1Q84 de Murakami

1q84

No recuerdo hace cuántos años, yo sentía muchísima curiosidad por leer a Haruki Murakami; sobre todo porque leía las opiniones desfavorables de otros lectores; críticas enconadas; procedentes de gente entendida en la materia; expertos en el mundo de la literatura. El primer libro que leí del autor japonés fue Kafka en la orilla. Y me gustó mucho, tanto que, en aquel momento, cuando terminé de leerlo, me dije a mí mismo que leería más novelas de Murakami en el futuro. Sí, efectivamente, me suda la polla la crítica literaria; tanto la constructiva como la destructiva.

No recuerdo con exactitud cuándo compre 1Q84 (libros 1 y 2), pero estuvo un montón de meses, quizá años, cubriéndose de polvo en una estantería de mi pequeña biblioteca. Y hace unas semanas, a la pregunta de cuál fue el libro que de forma más intensa logró evocar imágenes en tu mente y no simples líneas de texto, con la típica expresión en los ojos de un niño de no más de 10 años, un ávido lector me contestó: “1Q84, de Murakami”. Esa misma tarde fui a una librería y compré el libro 3.

Hace un rato he terminado de leer sus 1459 páginas. Es una obra sobresaliente. Una novela que no debe descartarse de las potenciales lecturas que rondan la mente del lector.

Quiero destacar la estructura finamente trenzada que tiene esta novela. Es muy verosímil a pesar del carácter indudablemente ficticio del texto. Murakami logra que el lector no se pierda; la historia “cuadra” de forma satisfactoria. Y, además, desde la primera página de la trilogía, el motivo principal del relato permea todos sus capítulos. No añade simplemente un ladrillo detrás de otro ladrillo a la historia. No. La nervadura central corretea libre y artísticamente a lo largo de todas sus páginas.

Tiene varios aspectos que resultan muy brillantes para cualquier lector que necesite “algo más” en una novela , pero yo no os los voy a decir.

Ulises de James Joyce

No te voy a engañar: tú a estas alturas habrás leído por ahí que Ulises es una novela muy densa, seguramente impenetrable y con cientos o quizá miles de referencias que, a menos que seas una persona muy, muy culta, no comprenderás; aderezada con enrevesados guiños a otros planos literarios que pasarán ante tus ojos sin ser apenas percibidos. No, no te voy a engañar: es verdad; es un texto difícil, una droga dura; el lector debe pertrecharse antes de cruzar el libro. Sin embargo, por increíble que te parezca —y este post intentará convencerte de ello— todo eso no es en absoluto relevante; confía en mi criterio: la novela se sostiene por sí sola, el paralelismo con La Odisea de Homero puede no ser tenido en cuenta y no por ello desmerecer su lectura, aunque, qué duda cabe, si eres un amante y conocedor en profundidad de la Grecia Clásica, con las páginas de este libro te elevarás por encima de nosotros el resto de los mortales, pero no es un conocimiento imprescindible para “volar” entre sus líneas.

A mí particularmente me ha ocurrido algo muy curioso al leer esta obra que no me ha ocurrido antes con ninguna otra novela: con ella he experimentado una especie de salto: Joyce me ha proporcionado el sutil instrumento para captar el Arte en toda su grandiosidad, porque hubo muchísimos momentos en que tuve la sensación de que el autor me cogía por la nuca y acercaba violentamente mis ojos y mi nariz a un cuadro; en mi opinión a la pintura, de hecho, más bella jamás concebida y perteneciente al pintor más inspirado y excelso de la historia.

Has de tener muy presente el siguiente consejo que te doy antes de leer Ulises: no es una novela que emerja por la estructura de la misma. No. No memorices el nombre de ninguno de los personajes. No trates, no al menos en la primera lectura que hagas de este magnífico libro, de entender el armazón argumental de la historia. No, no y no. Perderás el tiempo si lo haces. Te convertirás en un hamster dando volteretas en una rueda infinita sin dirección, desprovisto de un destino evidente. La novela se desenvuelve y camina hacia una resolución de un tipo al que no estamos acostumbrados; el texto es una fotografía de un día cualquiera en la vida de Leopold Bloom.  Del mismo modo que nadie puede interpretar a Mozart sin fracasar, nadie puede situarse a la altura literaria de Joyce: la cuestión aquí radica en cómo bregar dentro de un combate que se sabe perdido de antemano. Mi consejo es que te rindas de entrada y sin concesiones a la sabiduría del irlandés e intentes percibir la pulsíón que anida bajo el libro, a costa de la pérdida de enfoque; pero puedes estar tranquilo, el nervio central de la novela se va a adherir a tu cerebro como una lapa; vas a atravesar una especie de jungla compuesta de palabras y más palabras, pero, de forma mágica y maravillosa, a pesar de esa jauría de párrafos y líneas y más líneas y más párrafos, pese a esa ceguera intelectual que te va a invadir, el suelo, no obstante, no se abrirá; no te caerás.[1] El quid del Ulises no está en su argumento sino en su estilo.

Cuando eras un niño o una niña, durante las vacaciones del verano, ¿oíste a alguien gritar debajo del agua en la piscina? ¿Te acuerdas de cómo se deformaba el sonido? Algo similar ocurre en esta novela: cada capítulo “suena” de un modo distinto; de manera soberbia y extraordinaria el relato penetra el medio que lo sostiene; en esa metafórica piscina unas veces escucharás las voces de tus amigos, sentados en las hamacas, debajo de las sombrillas; otras las oirás debajo del agua; otras, a lo lejos, entre los árboles de un oscuro bosque; otras a través del sonido de las campanas… Es admirable comprobar cómo el continuum cardiovascular del libro permea las diferentes interfases que son en definitiva los 18 capítulos del mismo; cómo en alguno de ellos el texto pierde rotundidad y gana cromatismo; cómo fantasea en unos, cómo analiza en otros. Difícilmente puede un lector hoy en día asombrarse de un hecho como este en los libros que se publican en 2017. Ulises es una obra maestra de la literatura; un pilar básico de la misma que te recomiendo encarecidamente que leas.

No sé si sabrás que en la página 123 del ensayo “Sobre literatura” de Umberto Eco se lee lo siguiente:

Trabajar experimentalmente sobre la lengua, y sobre la cultura que transmite, quiere decir, por lo tanto, trabajar en dos frentes: en el del significante, jugando con las palabras (y mediante la destrucción y reorganización de las palabras se reorganizan las ideas); en el del significado, jugando con las ideas, con lo que se lleva la palabra a acariciar nuevos e impensados horizontes. Joyce jugaba con las palabras, Borges con las ideas. Y en este punto se bosqueja una diferente concepción de la infinita segmentabilidad del propio objeto de manipulación.

Para quien no está familiarizado con el mundo académico de las letras, absorto una gran parte del año en el de las ciencias, para quien lee novelas por simple y puro placer, dejándose sorprender de su hipercolorido universo, lejos de la esfera editorial, proscrito de una disciplina hasta hace poco desconocida, como es mi caso, James Joyce y su Ulises han sido un descubrimiento espectacular.

«¿Qué pensar de alguien que escribe semejante párrafo?»

Carreteros de torpes botas sacaban rodando barriles de sordo retumbo del almacén Prince y los subían entrechocándolos al carro de la cervecería. En el carro de la cervecería se entrechocaban barriles de sordo retumbo sacados del almacén de Prince por carreteros de torpes botas.

James Joyce, Ulises. Traducción de Jose María Valverde. DEBOLSILLO

Grossbooted draymen rolled barrels dullthudding out of Prince’s stores and bumped them up on the brewery float. On the brewery float bumped dullthudding barrels rolled by grossbooted draymen out of Prince’s stores.

Fuente: The Literature Network

 

«Es como penetrar en un cuadro; experimentar, jugar con el visor de un microscopio de enfoque infinito y ver los detalles lejanos: el estrecho y anaranjado camino del lienzo puede ser ahora enfocado, el nimio rizo de la nube se alza ahora cristalino.»

«No entiendo cómo las palabras me transportaron a ese lugar.»

[1] Extendiendo más si cabe mi deseo de no engañarte; intentando por todos los medios que no te lleves la impresión al leer estas líneas de un “postureo” por parte de su autor, o la pose snob de alguien que presume de ciertas lecturas; debo avisarte que puedes caer si decides leer Ulises. No serías ni el primero ni el último. Con su lectura puedes perderte; puedes sentir hastío; la novela puede incluso parecerte una paja mental, sosa, artificial; puedes no sentir nada, ni bueno ni malo. No obstante, yo he disfrutado con su lectura porque otra gente, sabia y docta en la materia, ha pensado por mí y ha diseccionado el texto; la edición de DEBOLSILLO contiene una guía fundamental para entender por dónde vas.

Sin ella yo me habría caído y habría abandonado seguramente su lectura…

El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon

Muchos libros a mi alrededor. ¡Muchos! Cientos de libros. Miles de libros… Una mujer con un vestido de playa blanco le preguntó a la dependienta qué novela le podía regalar a su marido. “Quizá le guste alguna de Carlos Ruiz Zafón”. Era viernes, había bastante gente, la atmósfera de la librería era distinta a la de entre semana, yo llevaba en las manos La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Jöel Dicker, que, por cierto, cambié al día siguiente por Los propios dioses, de Asimov, y que volví a comprar y leer meses más tarde; El arte de la guerra, de Sun Tzu, un libro que me atraía por el tiempo que ha transcurrido desde que fue escrito; y Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski, una obra maestra de una profundidad psicológica deslumbrante… En aquel momento la cálida sensación de llevarte a casa un montón de libros me invadió de una forma galopante. Si alguien se hubiese fijado en mí, habría visto a una persona con una sonrisa boba en la cara y los ojos muy vidriosos. Cuando ya me marchaba, vi en una estantería El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon. El libro estaba rodeado por otros con idéntica edición de la casa Tusquets. ¿Lo compro o no lo compro? ¿Lo compro… o no lo compro? Lo compré. Me entró la locura por las novelas y me gasté mucho dinero; dinero que debía emplear en otras necesidades. Primero leí al escritor petersburgués y en la última página (casi) lloré como un niño. Meses más tarde hice lo propio con el autor suizo y juré no volver a comprar ningún libro suyo. Por último dejé que la sabiduría del estratega militar chino entrase en mi cerebro. El arco iris de gravedad se quedó en la leja de ‘Pendientes’.

El año pasado cuando abrí su primera página, yo no tenía ni la más remota idea de lo que había más allá de ella. Me había acercado al libro como me acerco a la mayor parte de las cosas que hago o emprendo en mi vida: a través de la intuición. La elección de mis lecturas era (y es) probablemente irracional. Sólo sé que en aquel momento las muchas recomendaciones que había leído y el aura de “obra de arte sublime y compleja” que deja el libro a su paso, junto a su volumen turbador de casi 1200 págs., hicieron que sonara en mi cabeza una voz ancestral que me dijo: “Chaval, tienes que leer este libro”. Al comenzar su lectura, inconsciente e inocentemente, en los primeros párrafos, creí que el protagonista del relato era el primer personaje que aparece citado en el mismo, Greoffrey “Pirata” Prentice; ése fue el primer error de una cadena infinita de errores, porque aparecieron más y más, y más, y más… y más personajes a lo largo del libro. La lectura se complicó. El relato me resultaba extremadamente oscuro, me decía cosas que no entendía. Yo avanzaba pero el texto no se dejaba hilvanar. Seguí avanzando aunque la sensación horrible de no entender nada se apoderaba de mí en muchos momentos.

Pero me encantan los relatos áridos y difíciles; me gusta trepar por ellos…

Hace un par de horas he terminado de leerlo: estoy en shock; no exagero. Hoy es 9 de febrero de 2017. Acabo de decidir que voy a escribir un post, que incluyo en la pequeña sección “Esto no es una reseña”, porque El arco iris de gravedad es definitivamente y sin ningún género de dudas una obra maestra de la literatura a la que quiero brindar mi pequeño homenaje.

La novela es una maraña de unas dimensiones escandalosas, pero, por increíble que parezca, hay un orden dentro de ese caos. Al comprobar que la nómina de personajes crecía y crecía, que el argumento se complicaba y se complicaba, me compré una libreta para tomar apuntes y anotar reflexiones; cuando los personajes en cuestión volvían a aparecer, repasaba la libreta para determinar sus posiciones en la trama. Sin embargo, el autor en esta novela rompió el acuerdo tácito de ayudar al lector, el escritor no quiso prestar ayuda sino todo lo contrario. Pynchon, qué duda cabe, pudo habernos contado esta historia de otro modo, pero estableció un muro, tejió muy sutilmente una telaraña para paralizar a los lectores. Yo tuve la vaga e infundada esperanza hasta la pág. 900 aproximadamente de que el neoyorquino resolvería al final del libraco todas mis dudas. Nuevamente me equivoqué. No lo hizo. No tenía sentido. Me di cuenta muy tarde.

Hay una explicación lógica para cada inconexo párrafo; para todas esas frases que te hacen arrugar el entrecejo y decir: “Pero esto qué coño…”; para todos esos personajes que no sabes dónde situar; para todas esas cosas que leíste hace 300 ó 400 págs y que no recuerdas por dónde iban. La hay… la hay. Hay guiños a lo largo del texto que ponen de relieve la conexión de las partes, y que nadie, a menos que alguien en su primera lectura decida estudiar la novela en lugar de leerla y disfrutarla, podrá alcanzar a vislumbrar. Thomas Pynchon no proporciona la solución para desenredar ese caos, se asegura de esconder las claves; ahí radica la grandeza de esta novela: el logro de comprenderla.

Uno de los muchos momentos inolvidables durante la larga y angosta travesía de la lectura de El arco iris de gravedad tuvo lugar cuando me di cuenta de que uno de los personajes del libro era el propio autor de la novela, Thomas Pynchon, aunque disfrazado obviamente con un nombre distinto. Estoy razonablemente convencido de ello, y no voy a buscar la confirmación con otros lectores, no porque pueda estar yo equivocado (puedo estarlo), sino porque mi nivel de comprensión del libro no va a depender de la ayuda externa. No quiero entender esta novela sin otro punto de anclaje que el libro que tengo en la estantería. Fue un momento sublime, con esa ‘deducción’ y con una palabra concreta, que aparece en el desenlace final de la historia, obtuve la fórmula, la llave maestra, la clave primera para desembrollar este apasionante relato.

No lo pienses. Cómprala. Léela. Piérdete en ella. Búscate. Descífrala. Trepa por sus asideros. Hay que atravesarla.  Debes entenderla. No lo pienses. Cómprala. Léela. Piérdete en ella. Búscate. Descífrala. Trepa por sus asideros. Hay que atravesarla.

 

 

Para Pynchon la vida es como una fiesta que se va apagando poco a poco y su sentido final se nos escapa, de modo que libertad y ausencia de significado son equivalentes.

Salman Rushdie