El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

#EstoNoEsUnaReseña 7

Ecribió una obra, a mi juicio, aleccionadora y profunda. Escribió con un dominio del arte narrativo —sea lo que sea que esto signifique— absolutamente brillante y escandaloso. Escribió mostrando pero sin contar. Escribió pintando con palabras un escenario dantesco. Escribió sobre el asco y escribió sobre la inmundicia «Ah, el horror, el horror.» Escribió elegantemente. Escribió y llegó hasta el meollo de la vida. Escribió de un modo que dentro de 300 años los lectores reconocerán y amarán. Escribió porque, tras aquella vivencia traumática, no podía no hacerlo. Escribió con una doble estructura: dos barcos, dos ríos. ¡Cómo si no, si él era marino! Escribió y con las últimas 50 págs. me abofeteó. Escribió el final mostrando honestidad, coherencia y bondad.

Escribió… escribió y me emocionó.

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Llorar con los libros

#EstoNoEsUnaReseña 6

No suelo llorar, o mejor dicho, exceptuando las ocasiones en que ha ocurrido una desgracia en mi entorno más cercano, yo nunca lloro. No tengo necesidad de hipertrofiar mi masculinidad; es solamente un dato. Pero, qué conste en acta, me emocionan muchas cosas; creo estar dotado de la sensibilidad necesaria para reconocer lo bello y lo feo.

Tampoco suelo llorar con los libros, o mejor dicho, hace años no lloraba con ellos; me emocionaba con las historias contenidas en sus páginas, pero no me conmovía. Sin embargo, debido, quizá, a que leo otro tipo de libros, ahora SÍ me conmueve la palabra escrita. No toda, por supuesto: hay unas pocas obras que me ponen los ojos vidriosos.

Os contaré la muestra más significativa de todas. El ejemplo paradigmático de cómo las palabras y las líneas se cuelan dentro de la mente del lector para conmover su corazón.

(Spoiler de la obra de Fiódor Dostoievski, Crimen y castigo.)

Qué puñalada en el pecho me dieron las tres o cuatro últimas páginas de esa novela. Por Dios. Qué barbaridad. Cada vez que pienso en ellas, me emociono como un niño, no lo puedo evitar.

En la experiencia que supone leer una obra muy larga como la que transcurre por las calles de San Petersburgo, yo no entendí hasta llegar muy cerca del desenlace cómo Raskolnikov no se libraba del Castigo por el Crimen que había cometido. ¡Lo tuvo todo para librarse y no lo aprovechó! Sin embargo, a mí todavía me quedaba por descubrir en ese pasaje final de la novela la mayor sorpresa que encierra ese magnífico libro. Y me atrevo a afirmar que ningún lector pasará, a menos que se trate de un monstruo cuyo objetivo en la lectura sea el estudio de la obra —y ni tan siquiera así—, por encima de esa sorpresa simplemente de puntillas, sin sentir la congoja del cambio que opera el alma del protagonista por, y esto es lo realmente espectacular, el personaje más pequeño e insignificante de todo el relato: la persona que desde su pequeño rincón, sin alzar la voz, salva al culpable. Ella lo redime…, por los cuernos del Minotauro… ¡Ella lo redime, joder! Lo redime.

Pero no te vayas, aún hay más: cuando vi que el protagonista cambiaba, fue cuando el libro tristemente se acababa. Y por lo menos a mí me dio mucha pena al leerlo, mucha pena. Sólo habían dos o tres párrafos con el ya cambiado protagonista, con el ya curado protagonista, con el ya salvado protagonista…

Pero no te vayas, aún hay más: queda lo mejor. El último párrafo de Crimen y castigo de Dostoievski es el broche de oro y diamantes más perfecto y bello que un escritor puede concebir, comparable a cuando Cervantes hace que Sancho le pida al Quijote, al pie de la cama cuando este último va a morir, que los dos juntos salgan en busca de nuevas aventuras: el último párrafo, no quiero ponerlo con mis palabras sino con las del maestro ruso, dice lo siguiente:

Pero aquí ya empieza una nueva historia, la historia de la gradual renovación de un hombre, la historia de su tránsito progresivo de un mundo a otro, de su conocimiento con otra realidad nueva, totalmente ignorada hasta allí. Esto podría constituir el tema de un nuevo relato…, pero nuestra presente narración termina aquí.

Esa noche, recuerdo con nitidez, cerré el libro y me lo puse sobre el pecho.

1Q84 de Murakami

1q84

#EstoNoEsUnaReseña 5

No recuerdo hace cuántos años, yo sentía muchísima curiosidad por leer a Haruki Murakami; sobre todo porque leía las opiniones desfavorables de otros lectores; críticas enconadas; procedentes de gente entendida en la materia; expertos en el mundo de la literatura. El primer libro que leí del autor japonés fue Kafka en la orilla. Y me gustó mucho, tanto que, en aquel momento, cuando terminé de leerlo, me dije a mí mismo que leería más novelas de Murakami en el futuro. Sí, efectivamente, me suda la polla la crítica literaria; tanto la constructiva como la destructiva.

No recuerdo con exactitud cuándo compre 1Q84 (libros 1 y 2), pero estuvo un montón de meses, quizá años, cubriéndose de polvo en una estantería de mi pequeña biblioteca. Y hace unas semanas, a la pregunta de cuál fue el libro que de forma más intensa logró evocar imágenes en tu mente y no simples líneas de texto, con la típica expresión en los ojos de un niño de no más de 10 años, un ávido lector me contestó: “1Q84, de Murakami”. Esa misma tarde fui a una librería y compré el libro 3.

Hace un rato he terminado de leer sus 1459 páginas. Es una obra sobresaliente. Una novela que no debe descartarse de las potenciales lecturas que rondan la mente del lector.

Quiero destacar la estructura finamente trenzada que tiene esta novela. Es muy verosímil a pesar del carácter indudablemente ficticio del texto. Murakami logra que el lector no se pierda; la historia “cuadra” de forma satisfactoria. Y, además, desde la primera página de la trilogía, el motivo principal del relato permea todos sus capítulos. No añade simplemente un ladrillo detrás de otro ladrillo a la historia. No. La nervadura central corretea libre y artísticamente a lo largo de todas sus páginas.

Tiene varios aspectos que resultan muy brillantes para cualquier lector que necesite “algo más” en una novela , pero yo no os los voy a decir.