin entender, quizá, que un suceso de aquel calibre no se puede disimular ni endulzar. Si Claudia hubiese estado en aquel momento en *, la situación se habría desarrollado de un modo totalmente diferente, pero se hallaba a muchos kilómetros de distancia. Roberto quería ahorrarle el sentimiento de impotencia a su esposa, la sensación de que su hijo se había fugado de casa y de que ella no podía buscarlo inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

—Es Iván…

A 527km de distancia de * estaba Claudia, en la habitación de un hotel de cuatro estrellas, con una toalla alrededor de la cabeza, vestida con un albornoz y frente al gran espejo del baño. Cuando su marido pronunció su última frase por el móvil, ella supo instantáneamente que algo grave había ocurrido. Su cerebro, en el breve periodo de tiempo que transcurrió hasta que Roberto empezó a contarle lo sucedido, empezó una carrera frenética por adivinar, por deducir, qué podía haberle pasado a su hijo. Pensó que seguramente Iván no estaba enfermo, pues habría tenido noticias sobre él el día anterior. Y lo hizo, descartó esa hipótesis, porque ella consideró más probable el inicio vespertino de una hipotética enfermedad que la aparición de unos síntomas matinales. Un accidente a aquellas horas de la mañana tampoco parecía probable. Según su veloz cálculo mental, debía haber ocurrido algo de carácter muy sorpresivo. «Se ha ido… Iván se ha fugado» pensó.

—Iván se ha fugado. No está en su habitación, pero no quiero que te preocupes, yo me…

—Lo sabía… Lo sabía.

—Iré inmediatamente a la comisaría y…

—No, no… No. Escucha. Hoy tienes la reunión. Lo que vamos a hacer es…

—No, Claudia, no. Puedo anularla. No pasa nada. No es tan importante.

—No, no. Lo que vamos a hacer es lo siguiente. Tú de momento vas a ir a la oficina, y cuando termines de la reunión, me vuelves a llamar. Yo desde aquí haré todos los trámites con la policía via telefónica. Cogeré el primer vuelo que encuentre…

—¿Y tu ponencia en el Congreso?

—Se la pasaré a Arturo o a Elvira; aceptarán de buen grado… Si lo de volver en avión no fuese finalmente posible hasta mañana, entonces cogeré el tren.

—Está bien… está bien.

—Ah, una cosa más: es muy importante que Ana no se entere de nada.

—Lo sé, lo sé, ya he pensado en ello.

—Llamaré a mi hermana ahora mismo y le contaré lo que ha pasado, le diré que tiene que quedarse con ella por lo menos hasta el lunes que viene.

—Sí… mejor.

Un largo silencio se hizo entre ellos dos; ambos pensaron lo mismo.

—Sabía que algún día lo volvería a intentar…

—Anoche se fue a la cama temprano, apenas probó bocado en la cena.

—Debía estar nervioso…

—Tendría que haber hablado con él.

—No, no podías… No podíamos sospecharlo… Estoy segura de que lo ha planeado todo con mucho cuidado… Oye… podrías… ¿Podrías ir un momento a su habitación?

—Sí, espera.

Roberto, en el salón durante toda la llamada, subió a la habitación de Iván al mismo tiempo que miraba de soslayo la pantalla de su móvil para cerciorarse de no colgar involuntariamente la comunicación..

—… Ya estoy aquí.

—Abre el armario, por favor.

—Abro el… ar… mario.

—¿Hay algo que te llame especialmente la atención?

—Claudia, por favor… ya sabes que vuestros juegos de adivinanzas a mí… Hay ropa, qué si no. Toda muy bien ordenadita como siempre, por supuesto.

—Ya, ya… lo que quiero decir es… A ver, espera… ¿Hay… hay por casualidad una sudadera amarilla colgada por la parte derecha?

—Sí. ¿Por qué?

—Espera, los pantalones… ¿Cuántos pantalones ves en un primer vistazo?

—Un momento… Uno… dos… tres… seis. A primera vista veo seis pantalones.

—Se ha comprado ropa nueva…

[…]

Cuando colgó el teléfono, Claudia se quedó mirando detenidamente su cara reflejada en el espejo. «Quieres crecer demasiado deprisa… Vas por delante de tu propio destino… Tu padre y yo no podemos dejarte. No todavía… Ahi afuera hay peligros para los que no estás preparado». Después de aquellas breves reflexiones, tornó a su rostro una expresión decidida y enérgica. En el espejo quedose todo signo de desaliento.

Claudia se puso en contacto con la policía de * y les dio todos los datos que le pidieron, con todo lujo de detalles, milimétricamente explicados. Aventurose en aquellas preguntas que no podía saber, como por ejemplo la vestimenta que Iván llevaba la noche anterior, “… es probable que lleve alguna prenda amarilla.” Cuando le preguntaron por el lugar o lugares a los que su hijo podría haberse fugado, Claudia se detuvo a pensar pausadamente sobre esa cuestión; fue finalmente honesta y no quiso precipitarse. Dada la premura del asunto, al final dijo que estaba segura de que su hijo había partido hacia algún punto de la geografía española muy distante de *, y aunque no pudo precisar una zona concreta, le sugirió al agente que había al otro lado de la línea la cifra de 500 ó 600 km. Añadió que cuando volviese a *, ella se pondría en contacto con ellos periódicamente y les daría más indicios sobre un posible destino. Además, acordó mandarles, una vez finalizada la llamada telefónica, una foto de Iván por correo electrónico.

Llamó después a su hermana para decirle todo lo que había ocurrido; había que ocultarle la noticia a la pequeña de la familia. Silvia se mostró comprensiva y asustada. Ella sabía que Iván era un chico que a veces daba algunos problemas. El tono seguro y decidido de su hermana mayor la tranquilizó en cierto modo. “Ella lo tiene todo siempre bajo control” pensó Silvia.

Claudia llamó por teléfono a la agencia de viajes con la que desde hacía un tiempo siempre contrataba sus desplazamientos, vacaciones o viajes de fines de semana. Pidió a la empleada (con la que ya tenía cierta confianza) que le consiguieran un vuelo de regreso lo antes posible “… a cualquier precio”. No quiso explicar lo sucedido; la chica tampoco preguntó.

De forma veloz, pero de una manera muy eficaz, sin atropellos, y sin devaneos, Claudia recogió todas sus cosas de la habitación e hizo la maleta. Cuando estaba al punto de cerrar esta última, entró en su teléfono un mensaje: la agencia de viajes había conseguido un vuelo para ese mismo día a las 8 de la tarde. Cerró la maleta, la dejó dentro del armario y bajó a desayunar.

[…]

Transcurrieron dos años y ocho meses desde la fuga de Iván. Claudia y Roberto hicieron todo lo que estaba en sus manos para buscarle: difundieron la noticia a través de los medios de comunicación. Uno de los principales canales televisivos dio una extensa cobertura a la búsqueda del adolescente. Durante las primeras semanas, dos unidades móviles de televisión estuvieron aparcadas frente a la vivienda familiar. El informe policial no pudo esclarecer los hechos. Los agentes, en su investigación en la estación de autobuses, interrogaron a todos los conductores que aquella noche hicieron acto de presencia desde las once menos cuarto (última hora en que Iván fue visto por su padre) hasta las nueve de la mañana del día siguiente. Ninguno de ellos recordaba haber visto un chaval de las características que los policías señalaban, tampoco identificaron la fotografía que se les mostraba. Todos ellos desconocían que Iván aquella noche había cambiado considerablemente su forma de vestir con la ropa que se había comprado expresamente para llevar a cabo su escapada. Una vestimenta que pasaba completamente desapercibida, opuesta a la que normalmente él solía usar, como sudaderas de colores chillones o alguna de sus rapper caps. El pelo largo se lo recogió en una coleta, usó un pequeño bigote que había comprado unos meses antes en una tienda de disfraces, el día de la huida llevó unos pantalones vaqueros azul oscuro y una chaqueta verde caqui. Pasó completamente inadvertido.

Desde el primer momento, Claudia supo que las posibilidades de encontrar a su hijo eran mínimas. Este convencimiento no sólo era fruto de las desalentadoras noticias que la policía proporcionaba a la familia. La misma noche del regreso a casa, Claudia inspeccionó cuidadosamente la habitación de Iván. No se había llevado su ropa, ninguna de sus prendas, incluyendo sus favoritas. Tampoco la ropa interior, zapatos y enseres de aseo. Aquello le hacía pensar que Iván pretendía comenzar desde cero. «Sabías que no podría buscarte porque estaba en el Congreso», se decía a sí misma, aquella noche, mientras registraba toda la habitación.

¿Dónde estoy? No veo nada… no veo nada. No puedo moverme. ¡¡¡No puedo moverme!!! No veo nada, ¿dónde estoy? Socorro, ayuda, ¡socorro! Tranquilízate, Iván, tranquilízate…, no puedo hablar, no me puedo mover, tranquilízate, ¡cómo me voy a tranquilizar!, tranquilízate, hombre, tranquilízate… tranquilo… tranquilo. No sé dónde estoy, ¿hola? ¡No puedo hablar! ¡¡¡No puedo hablar!!! Deben haberme amordazado, ha sido… ha sido el hombre de la capucha. Sí, sí… Debió ser él. Pero es muy raro… Esto es muy raro. No me puedo mover pero… no me duele nada. No siento ningún dolor. Bueno… de hecho… no siento nada de nada. No, no puede ser, ¡no puede ser! Me he quedado paralítico. ¡¡¡Socorro!!! ¿Quieres tranquilizarte? No puedo tranquilizarme, joder. No noto mi cuerpo, mi cuerpo no está, no noto nada. ¿Qué mierda está pasando? Tranquilízate, Iván. Quizá estoy soñando. Sí. Eso es…, se trata de un mal sueño, una pesadilla… Pero soy demasiado consciente del sueño. No, no estoy soñando. ¿Dónde estoy? ¿Qué es esto? Esto es algo muy distinto. No sé lo que es pero es algo muy diferente a todo lo que he vivido. No conozco el lugar en que me hallo. Está oscuro y frío. Bueno… no está frío… no está ni frío ni caliente, pero es un lugar cerrado, muy cerrado, el lugar más cerrado del planeta. Debo tranquilizarme y pensar con serenidad. Eso es; serénate. Serénate. Piensa un poco, piensa en el mundo de las matemáticas. Sí: números, números, números….

He llegado a un lugar desconocido. Un sitio irreal, donde reside el eterno equilibrio. No hay luz. No hay oscuridad. Lo llamaré Área Cero. Debo romper el equilibrio. Debo comunicarme con los que a uno y otro lado rodean este inquietante lugar. Sólo conozco a una persona dotada con la sensibilidad necesaria para contactar con un lugar tan oscuro cómo éste: mi hermana pequeña.

Ana…

Padre, madre e hija desayunaban en la cocina, cuando la niña (¿involuntariamente?) tiró al suelo el vaso de zumo de naranja. Se hizo añicos.

Ana se quedó mirando los cristales con los ojos muy abiertos…

Ensayo sobre la belleza

Llevo tiempo queriendo escribir sobre una pregunta que —en las conversaciones que mantengo conmigo mismo— me asalta muy a menudo y de manera un tanto estridente. Al leer a Luis Racionero Grau, en su ensayo El arte de escribir. Emoción y placer del acto creador, ediciones Temas de hoy (1995), he decidido escribir algunas cosas que me han parecido interesantes sobre éste, a la par que reflexionar sobre aquélla. Y es la mía, probablemente, una cuestión ambigua, una forma como cualquier otra de perder el tiempo, quizá una estupidez, o un sinsentido. Además, para confirmar esas dudas —ya os lo adelanto—, las siguientes líneas no resuelven nada; absolutamente nada. Tiene mi pregunta su origen en la indignación. Nace en mi interior porque veo cómo mucha gente no se plantea apenas esta cuestión, tan obvia para mí por el contrario. Me indigna sobremanera que se pase sucintamente por encima de ella. Quienes más la ignoran son precisamente los mismos que con mayor fuerza tratan de resolver —despreciándola— el misterio que ella encierra. El concepto que fácilmente has intuido por los títulos del post y del libro es la belleza’, y la pregunta, “por qué algo es bello en lugar de no serlo”.

No me extrañaría nada que pensases que eso es un asunto baladí —no te culpo en absoluto—, lo cierto es que tú disfrutas con el arte y sus distintas manifestaciones, sin más. Y la explicación que das cuando se te pregunta el motivo de ese disfrute no es mucho más prolífica o detallada que la de cuando se te pregunta por qué te disgusta algo. Lo tienes muy claro: en ambos casos das una serie de adjetivos y no te planteas qué te hace llegar a pensar o a sentirte así. Qué tiene (o de qué adolece) una obra para que la consideres bella (o deforme). El crítico, por el contrario, va un poco más allá y dice qué le gusta o qué le disgusta, por ejemplo, de una película. Nos proporciona además una disertación con otra serie de argumentos —serie que a veces tengo la impresión de que tiende a infinito— con la que intenta demostrar su postura. Yo me enervo al conversar con gente como vosotros o al leer o escuchar a los críticos de arte, especialmente en la literatura. Entro en combustión espontánea cuando se discute del mundo del cine. Y declino cortésmente la conversación al debatir sobre cuán horrible resulta una determinada pieza musical.

Dice Racionero: «Evaluar es interpolar un juicio de valor. Decir “este arcón es blanco” es explicar una sensación (la forma y el color), decir “este arcón es bonito” es explicar un sentimiento: el banco se ha evaluado y se ha juzgado como bonito. ¿Por qué es bella una cosa? Responder a eso es elaborar una estética y yo aquí lo estoy haciendo con respecto a la escritura. De un modo general hay que responder a la pregunta básica: ¿Qué es arte?». Yo no tengo respuestas, pero como dije al principio— me lo pregunto muchas veces a mí mismo. Sin embargo, el señor Racionero logra dar una óptima explicación; si no cerrada, sí parcialmente convincente. Os recomiendo su lectura.

No obstante, no me conformo con la pulcra explicación que va desplegando el autor a través de las cinco partes en las que está dividido el libro, en especial la número cuatro, Los críticos, como solución a la pregunta que planteo. Y no me resigno a sus razonamientos porque hay obras de arte que la Humanidad ha elevado a la más alta categoría que pueden tener: la eterna, pero que yo no siento nada en absoluto al contemplarlas, no me transportan hacia ningún lugar, me atan por el contrario al formato físico donde están representadas, huecas como el ruido de una cacerola; no veo en ellas nada más allá. No quiero transigir a ese vago esclarecimiento que, aunque inequívoco, el ensayista establece con las siguientes palabras:

«Arte es cualquier producción humana que provoca en el espectador una emoción. Emoción es una descarga del sistema nervioso que, al superar un nivel de intensidad, escapa al control de la razón y se vuelve autónoma como un reflejo condicionado».

Y unas páginas más adelante:

«La teoría del arte como objeto en sí ha servido de justificación a la incompetencia técnica de la mayor parte del abundante arte contemporáneo y ha desorientado a la generación de artistas jóvenes, empujándolos a reprimir sus emociones, evocaciones, símbolos y alusiones, para no caer en las alienaciones del artista anticuado, en los pecados capitales —figuración, simbolismo, emoción—, y a crear un arte vacío, yermo, reseco, aséptico, que no puede penetrar en el espectador o causarle mayor impacto que una lavadora, una piedra o una pared de ladrillos.

»Esta teoría fue importada a España por Rubert de Ventós [El arte ensimismado], quien trata con agudeza y objetividad la tendencia a la introversión en las distintas artes hasta reducir la obra a “objeto en sí”».

Yo, como espectador, como simple consumidor cultural, estoy muy lejos de poder definir tan elegantemente los conceptos de arte y belleza como lo hacen Xavier o Lluís. A lo máximo que aspiro es a deleitarme leyendo una buena novela, concentrándome en sus líneas y permitiendo que se despliegue en mi cerebro el universo del autor. Intentando desentrañar los vericuetos del relato.

Continúa diciendo Lluís sobre Xavier: «Dice Rubert: “Hoy se pretende que el cuadro nos aparezca como un dato objetivo, como dato estético puro”. La contradicción es doble; un dato objetivo no existe jamás, porque para saber qué cosas son datos, se necesita una teoría previa que seleccione; en segundo lugar, un dato estético es como un círculo cuadrado; si es estético, quiere decir que contiene connotaciones emocionales, evocativas, ambiguas, y desde luego no es puro. Combinar palabras es fácil, pero los conceptos que éstas representan a veces se repelen y no cuadran en la mente del lector con la misma facilidad con la que el autor las escribe sobre el papel que, blanco objeto en sí y puro, lo aguanta todo. Insiste más adelante:

“El nuevo arte no compone, sino que la realidad se muestra por él. La imagen artística —afirmada como tal, es decir, como ens fictum— no desaparece, como en el existencialismo, en provecho de la ‘realidad total’ que anuncia, sino que se mantiene y se quiere en su mera presencia fenoménica. La obra de arte no es, decíamos, la creación de este fenómeno, sino el siervo de su permanencia. El arte, tras la reacción del primer no figurativismo naïf, vuelve a ser vehículo del mundo, pero de un mundo designificado (o, si se prefiere, de una hipersignificación de puros datos en presente de indicativo) en el que el fenómeno —el sonido de Webern o la pared desgastada de Tàpies— no aparece sino como fenómeno”».

Desde mi ignorancia en estas lides, no puedo aceptar que una pared desgastada sea arte. No puedo. No puedo. No puedo. Me faltan, empero, recursos para argumentar contra esa idea. Para responder la pregunta que plantea este texto, debo acotar el arte, porque, de hecho, aunque no puedo establecer con exactitud por qué algo es hermoso, sí puedo y debo decir que no todo es arte. No todo lo que se publica es literatura, aunque traten de vendérnosla como tal. No todo es música, por mucho que algunos se empeñen en calificar así a una serie de gruñidos y ladridos. Ni pintura, un par de brochazos sobre un lienzo cuando estás de mal humor. Pero, a pesar de ello, la amalgama de manifestaciones artísticas que quedan dentro de una distribución —a la que yo involuntariamente me la imagino como Normal, con su campana de Gauss— es muy grande, y la pregunta de qué hace que algo sea bello o no sigue siendo muy, muy oportuna.

No dispongo de los recursos, no tengo respuestas, pero Racionero sí: «Uno se pregunta de entrada, cómo pueden pagarse millones por un simple fenómeno o por una pared desconchada. Quien esto escribe tiene la casa donde vive llena de paredes desgastadas, conservadas religiosamente cual obras maestras del arte ensimismado. Sólo en este sentido puedo comprender la frase: “El nuevo arte no compone, sino que la realidad se muestra por él”. ¿Qué significa esto? ¿Qué las obras se hacen solas? ¿Qué nadie las moldea, o que quien lo hace no introduce, cosa imposible, sus juicios de valor subjetivos? ¿Cómo puede mostrarse la realidad sin acción de un agente que, en cuanto la toque, está ya componiendo? En mi casa, las paredes las ha moldeado la lluvia. ¿Quién moldea el arte según la teoría de Rubert? ¿Cómo se puede hacer arte sin componer? Si “el fenómeno no aparece sino como fenómeno”, yo diría que es un fenómeno, como la lluvia o la caída de la hoja, pero no sé cómo elevarlo a la categoría de arte, por más ensimismado que se presente. A no ser que todo fenómeno sea arte, en cuyo caso hemos salido de la contradicción para caer en la confusión».

Hay otro aspecto que me ronda la cabeza cuando pienso en todo esto: el tiempo, la época. El arte está maniatado por la época en la que nace y vive; efecto, y también causa, del entorno en que se halla inmerso. E incluso, sin ir tan lejos, sin separarnos tanto en los distintos periodos de la Historia, una misma persona puede no verse conmovida por una obra determinada en un momento concreto de su vida, y sin embargo unos pocos años más tarde verse doblemente sorprendida: por el arte y por el hecho de haberlo ignorado a pesar de que estaba frente a sus ojos. En la adolescencia yo no habría prestado atención a la quinta sinfonía de Beethoven más que unos pocos segundos. No habría pasado de la primera página del prólogo del Quijote. Este hecho lo complica todo todavía más.

Así que… sinceramente… no puedo proporcionarte una respuesta clara y nítida; no sé por qué son bellas algunas cosas. Sólo me resta la opción de dar ejemplos.

La escena de la bolsa de plástico por el aire mecida en American Beauty (Sam Mendes) me parece sublime. Cuando la veo, por alguna extraña razón que no llego del todo a comprender, la película cobra sentido y en mi cerebro se despliegan más imágenes que la de la pareja de espaldas viendo la televisión. Este cuadro (Turner) me absorbe hasta tal extremo, que llega un momento que pienso en cómo es posible ver tantas cosas y durante tanto tiempo en un simple cuadro. Leer el pasaje de la fiesta de disfraces del sótano que Harry Haller vive en El lobo estepario (Hermann Hesse) es casi tan obnubilante como vivir en primera persona ese baile de máscaras. El final de El Padrino I (Francis Ford Coppola), cuando aquella puerta se cierra lentamente, es una auténtica descarga de electricidad; en el fundido a negro, no quieres que termine la película. ¡Sabes que ahí hay otra historia! Los casi inaudibles compases finales de Coriolan[1] (Beethoven) le proporcionan una redondez a la pieza musical que no se puede intuir la primera vez que la escuchas. Esas notas —que, me atrevería a decir, los espectadores sentados al fondo del teatro no podrán escuchar— son la cuadratura del círculo; tienen un fuerte aroma matemático, infinitesimal, que no debes omitir para que la obra se torne completa en tus oídos.

Hay muchos ejemplos más: todos ellos son hermosos… Quién sabe por qué…

[…]

No obstante, en el tiempo de redacción de este breve ensayo, he encontrado algo que me ha permitido afinar, cercar y acorralar el porqué del inicio de este post. Curiosamente, ha sido un poema; una grata sorpresa. De forma paradójica, sus líneas han logrado enfocar este difuso tema del arte. ¿Quién me lo habría dicho al principio? De manera elegante y eficaz, algo tan etéreo como un poema ha conseguido definir perfectamente el escurridizo concepto de la belleza.

El poeta es Baudelaire. El título del poema, Himno a la belleza.

¿Bajas del hondo cielo o emerges del abismo,

Belleza? Tu mirada infernal y divina

confusamente vierte crimen y beneficio

por lo que se podría al vino compararte.

Albergas en tus ojos al poniente y la aurora,

cual tarde huracanada exhalas tu perfume,

son un filtro tus besos y un ánfora tu boca

que hacen cobarde al héroe y al niño valeroso.

¿Del negro abismo emerges o bajas de los astros?

Como un perro, el Destino sigue ciego tu falda,

al azar vas sembrando el luto y la alegría

y todo lo gobiernas sin responder de nada.

Caminas sobre muertos, Belleza, y de ellos ríes;

el Horror, de tus joyas no es la menos hermosa

y el Crimen, entre todas tus costosas preseas

danza armoniosamente sobre el vientre triunfal.

La aturdida falena vuela hasta ti, candela,

crepita, estalla y grita: ¡Bendíganos la llama!

El amante, jadeando sobre su bella amada

semeja un moribundo que su tumba acaricia

que tú llegues del cielo o el infierno, ¿qué importa?

Belleza, inmenso monstruo, pavoroso e ingenuo,

si tu mirar, tu risa, tu pie, me abren las puertas

de un infinito que amo y nunca conocí.

Satánica o divina, ¿qué importa? Ángel, Sirena,

¿qué importa? Si tú vuelves hada de ojos de raso,

resplandor, ritmo, aroma, ¡oh, mi señora única!,

menos odioso el mundo, más ligero el instante.

[1] Escribí esto hace 3 ó 4 años. Lo tenía guardado en el cajón de los recuerdos. En este tiempo no sé dónde leí que ese final tenue de Coriolan hace referencia al suicidio de un determinado personaje.

Y viceversa

(Publicado anteriormente desde un lugar que ya no existe.)

No sé qué extraña obsesión me ha entrado por escribir. Nunca antes la tuve, pero ahora la tengo y me ahoga. Esa imperiosa necesidad de poner palabras escritas a lo que en mi mente bulle me insta continua y desvergonzadamente a darle salida y cumplimiento. Por qué, me pregunto. Siento una misteriosa compensación al leer las líneas que escribo y llegar a sentir, siquiera a duras penas rozar, lo que en ellas se dice, el mensaje que enterrado entre esas palabras subyace, porque conozco con exactitud lo que su escritor pretendió al escribirlas. A fuerza de tanto leer, parece como si se hubiese destapado una botella, que hasta hace pocos días tenía como única función actuar de receptáculo, pero que ahora mismo escupe y vomita todo aquello que entró, todo aquello que leí. Este anhelo que me sume y me fustiga me hace aislarme del entorno. Renuncio a estar con los demás. Es, para mí, un enorme placer evadirme de todos y de todo, y ponerme a escribir, a leer lo que alguien de forma sincera y cruenta escribe, aunque ese alguien soy yo. Somos dos: el que escribe y el que lee. Y por momentos no sé muy bien cuál de ellos soy. La pantalla del portátil actúa de telón para que no nos veamos el rostro el uno al otro. Él escribe, yo leo. Yo escribo, él lee. No es una conversación. No es un intercambio de mensajes, pero sí hay bidireccionalidad. Es un encuentro caótico, pero me siento muy cómodo dentro de este caos. Tengo la sensación de que podría quedarme toda la vida viendo esa pantalla y no se agotarían ni la lectura ni la escritura. Quizá los demás no existen. Quizá todo lo que me rodea ya no existe. Quizá estoy muerto y empiezo a darme cuenta de ello, porque sólo quiero leer lo que hay en ella, porque sólo quiero escribir en ella. No quiero nada más. Qué extraña obsesión se me ha metido en la cabeza. Al escribir, estoy viajando en el vagón de un tren donde, a través de sus grandes ventanas, puedo ver el paisaje pasar. Un paisaje que me abraza, me abofetea y me sacude, donde todos sus elementos se relacionan intensa y cariñosamente conmigo. Ese tren viaja a mucha velocidad, pero puedo ver de forma muy, muy nítida los campos, los pueblos, las ciudades y las montañas que atraviesa a su paso. Qué cerca veo el mar, qué inmenso es, qué hermoso es. Él me sonríe y puedo tocarlo posando mi mano sobre el cristal. El cristal, el granate suelo del vagón, la suavidad del tapizado de sus asientos, la elegancia de su pasillo. Todo en el tren me conforta. Todo. Durante el viaje no quiero llegar a mi destino… no quiero dejar de escribir. El tiempo en él se detiene, qué duda cabe. Ningún otro sitio mejor que allí para dormir, para comer, para reír y para llorar. Ese tren es el lugar más agradable que conozco. Me lleva a todos los lugares que quiero. Es justamente en él, a través de sus gélidas ventanas, desde donde únicamente puedo percibir y juzgar con objetividad el entorno que nos rodea. Si él para y tú bajas en la estación, la realidad entonces te cubre y te penetra, eres parte de ella, y no puedes aprehenderla completamente, te integras en sus vértices y escondrijos, pero cuando vuelves a entrar en el vagón, te das cuenta de que lo que viste y sentiste no es la verdad absoluta; la Verdad sólo puedes alcanzarla en él, en el interior del tren, de pie en su pasillo, agachado y apoyado sobre uno de sus asientos, mientras inquieres lo que hay fuera de sus cuatro paredes. No quiero bajarme; quiero permanecer para siempre dentro de él, tocando sus ventanas; mirando a través de ellas. Dentro el tiempo no transcurre, dentro estoy a salvo, dentro nadie me ve. Nadie me ve. Quiero escribir y leer (y viceversa) en ese tren.