La lluvia

Llueve. Llueve como hace muchos años que no llovía: de un modo fuerte, sostenido y constante, como los cuidados de mi difunta y querida abuela. Llueve como llovió en los meses de abril de aquellos inolvidables años. Llueve con energia pero sin violencia. Una lluvia que viene desde un cielo gris y brillante. Llueve y, esta vez sí, limpia las calles, limpia las almas. Llueve durante un rato largo, cadencia insondable del paso de los minutos, llueve tanto que nos preguntamos cuándo parará. Los seres humanos formulándose a sí mismos muchas preguntas, en una anticipación, errónea hasta la náusea, torpe y vigorosa como las pataditas de un bebé, hacia el futuro: cuándo… cuándo dejará de llover. Lluvia y truenos. Truenos lejanos pero poderosos, como dioses que nos advierten de su fuerza, de su castigo, a una distancia, desde la lejania, calculada para amedrentarnos sin llegar a herirnos. Vigorosos truenos que se alejan… pero recordándonos su peligro.

Escucho el trino de un pájaro… ¿Ha parado de llover?

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Un mundo con, y un mundo sin

Cada domingo, desde hace 4 ó 5 años, voy a un mercadillo, compro libros de segunda mano y me tomo, de esta manera, un merecido descanso tras una dura semana de trabajo y estudio. Cada domingo, cada domingo, pero hoy… tristemente… hoy el mercadillo ha desaparecido y en lugar de los tenderetes con las antigüedades y las baratijas en lugar de los libros— había un enorme escenario para un mitin político. Sin libros se han marchado la imaginación y la fascinación; sin ellos ya no quedan umbrales que cruzar. Sin ellos la pequeña plaza es una pequeña plaza, sin más. Ya no hay signos. Ya no hay señales. Ya no hay dobles sentidos. Sin ellos, sin los libros, la realidad es asimilable, hueca y seguramente triste. Sin libros no hay… no hay nada.

Sentado en un banco de madera, sujetando el bastón entre las piernas, hallábase un anciano, a la sombra de un árbol, protegido del tórrido sol, de este sol incipientemente primaveral. Quizá ese anciano soy yo dentro de unos años; ansioso por el pasado, anhelante de que vuelvan a poner el mercado y de volver a sentir el aroma pretérito que me hizo ser feliz. A lo mejor ese anciano soy yo, buscando en el interior de los libros mi niñez, a través de personajes infantiles, o buceando en la cueva donde cae el Quijote, como un adulto bucea en la oscuridad del alma humana, o divagando, con la lista infinita de divagaciones que puede llegar a contener un libro. Un anciano cuyo mundo —rico pero sin dinero, arrebatador pero oscuro, desbordado de amor pero sin amante— se derrumba. Un mundo que incomprensiblemente se mantiene de pie.

«¿Hoy no han puesto el tenderete?» «No, hoy toca política.» «Vaya.» «No te quedes aquí, hijo, vete. Vete cuanto antes, vete ahora que todavía eres joven.» «Ya no soy tan joven, no se crea.» «No importa… No crezcas. Vete. Rompe con el pasado. Rompe con los libros.» «¡¿Romper con los libros?! Eso sería imposible.» «Hazme caso… Déjalos.» «No puedo dejarlos.»

Imagino que este venerable anciano y yo nos fundimos de manera imperceptible a lo largo del tiempo y me veo a mí mismo aparecer un soleado domingo de primavera (30 años más joven) y me digo que he de romper con el pasado, romper con los libros o, quizá y en todo caso, escribir yo mi propio libro.

Trilogía

PRIMER ACTO

Baco, no seas estúpido. Te lo ruego. No seas estúpido.

Baco posa su copa lentamente sobre la mesa, sujetándola con el índice y el pulgar, en un gesto calculado y preciso.

Quiero hacerlo, Minerva, quiero hacerlo; siempre he querido hacerlo.

Lo perderás todo.

Es el último rincón. Territorio vedado. Se trata de lo único que escapa a nuestro poder.

¡No se nos escapa nada!

Sí… Sí… El límite de nuestra omnipotencia es precisamente la ausencia de la misma: descender hacia la mortalidad.

¿Pero por qué? ¿Por qué quieres hacerlo? Es una estupidez: una completa y absurda estupidez.

Ellos quieren ser inmortales y nosotros…

Nosotros lo tenemos todo. Todo, Baco, todo… Alza su mano y con un movimiento armonioso y dulce acaricia la frente y la mejilla de su amado Baco, si lo haces, sufrirás.

Es sufrir lo que mi corazón ansía. Convertirme en mortal. Penetrar la carne humana. Ver el mundo a través de sus ojos.

Pero puedes morir. ¿No lo entiendes?

Correré ese riesgo.

Una mala jugada. Lo que vas a hacer es una mala jugada. No sabes con seguridad cómo vas a reaccionar a la experiencia. Dejarás de ser tú. Dentro del cuerpo de un ser humano, puedes, incluso, perder la cordura.

Tráeme de vuelta cuando lo creas oportuno, pero permíteme… permíteme experimentar la mortalidad de forma transitoria.

Vas a sufrir…

Estoy preparado.

Ella se levanta y se dirige hacia una grandísima mesa blanca, límpida, inmaculada y sobriamente tecnológica. Un diminuto círculo de color rojo aparece en el borde del tablero. Minerva lo pulsa.

SEGUNDO ACTO

<Respiración agónica> <Respiración agónica> <El sonido del viento> <El sonido del viento> <Respiración agónica>

¿Cuándo? ¡¿Cuándo?! Conozco el lugar, pero no sé cuándo.

<Un coche> <Ruido> <ascendente primero y descendente después> <Ruido de coche>

Profesional… ¿Es la profesión? ¿Es la procesión? ¿Es el sufrimiento?

<Respiración agónica>

¿Qué hago? ¿Qué hago, maldita sea, qué hago? ¿Qué puta mierda estoy haciendo?

<Respiración agónica>

El canto de los pájaros. El suelo gris. Tengo que mirar hacia atrás. ¿Es que acaso no lo hago? Ya lo sé, ya. Ya lo sé. No es sexo pero se le parece mucho. No es sexo pero como si lo fuera. Oculto intercambio. Quizá nada cambia. Quizá nada cambia.

<Respira con mayor fluidez>

A lo mejor sí cambia. Cambia… pero visto desde dentro es inmutable. Búsqueda de señales. Búsqueda incesante de señales. Es muy probable que sea esa mi única certeza: la senda imperecedera hacia la verdad y las

<El viento enmascara la última palabra>

Majestuoso vuelo el de un pájaro. La luz de una farola que representa el borde del camino. Dos pájaros. Tres. Cuatro… Cinco pájaros.

<Respira de modo adecuado>

Carteles. Luces. Imágenes. Vida. Muerte. Focos apagados. Focos alternantemente apagados y encendidos. Alguien habla por un teléfono. Señales de tráfico. Señales de un tiempo lejano, arcaicas y sin embargo perennes.

Ahora veo a lo lejos una lucecita roja.

TERCER ACTO

Ayer en mi vespertino paseo tuve la suerte de coincidir con la emisión por parte de Radio Clásica de una música deliciosamente vanguardista, sutilmente compleja, asombrosamente equilibrada. Pese a su carácter novedoso, pese a su rareza, el sonido que a mis tímpanos llegaba, una vez integrado y procesado en mi cerebro, era espectacularmente bello. Bello; esa es la palabra: bello.

Cuando estoy frente a cualquier manifestacion de la belleza, mi mente se encamina inexorablemente hacia la literatura: las ideas, los conceptos, los giros argumentales, la hipotiposis, el significado, la forma, el estilo… todo eso, absolutamente todo, acude con desgarradora fuerza a mi cabeza. La belleza. No lo puedo evitar. Quiero entonces transformarla, pulirla, transportarla, vomitarla en un papel. En un papel.

Este es el tercer acto, pero, no te engañes, los tres son uno; son el mismo.