Al lector o lectora

Vino hacia mí y me espetó: «¿Es que ya no me quieres? ¿Por qué no me hablas? ¿Por qué no me escribes una de esas historias que tanto me hacían volar en el pasado?»

 

«¿Prefieres que te mienta?» le pregunté yo. «¿Acaso te gustaría escucharme recitar una poesía que no me hace vibrar? Yo no sé hasta qué punto aceptarías verme sonreír de una manera forzada; seguro estoy de que, en ese caso, te enojarías sobremanera conmigo. ¿Qué quieres: una línea escrita con el corazón agonizando en la palma de mi mano, o cien de ellas engendradas a través del hastío?»

Un extraño y recóndito lugar. Microrrelato

Se trata de un sitio oscuro, eterno e insondable. No sé exactamente dónde estoy. Sin embargo la sensación que me invade es muy intensa. Nunca antes me he sentido de esta manera. Nunca. Creo que he dejado sencillamente de existir, pero, al mismo tiempo, es la primera vez que me siento tan vivo. Ésa es una reflexión contradictoria; lo sé, pero es una llegada completa, una convicción absoluta: llámame loco si quieres. No necesito tampoco el concurso de los sentidos, sólo una parte profunda de mi cerebro. Y es muy probable que este singular estado, este recóndito lugar, no sea sino la muerte; la eternidad; el pensamiento en su forma más auténtica y pura. Pensar, pensar, pensar, pensar: existir en una forma primigenia de existencia. ¿Qué soy? Nada y todo. Soy las dos caras de la misma moneda, de la moneda opuesta, de todas las monedas, y de ninguna de ellas. Soy Alfa y Omega.

«… No existen ni el espacio ni el tiempo… No siento ninguna carencia aunque nada tengo, porque soy todo, porque soy nada.»

 

 

LA MÚSICA QUE INSPIRA EL TEXTO. Una melodía que dota a la oscuridad con un doble sentido.

LA IDEA QUE DA LUGAR AL TEXTO: Desbarajustar la estrechez del hilo argumental; cerrando los ojos, flotando en el torrente de mis pensamientos y transfiriendo la actividad neuronal a las teclas del portátil. Simplemente la interfase neuronas-portátil.

LA HABILIDAD PARA DESARROLLAR EL TEXTO. Aprendí mecanografía con trece años; debió quedarse esta destreza firmemente adherida en mi mente porque de otro modo no me explico cómo con el paso del tiempo y un entrenamiento interrumpido he logrado retenerla.

La sorpresa. Microrrelato

La principal característica de la sorpresa —disculpad de antemano la redundancia— es que acontece en un inesperado momento, llega, la mayor parte de las veces, en el instante más profundo de la monotonía, cuando tus pensamientos parecen incluir todo el abanico de posibilidades, cuando crees saber. Hay, además, una especie de bruma inamovible —justo antes de su aparición— que te envuelve y te subyuga por completo. Cabría aquí incluir la metáfora de cuando conduces por una autovía, por una larguísima recta, en una noche muy cerrada, cuando la rítmica cadencia de aparición de las señales de tráfico es absolutamente imperturbable y, sin embargo, mediante un fenómeno inasible al intelecto, a través de esa espesa niebla, aparece ella: la sorpresa. Creo que es inútil intentar analizar la génesis de ese acontecimiento; sencillamente ocurre.

El velo incorpóreo que precede al sobresalto —alrededor de quien esto escribe—  se traducía ayer por la tarde en una situación muy frecuente: salgo de mi casa; son las 3:32PM, bajo andando por la calle; observo las balanceantes ramas verdes de las palmeras recortándose contra el más puro azul celeste; los mismos balcones; la esquina y el paso de peatones de siempre; llego al bar y entonces…