El túnel, de Ernesto Sabato

#EstoNoEsUnaReseña 10

Tengo la costumbre, no sé si buena o mala, de decir aquello que pienso, no sin haberlo pensado antes, y tampoco sin dejar nada en el tintero: me guardo cosas; reflexiono previamente sobre lo que voy a soltar. Sin embargo, con respecto al arte, con respecto a libros, películas y composiciones musicales, especialmente sinfonías, no me pronuncio si dejan en mí un mal sabor de boca. ¿Qué aporta un gruñón más entre las hordas de haters que hay en Internet? Nada.

No obstante, voy a hacer una pequeña excepción; sin el objetivo de la sangre; diré simplemente que no me gusta el escritor Ernesto Sabato.

Hace unos días leí El túnel y desafortunadamente no me convenció. El tono de la novela es estridente, tropiezas con sus astillas; el tono trata de elevar la personalidad desgraciada de su protagonista y narrador, pero no lo logra, fracasa; visita los lugares comunes que todos conocemos. ¡Además de un ciego cornudo rodeado de libros y un amante llamado Hunter: por favor, esas dos figuras literarias han de ser reverenciadas de mejor manera! El personaje principal no es verosímil: un pintor no piensa del modo como Sabato hace pensar a Castel en El túnel. Detrás de Castel advierte el lector la carrera cientifica en Física del bueno de Ernesto. Resulta muy obvio; demasiado obvio.

Esta novela corta tiene un arranque convincente, pero no mantiene la tensión a lo largo de los capítulos, de hecho, a mí se me ha hecho larga; se me ha hecho bola. Su mayor logro es la referencia explicativa al título; el túnel donde vive aislado el artista y, sobre todo, la ventanita: elemento capital del relato: el único instante en que las líneas resuenan y reverberan consigo mismas.

El final no es lo mejor de la novela: craso error a mi juicio.

(No sé si leeré más de este autor.)

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La lluvia amarilla, de Julio Llamazares

#EstoNoEsUnaReseña 9

Un libro triste. Un libro cristalino y grisáceo. Un libro por momentos poético. Un libro muy bien escrito, con una prosa de una belleza indiscutible, y con un significado brutal: un mensaje ácido y verdadero. Una novela desgarradora: el relato honesto y valiente de un hombre fiel; fiel a su pueblo; fiel a su historia. El relato de un ser humano que se mantiene fiel a sí mismo. Un libro sobre la muerte. Una novela que trata sobre la soledad. La historia de un hombre cuya entereza es merecedora de admiración. Un libro que de forma subversiva pero de modo cruel nos dice cómo debemos afrontar nuestra última hora.

La lluvia amarilla, de Julio Llamazares, nos dice cómo mirar cara a cara a la muerte.

La metamorfosis, de Kafka

#EstoNoEsUnaReseña 8

He vuelto a leer La metamorfosis de Kafka. No sé si es una buena idea volver a leer un libro, porque las sensaciones no son las mismas; el factor sorpresa ha desaparecido, aunque ha habido muchas cosas, muchos pasajes del texto de los que no me acordaba en absoluto. Pero, por otra parte, he sentido una calma, fruto quizá del paso del tiempo desde que empecé a convertirme en lector, que me ha permitido analizar más detalladamente la novela. Supongo que como escritor es buena idea releer un buen libro, pero como lector no estoy tan seguro de ello. La cuestión es que Kafka no es Faulkner. Kafka no evoca imágenes en mi cerebro, ¡pero provoca sentimientos! En eso Kafka quizá es invencible. Este hombre logra rodearte con las palabras y te aboca, te empuja al precipicio de los sentimientos. No es que Faulkner no logre despertar tristezas o alegrías (lo consigue con creces), pero las novelas del norteamericano son una pantalla; un cine, por cierto, hermosísimo y oscuro. Sin embargo, el relato del praguense es algo más primitivo; más interior. No sé cómo explicarlo.

El autor hace que el protagonista encaje dentro de la dualidad que se presenta al transformarse en un insecto. Una vez más la dualidad. Una vez más Jekyll y Hyde. Sorprende el hecho de lo sibilino y hábil que es al fundir al humano y al insecto en un mismo organismo. En este sentido, hay líneas que ponen de manifiesto la frontera que separa a ambos. Así, se pregunta el protagonista si en realidad quiere que saquen los muebles de su habitación (para poder trepar por las desnudas paredes a sus anchas), o si por el contrario no quiere que se deshagan de las cosas que ama y que son suyas. No obstante, me fascina el hecho de que Kafka sea capaz de “evocar” sentimientos en el lector. Y me sorprende cómo a través de ellos, y no en lugar de bellas escenas magistralmente descritas como solía hacerlo el yanqui, pueda representar en mi mente el relato.

¿Está la estructura clara y nítida en esta novela? No lo sé, pero supongo que sí. El planteamiento radica en comprobar cómo el personaje ha mutado en bicho y cómo responde el entorno a esa situación: cómo se enoja el principal que va a verle y a reprocharle que no se haya presentado en el trabajo, y también cómo responde su familia a la insólita situación. El padre amenaza, la madre llora y la hermana, cuando vuelve, se apiada en cierto modo de él. El nudo es cómo la historia se desenvuelve, cómo salen a relucir los verdaderos cimientos sobre los que se asienta la familia, cómo se ponen a trabajar, después de haber vivido cómodamente con el dinero de Gregorio. También se muestra al protagonista balancearse entre el humano y el bicho. El desenlace se pone de manifiesto cuando él se ve desplazado, y el desencadenante final estalla cuando su hermana toca el violín para los tres señores que se hospedan en su casa: ahí es cuando muere, cuando ve que nadie le quiere, cuando se resigna y vuelve a su habitación para exhalar su último suspiro.

En lo que respecta a la familia creo que, por sorprendente o insólito que parezca, teniendo en cuenta el cambio de actitud del señor Samsa con respecto a los tres inquilinos —ordenándoles que se marchen de la casa—, es precisamente después de la muerte del insecto cuando el padre, la madre y la hermana son conscientes —hasta entonces debieron albergar alguna remota esperanza en sentido contrario— de que Gregorio ya no volverá a proporcionarles estabilidad y comodidad con su dinero. Sólo la muerte les proporciona esta confirmación, sólo ella puede vencer o desequilibrar su usura. Una vez más el autor, jugando con los sentimientos del lector, nos hace ver lo poco que les importaba, pues los tres no levantan la vista de sus periódicos la mañana en que la sirvienta les intenta decir cómo se ha deshecho del cadáver de Gregorio, poniendo de manifiesto la ausencia completa de amor y cariño hacia este último.

La idea indemne de esta novela es el tránsito, no sé si de Gregorio, pues es obvio desde el principio, sino de la familia; cómo basculan desde las primeras páginas en que tocan a su puerta y le preguntan qué le pasa, hasta las últimas, donde no despegan la mirada de sus lecturas sin importarles qué ha pasado con el cadáver de Gregorio. El hijo abnegado con su padre y con su madre y el hermano protector y cariñoso con su hermana dejan de ser necesarios, dejan de ser queridos. La idea indemne de la novela quizá sea la difusa línea o la ambigua estructura que sostiene a una familia, cómo se vuelve nítida, cómo se transforma.

Así al menos lo percibo yo.