La vida… en Internet

Hay algo profundamente desasosegante en la actualidad que tiene lugar online, es decir, en la retahíla diaria de clicks que el smartphone me ofrece desde que me levanto por la mañana hasta que me acuesto por la noche. No sé muy bien cómo definir este sentimiento.

O quizá sí…

Las situaciones que suceden a mi alrededor y que me llegan a través de la web, en ejemplos como: una noticia de ÚltimaHora; un vídeo de un gato haciendo filigranas; una muy seria reflexión de un amigo de facebook sobre cómo combatir el terrorismo; una foto de un compañero de trabajo con bañador y gafas de sol en una playa de Valencia; la corrupción política del gobierno; el hambre en el mundo; el nuevo iPhone; la previsión meteorológica del tiempo que hará mañana; un robo en una joyería de una gran ciudad; un incendio provocado en los bosques de Galicia; una estadística sobre accidentes de tráfico; un vídeo de un perro muy cariñoso; el último modelo de zapatillas de la marca Asics; la nueva novela de Fulanito; un tuit que… habré olvidado a los tres segundos de haberlo leído; el incremento de las exportaciones de vino en una región de España que no sé ubicar en el mapa; filosofía para salir de la depresión; 10 consejos para perder 5 kilos en 1 mes; Fulano de tal —con quien hace mucho tiempo que no cruzo ni una sola palabra— es ahora amigo de Fulano de mascual, son todos ellos eventos efímeros hasta la náusea. Efímeros en un grado superlativo; no colman ningún vacío.

No sacian ninguna inquietud.

Una aproximación medianamente racional a lo que me ofrece Internet a través de mi móvil me muestra, con amarga virulencia, que toda esa infoxicación no llega a buen puerto sino todo lo contrario; no permea en mi cabeza, mi ser no la retiene; la detesta pese a que actúa ejerciendo una fuerte dependencia. Yo no digo que esa serie de “cosas” no cumplan una función; no son absolutamente irrelevantes, pero han usurpado un lugar de mi cerebro que a todas luces no les corresponde. El combustible que mi mente anhela no viene de la pantalla de mi Samsung. Los ciudadanos, anestesiados por esta absorbente moda (yo el primero), no rumiamos el aprendizaje que nos proporciona el hecho de vivir; estamos sumidos en un estado contínuo (monótono) de sobreconsumo a través de las redes.

No existen los lunes

Cuando yo era más joven, los lunes se apagaban los focos del escenario. El día anterior (domingo) la pandilla de amigos habíamos leído juntos la cartelera del cine en el periódico y habíamos decidido qué película ver. El sábado habíamos comprado discos de vinilo, habíamos compartido con fervor las novedades de toda la semana y nos habíamos emborrachado por la noche, pero, el lunes, el lunes daba entrada a una especie de serena reflexión de todas nuestras experiencias. Los lunes eran, en contraposición a los fines de semana con sus garitos en la playa, como el aire fresco de la montaña. Existía un equilibrio natural entre comer y digerir.

Hoy, sin embargo, no paramos de comer. Comer. Comer. Comer. Sin apenas masticar ya esperamos la nueva comida. Las cosas que compramos caducan a una velocidad que nadie parece entender pero que todos asumimos con naturalidad. El paradigma de este hiperloop son las redes sociales. Es paradójico, es muy paradójico; cuanto mayor es la oferta, menor es la demanda (al menos por mi parte). De hecho, en un futuro no muy lejano mi presencia online se atenuará de forma considerable.

Me resulta insatisfactorio este modo de vida; lo estoy recanalizando.

No sé si lo conseguiré

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Ensayo sobre la belleza

Llevo tiempo queriendo escribir sobre una pregunta que —en las conversaciones que mantengo conmigo mismo— me asalta muy a menudo y de manera un tanto estridente. Al leer a Luis Racionero Grau, en su ensayo El arte de escribir. Emoción y placer del acto creador, ediciones Temas de hoy (1995), he decidido escribir algunas cosas que me han parecido interesantes sobre éste, a la par que reflexionar sobre aquélla. Y es la mía, probablemente, una cuestión ambigua, una forma como cualquier otra de perder el tiempo, quizá una estupidez, o un sinsentido. Además, para confirmar esas dudas —ya os lo adelanto—, las siguientes líneas no resuelven nada; absolutamente nada. Tiene mi pregunta su origen en la indignación. Nace en mi interior porque veo cómo mucha gente no se plantea apenas esta cuestión, tan obvia para mí por el contrario. Me indigna sobremanera que se pase sucintamente por encima de ella. Quienes más la ignoran son precisamente los mismos que con mayor fuerza tratan de resolver —despreciándola— el misterio que ella encierra. El concepto que fácilmente has intuido por los títulos del post y del libro es la belleza’, y la pregunta, “por qué algo es bello en lugar de no serlo”.

No me extrañaría nada que pensases que eso es un asunto baladí —no te culpo en absoluto—, lo cierto es que tú disfrutas con el arte y sus distintas manifestaciones, sin más. Y la explicación que das cuando se te pregunta el motivo de ese disfrute no es mucho más prolífica o detallada que la de cuando se te pregunta por qué te disgusta algo. Lo tienes muy claro: en ambos casos das una serie de adjetivos y no te planteas qué te hace llegar a pensar o a sentirte así. Qué tiene (o de qué adolece) una obra para que la consideres bella (o deforme). El crítico, por el contrario, va un poco más allá y dice qué le gusta o qué le disgusta, por ejemplo, de una película. Nos proporciona además una disertación con otra serie de argumentos —serie que a veces tengo la impresión de que tiende a infinito— con la que intenta demostrar su postura. Yo me enervo al conversar con gente como vosotros o al leer o escuchar a los críticos de arte, especialmente en la literatura. Entro en combustión espontánea cuando se discute del mundo del cine. Y declino cortésmente la conversación al debatir sobre cuán horrible resulta una determinada pieza musical.

Dice Racionero: «Evaluar es interpolar un juicio de valor. Decir “este arcón es blanco” es explicar una sensación (la forma y el color), decir “este arcón es bonito” es explicar un sentimiento: el banco se ha evaluado y se ha juzgado como bonito. ¿Por qué es bella una cosa? Responder a eso es elaborar una estética y yo aquí lo estoy haciendo con respecto a la escritura. De un modo general hay que responder a la pregunta básica: ¿Qué es arte?». Yo no tengo respuestas, pero como dije al principio— me lo pregunto muchas veces a mí mismo. Sin embargo, el señor Racionero logra dar una óptima explicación; si no cerrada, sí parcialmente convincente. Os recomiendo su lectura.

No obstante, no me conformo con la pulcra explicación que va desplegando el autor a través de las cinco partes en las que está dividido el libro, en especial la número cuatro, Los críticos, como solución a la pregunta que planteo. Y no me resigno a sus razonamientos porque hay obras de arte que la Humanidad ha elevado a la más alta categoría que pueden tener: la eterna, pero que yo no siento nada en absoluto al contemplarlas, no me transportan hacia ningún lugar, me atan por el contrario al formato físico donde están representadas, huecas como el ruido de una cacerola; no veo en ellas nada más allá. No quiero transigir a ese vago esclarecimiento que, aunque inequívoco, el ensayista establece con las siguientes palabras:

«Arte es cualquier producción humana que provoca en el espectador una emoción. Emoción es una descarga del sistema nervioso que, al superar un nivel de intensidad, escapa al control de la razón y se vuelve autónoma como un reflejo condicionado».

Y unas páginas más adelante:

«La teoría del arte como objeto en sí ha servido de justificación a la incompetencia técnica de la mayor parte del abundante arte contemporáneo y ha desorientado a la generación de artistas jóvenes, empujándolos a reprimir sus emociones, evocaciones, símbolos y alusiones, para no caer en las alienaciones del artista anticuado, en los pecados capitales —figuración, simbolismo, emoción—, y a crear un arte vacío, yermo, reseco, aséptico, que no puede penetrar en el espectador o causarle mayor impacto que una lavadora, una piedra o una pared de ladrillos.

»Esta teoría fue importada a España por Rubert de Ventós [El arte ensimismado], quien trata con agudeza y objetividad la tendencia a la introversión en las distintas artes hasta reducir la obra a “objeto en sí”».

Yo, como espectador, como simple consumidor cultural, estoy muy lejos de poder definir tan elegantemente los conceptos de arte y belleza como lo hacen Xavier o Lluís. A lo máximo que aspiro es a deleitarme leyendo una buena novela, concentrándome en sus líneas y permitiendo que se despliegue en mi cerebro el universo del autor. Intentando desentrañar los vericuetos del relato.

Continúa diciendo Lluís sobre Xavier: «Dice Rubert: “Hoy se pretende que el cuadro nos aparezca como un dato objetivo, como dato estético puro”. La contradicción es doble; un dato objetivo no existe jamás, porque para saber qué cosas son datos, se necesita una teoría previa que seleccione; en segundo lugar, un dato estético es como un círculo cuadrado; si es estético, quiere decir que contiene connotaciones emocionales, evocativas, ambiguas, y desde luego no es puro. Combinar palabras es fácil, pero los conceptos que éstas representan a veces se repelen y no cuadran en la mente del lector con la misma facilidad con la que el autor las escribe sobre el papel que, blanco objeto en sí y puro, lo aguanta todo. Insiste más adelante:

“El nuevo arte no compone, sino que la realidad se muestra por él. La imagen artística —afirmada como tal, es decir, como ens fictum— no desaparece, como en el existencialismo, en provecho de la ‘realidad total’ que anuncia, sino que se mantiene y se quiere en su mera presencia fenoménica. La obra de arte no es, decíamos, la creación de este fenómeno, sino el siervo de su permanencia. El arte, tras la reacción del primer no figurativismo naïf, vuelve a ser vehículo del mundo, pero de un mundo designificado (o, si se prefiere, de una hipersignificación de puros datos en presente de indicativo) en el que el fenómeno —el sonido de Webern o la pared desgastada de Tàpies— no aparece sino como fenómeno”».

Desde mi ignorancia en estas lides, no puedo aceptar que una pared desgastada sea arte. No puedo. No puedo. No puedo. Me faltan, empero, recursos para argumentar contra esa idea. Para responder la pregunta que plantea este texto, debo acotar el arte, porque, de hecho, aunque no puedo establecer con exactitud por qué algo es hermoso, sí puedo y debo decir que no todo es arte. No todo lo que se publica es literatura, aunque traten de vendérnosla como tal. No todo es música, por mucho que algunos se empeñen en calificar así a una serie de gruñidos y ladridos. Ni pintura, un par de brochazos sobre un lienzo cuando estás de mal humor. Pero, a pesar de ello, la amalgama de manifestaciones artísticas que quedan dentro de una distribución —a la que yo involuntariamente me la imagino como Normal, con su campana de Gauss— es muy grande, y la pregunta de qué hace que algo sea bello o no sigue siendo muy, muy oportuna.

No dispongo de los recursos, no tengo respuestas, pero Racionero sí: «Uno se pregunta de entrada, cómo pueden pagarse millones por un simple fenómeno o por una pared desconchada. Quien esto escribe tiene la casa donde vive llena de paredes desgastadas, conservadas religiosamente cual obras maestras del arte ensimismado. Sólo en este sentido puedo comprender la frase: “El nuevo arte no compone, sino que la realidad se muestra por él”. ¿Qué significa esto? ¿Qué las obras se hacen solas? ¿Qué nadie las moldea, o que quien lo hace no introduce, cosa imposible, sus juicios de valor subjetivos? ¿Cómo puede mostrarse la realidad sin acción de un agente que, en cuanto la toque, está ya componiendo? En mi casa, las paredes las ha moldeado la lluvia. ¿Quién moldea el arte según la teoría de Rubert? ¿Cómo se puede hacer arte sin componer? Si “el fenómeno no aparece sino como fenómeno”, yo diría que es un fenómeno, como la lluvia o la caída de la hoja, pero no sé cómo elevarlo a la categoría de arte, por más ensimismado que se presente. A no ser que todo fenómeno sea arte, en cuyo caso hemos salido de la contradicción para caer en la confusión».

Hay otro aspecto que me ronda la cabeza cuando pienso en todo esto: el tiempo, la época. El arte está maniatado por la época en la que nace y vive; efecto, y también causa, del entorno en que se halla inmerso. E incluso, sin ir tan lejos, sin separarnos tanto en los distintos periodos de la Historia, una misma persona puede no verse conmovida por una obra determinada en un momento concreto de su vida, y sin embargo unos pocos años más tarde verse doblemente sorprendida: por el arte y por el hecho de haberlo ignorado a pesar de que estaba frente a sus ojos. En la adolescencia yo no habría prestado atención a la quinta sinfonía de Beethoven más que unos pocos segundos. No habría pasado de la primera página del prólogo del Quijote. Este hecho lo complica todo todavía más.

Así que… sinceramente… no puedo proporcionarte una respuesta clara y nítida; no sé por qué son bellas algunas cosas. Sólo me resta la opción de dar ejemplos.

La escena de la bolsa de plástico por el aire mecida en American Beauty (Sam Mendes) me parece sublime. Cuando la veo, por alguna extraña razón que no llego del todo a comprender, la película cobra sentido y en mi cerebro se despliegan más imágenes que la de la pareja de espaldas viendo la televisión. Este cuadro (Turner) me absorbe hasta tal extremo, que llega un momento que pienso en cómo es posible ver tantas cosas y durante tanto tiempo en un simple cuadro. Leer el pasaje de la fiesta de disfraces del sótano que Harry Haller vive en El lobo estepario (Hermann Hesse) es casi tan obnubilante como vivir en primera persona ese baile de máscaras. El final de El Padrino I (Francis Ford Coppola), cuando aquella puerta se cierra lentamente, es una auténtica descarga de electricidad; en el fundido a negro, no quieres que termine la película. ¡Sabes que ahí hay otra historia! Los casi inaudibles compases finales de Coriolan[1] (Beethoven) le proporcionan una redondez a la pieza musical que no se puede intuir la primera vez que la escuchas. Esas notas —que, me atrevería a decir, los espectadores sentados al fondo del teatro no podrán escuchar— son la cuadratura del círculo; tienen un fuerte aroma matemático, infinitesimal, que no debes omitir para que la obra se torne completa en tus oídos.

Hay muchos ejemplos más: todos ellos son hermosos… Quién sabe por qué…

[…]

No obstante, en el tiempo de redacción de este breve ensayo, he encontrado algo que me ha permitido afinar, cercar y acorralar el porqué del inicio de este post. Curiosamente, ha sido un poema; una grata sorpresa. De forma paradójica, sus líneas han logrado enfocar este difuso tema del arte. ¿Quién me lo habría dicho al principio? De manera elegante y eficaz, algo tan etéreo como un poema ha conseguido definir perfectamente el escurridizo concepto de la belleza.

El poeta es Baudelaire. El título del poema, Himno a la belleza.

¿Bajas del hondo cielo o emerges del abismo,

Belleza? Tu mirada infernal y divina

confusamente vierte crimen y beneficio

por lo que se podría al vino compararte.

Albergas en tus ojos al poniente y la aurora,

cual tarde huracanada exhalas tu perfume,

son un filtro tus besos y un ánfora tu boca

que hacen cobarde al héroe y al niño valeroso.

¿Del negro abismo emerges o bajas de los astros?

Como un perro, el Destino sigue ciego tu falda,

al azar vas sembrando el luto y la alegría

y todo lo gobiernas sin responder de nada.

Caminas sobre muertos, Belleza, y de ellos ríes;

el Horror, de tus joyas no es la menos hermosa

y el Crimen, entre todas tus costosas preseas

danza armoniosamente sobre el vientre triunfal.

La aturdida falena vuela hasta ti, candela,

crepita, estalla y grita: ¡Bendíganos la llama!

El amante, jadeando sobre su bella amada

semeja un moribundo que su tumba acaricia

que tú llegues del cielo o el infierno, ¿qué importa?

Belleza, inmenso monstruo, pavoroso e ingenuo,

si tu mirar, tu risa, tu pie, me abren las puertas

de un infinito que amo y nunca conocí.

Satánica o divina, ¿qué importa? Ángel, Sirena,

¿qué importa? Si tú vuelves hada de ojos de raso,

resplandor, ritmo, aroma, ¡oh, mi señora única!,

menos odioso el mundo, más ligero el instante.

[1] Escribí esto hace 3 ó 4 años. Lo tenía guardado en el cajón de los recuerdos. En este tiempo no sé dónde leí que ese final tenue de Coriolan hace referencia al suicidio de un determinado personaje.

Y viceversa

(Publicado anteriormente desde un lugar que ya no existe.)

No sé qué extraña obsesión me ha entrado por escribir. Nunca antes la tuve, pero ahora la tengo y me ahoga. Esa imperiosa necesidad de poner palabras escritas a lo que en mi mente bulle me insta continua y desvergonzadamente a darle salida y cumplimiento. Por qué, me pregunto. Siento una misteriosa compensación al leer las líneas que escribo y llegar a sentir, siquiera a duras penas rozar, lo que en ellas se dice, el mensaje que enterrado entre esas palabras subyace, porque conozco con exactitud lo que su escritor pretendió al escribirlas. A fuerza de tanto leer, parece como si se hubiese destapado una botella, que hasta hace pocos días tenía como única función actuar de receptáculo, pero que ahora mismo escupe y vomita todo aquello que entró, todo aquello que leí. Este anhelo que me sume y me fustiga me hace aislarme del entorno. Renuncio a estar con los demás. Es, para mí, un enorme placer evadirme de todos y de todo, y ponerme a escribir, a leer lo que alguien de forma sincera y cruenta escribe, aunque ese alguien soy yo. Somos dos: el que escribe y el que lee. Y por momentos no sé muy bien cuál de ellos soy. La pantalla del portátil actúa de telón para que no nos veamos el rostro el uno al otro. Él escribe, yo leo. Yo escribo, él lee. No es una conversación. No es un intercambio de mensajes, pero sí hay bidireccionalidad. Es un encuentro caótico, pero me siento muy cómodo dentro de este caos. Tengo la sensación de que podría quedarme toda la vida viendo esa pantalla y no se agotarían ni la lectura ni la escritura. Quizá los demás no existen. Quizá todo lo que me rodea ya no existe. Quizá estoy muerto y empiezo a darme cuenta de ello, porque sólo quiero leer lo que hay en ella, porque sólo quiero escribir en ella. No quiero nada más. Qué extraña obsesión se me ha metido en la cabeza. Al escribir, estoy viajando en el vagón de un tren donde, a través de sus grandes ventanas, puedo ver el paisaje pasar. Un paisaje que me abraza, me abofetea y me sacude, donde todos sus elementos se relacionan intensa y cariñosamente conmigo. Ese tren viaja a mucha velocidad, pero puedo ver de forma muy, muy nítida los campos, los pueblos, las ciudades y las montañas que atraviesa a su paso. Qué cerca veo el mar, qué inmenso es, qué hermoso es. Él me sonríe y puedo tocarlo posando mi mano sobre el cristal. El cristal, el granate suelo del vagón, la suavidad del tapizado de sus asientos, la elegancia de su pasillo. Todo en el tren me conforta. Todo. Durante el viaje no quiero llegar a mi destino… no quiero dejar de escribir. El tiempo en él se detiene, qué duda cabe. Ningún otro sitio mejor que allí para dormir, para comer, para reír y para llorar. Ese tren es el lugar más agradable que conozco. Me lleva a todos los lugares que quiero. Es justamente en él, a través de sus gélidas ventanas, desde donde únicamente puedo percibir y juzgar con objetividad el entorno que nos rodea. Si él para y tú bajas en la estación, la realidad entonces te cubre y te penetra, eres parte de ella, y no puedes aprehenderla completamente, te integras en sus vértices y escondrijos, pero cuando vuelves a entrar en el vagón, te das cuenta de que lo que viste y sentiste no es la verdad absoluta; la Verdad sólo puedes alcanzarla en él, en el interior del tren, de pie en su pasillo, agachado y apoyado sobre uno de sus asientos, mientras inquieres lo que hay fuera de sus cuatro paredes. No quiero bajarme; quiero permanecer para siempre dentro de él, tocando sus ventanas; mirando a través de ellas. Dentro el tiempo no transcurre, dentro estoy a salvo, dentro nadie me ve. Nadie me ve. Quiero escribir y leer (y viceversa) en ese tren.