Una de viajes en el tiempo

He aquí las buenas noticias

Este texto que a continuación te dispones a leer, no trata sobre la película de Regreso al futuro, no es un texto sobre la cinta de Doce monos y su actor principal, Bruce Willis, y tampoco es un texto tan enrevesado y difícil de entender como el largometraje Timer, de la directora y guionista de cine Jac Schaeffer. No es, aunque te pueda parecer lo contrario por el título, un texto sobre viajes en el tiempo, no al menos de un modo principal y directo. A mí, no obstante, me encantaría tener tiempo para escribir acerca de la dimensión temporal, especialmente desde una perspectiva no cinematográfica sino más bien literaria. Yo querría dedicar tiempo al tiempo, pero mis obligaciones diarias me lo impiden. Con las siguientes líneas, en cualquier caso, quiero compartir que tras dos años y nueve meses de divagaciones, tras dos años y nueve meses del nacimiento de una idea infectocontagiosa, tras dos años y nueve meses de escribir innumerables borradores con decenas de tachones, tras dos años y nueve meses…, quiero lanzar a las ondas de la blogosfera el hecho de que la idea cardinal que vertebra mi novela del viaje hacia atrás en el tiempo ha sido alumbrada finalmente y por completo: ¡ya la tengo! Ya tengo la idea.

Este hecho quizá a algunos de vosotros os puede parecer algo insignificante o insustancial; he de admitir que en cierto modo lo es: es un minúsculo grano de arena, uno de los muchos que hay en la playa. Es un pequeño paso entre la inmensidad de decisiones que deben tomarse en la consecución de una novela, pero, aun a riesgo de parecer engreído, la carcasa que sostiene mi historia, mi idea, a la que tantas vueltas le he dado durante este tiempo, me parece singular; me parece una idea brillante. No deja de ser cierto y todo buen artista nunca olvidará que la singularidad y la brillantez pueden al otro lado de la calle, en la otra acera y en una persona con unas gafas de cristales distintos transformarse en vulgaridad y mediocridad. Qué duda cabe.

Sin embargo, si dejo a un lado la subjetividad del receptor de la obra, debo decir —para confirmaros cuán engreído soy que la idea es buena simplemente por el hecho de que me convence; me convence al 100%; no veo ninguna fisura en ella; es una idea redonda: una condición sine qua non de este tipo de relatos. Es una idea magnífica porque nace desde un escenario irresoluto cuya potencial capacidad para atrapar en las primeras líneas al lector es sobresaliente. Una de las premisas más difíciles de cumplir en la escritura, a mi juicio, teniendo en cuenta que yo NO soy escritor, es conseguir que el conflicto central del relato navegue por todas y cada una de las páginas del mismo con igual intensidad. Esto es dificilísimo. Cualquiera de nosotros puede escribir una historia “enfocando” sus distintas partes a riesgo de no plasmar en el papel el vínculo existente entre todas ellas. La nervatura, o sistema cardiovascular, que permea todas las esquinas de una novela.

Mi idea, al menos en el interior de mi mente, posee esa particularidad. Yo la imagino como una cuerda, estirada y a tensión, entre dos grupos de personas que no se conocen y no pueden verse entre sí: la cuerda —la idea— actuaría como una especie de bisagra. La imagino también como el telón de un teatro: alguien apoya una mano sobre él y, al otro lado, alguien ve el contorno que trazan entre sí cinco puntos (¿serán dedos?), sin saber muy bien si es un truco o si es realmente una mano.

Una cuerda; el telón de un teatro.

Cómo se fragua la idea, cómo tengo esa visión, merece un capítulo. Voy a omitir algunos elementos que darían brillo a estas líneas; lo haré para mantener el anonimato, pero sí quiero mostrar que la génesis de este embrollo tiene un paralelismo maravilloso con la realidad. No sé cuándo, a lo mejor desde siempre, nació en mí el impulso volitivo de escribir un cuento de un viaje hacia atrás en el tiempo, pero recuerdo que una noche, tras haber reflexionado largo y tendido sobre el protagonista, que pierde a un ser querido y que vuelve al pasado para avisarse a sí mismo de la tragedia, tuve un sueño: un sueño con el dios griego del tiempo, Cronos. No sé cómo pude soñar algo así porque yo no había leído en aquella época (y hoy tampoco) nada de mitología griega. La mañana en que me despierto tras ese contenido onírico extraño, una persona desconocida, anónima y extranjera me deja un reply en mi cta. de twitter. Un comentario totalmente significativo con lo que os he venido contando más arriba; un comentario proveniente de un usuario con un espeluznante paralelismo con los viajes en el tiempo.

Contarlo me da algún pudor, y tampoco quiero excederme en la longitud de este texto, pero el resumen de lo sucedido tras el episodio tuitero, versa sobre mi empeño en saber quién es esa persona y por qué se pone en contacto conmigo, bajo el fuerte acicate que supone haber soñado la noche anterior —justo la noche anterior— con el dios griego del tiempo. Quien me conoce lo sabe: puedo ser muy persistente, persistente al estilo de Buzzlightyear, con la famosa frase de «¡Hasta el infinito y más allá!» Cuando me empeño en una idea, tienen que pegarme un tiro en la cabeza para que me olvide de ella. Por todos los medios a mi alcance, intenté averiguar quién era ese tuitero: no hubo recompensa. Mi neurosis giraba en torno al hecho de que a esas alturas de la película (hace tres años) yo barajaba la opción de que el protagonista de mi relato se ponía en contacto consigo mismo a través de internet, del mismo modo que el anónimo tuitero se ponía en contacto conmigo.

Mantuvimos una conversación por DM. La barrera más insignificante de todas, pero no por ello franqueable, fue el idioma; sin embargo, el muro que entre esa persona y yo se estableció, la frontera que nos dividía fue siempre impenetrable. En algunos momentos tuve la sensación de hablar con un deficiente mental, pero en el transcurso de aquella caótica charla, él escribió una frase que confirmaba sin ningún género de dudas su conicimiento… ¡de la estructura de mi historia! Lo que esa persona escribió era exactamente lo que yo habría escrito si me pusiera en contacto conmigo mismo a través del tiempo, en la atmósfera ficticia de la novela que empezaba a nacer, pero como si ese engranaje no fuera ficticio sino real, porque no me lo estaba inventando yo. ¡No! ¡No! ¡Me lo estaba diciendo otra persona a mí!

Esa fue la génesis: alucinante.

Desafortunadamente, o afortunadamente, según se mire, yo por aquella época me debía a mi carrera universitaria y tuve que abandonar ese filón literario, pero compré una libreta (mi famosa libreta roja) donde poco a poco y de manera discontinua fui escribiendo y fui tachando como ya os he contado más arriba, hasta que, dos años y nueve meses después, es decir, ahora, ahora que escribo estas lineas, la idea ha madurado. La idea ha cobrado sentido.

He aquí las malas noticias

Aunque —por todo lo que has venido leyendo hasta ahora— te pueda parecer lo contrario, la pura verdad es que yo no he escrito una novela, estoy, de hecho, muy, muy lejos de haber escrito una novela; no tengo nada, o casi nada, con respeto a su factura. Tengo un granito de arena de una playa que se me antoja infinita. Mi única posesión, la diferencia con respecto a ti, lector o lectora, escritor o escritora en ciernes (sé que algunos de vosotros sois potenciales escritores; también sé que hay otros que ya habéis sido publicados), la única divergencia, repito, es mi reflexión sobre la arquitectura ficticia del relato.

No tengo el tono, no tengo el color de la novela, la coloratura de su texto; no pienses que no he intentado alzar esa voz. Me río al releer las diferentes aproximaciones que hice para narrar los sucesos iniciales. El texto nunca sonó como yo pretendía hacerlo sonar. Tengo, no obstante, la perspectiva, conozco cuál es el tipo de narrador que mejor casa para levantar los diversos planos temporales y los diferentes estratos simbólicos. Sin embargo, no tengo ni idea de dónde ambientarla, y tampoco sé cuáles son los vértices y elementos que acotan y dirigen de manera soterrada el curso de la novela; no tengo la subtrama.

No tengo, en definitiva, nada.

He aquí la noticia más devastadora

No sé si alguna vez —nadie conoce el futuro— esta historia verá o no la luz. Desgraciadamente, lo más probable es que nunca se materialice; porque no puedo dedicarme en cuerpo y alma al ejercicio de escribir. No hacerlo de ese modo, hacerlo de manera inconexa, a ratos, sin bucear en las raíces del cuento tal y como se merece, no merece, valga la redundancia, la pena.

Si has llegado hasta este párrafo, quiero decirte en petit comité que sé con seguridad que amas los libros. Los amas como yo los amo. Es este motivo, ¡este es el único motivo, muchacha, muchacho!, que me impulsa a contarte lo lejos que yo me encuentro del mundo de la publicación literaria.

La distancia que media entre la literatura y el vagabundo es solamente una semilla, diminuta e incorpórea.

Una de viajes en el tiempo.

Anuncios

Cómo escribí “Área Cero”

Algunas veces, no siempre, antes de sentarme a escribir un cuento, una imagen etérea y parcialmente estática se alza en mi cerebro, y, a partir de ella pero no como referencia cronológica, la historia que quiero contar se desarrolla a continuación. Es decir, esa escena pertenece al relato, pero no tiene por qué ser la primera escena, ni la última, ni la más importante. En el cuento Área Cero yo “vi” al protagonista reaparecer mágicamente entre los andenes de una estación de tren. Un desenlace que al final cambié por el del vaso de cristal hecho añicos, al que Ana observa con mucha atención.

Sin embargo, para que el diablo no se lleve la mentira, seré totalmente sincero: aquél no fue (con exactitud) el motivo primario que me impulsó a escribir. La génesis de esa historia fue la idea un no-lugar, un no-existir, un solo-pensar. Me imaginaba un sitio muy oscuro y extraño. Representaba la existencia en su vertiente más leve, sin ningún contacto con la realidad. Y al final (ahora sí) el protagonista reaparece, las líneas ferroviarias chisporrotean… y se reencuentra con su familia.

Es curioso cómo tejí las palabras alrededor de ese núcleo. Lo es porque a menudo los escritores paren un principio y se dejan llevar, a través de la brújula y no del mapa, hasta un desenlace que logra sorprenderles tanto o más que a los lectores. Yo, por el contrario, siempre supe que el final del cuento era el contacto con esa especie de Más Allá, aunque, como dije más arriba, la escena de la niña mirando los cristales me pareció más sutil y evocadora que la mágica aparición en el andén.

Diré más todavía: la representación mental que yo tuve del área cero no fue visual, sino más bien conceptual. Las primeras líneas que escribí fueron el diálogo desesperado de Iván, cuando no logra identificar dónde se halla. Como él, yo no veía nada a mí alrededor. Además, durante un tiempo —he tardado en escribir y publicar Área Cero más de un año—, valoré la posibilidad de intercalar esas angustiosas líneas a lo largo de todo el relato, como una serie de paréntesis, para dotar a esa área de un carácter atemporal. Descarté finalmente esa estrategia y, para conseguir que Iván estuviera en unas coordenadas atemporales, hice que transcurrieran dos años y ochos meses. No obstante, el protagonista parece no percibir el paso del tiempo, no así el lector.

En fin… así escribí ese cuento

https://eldespachodelvagabundo.wordpress.com/2017/08/15/area-cero-cuento/

Cómo escribí “Bucles: la estructura del tiempo”

Me obsesionaba —y me sigue obsesionando— el concepto de infinito. Yo quería escribir sobre él y pensé que el mejor modo de hacerlo era a través de un hombre que busca un libro que cuenta la historia de un hombre que busca un libro…

No obstante, entremezclada con esa motivación yo quería unir en un único texto a tres narradores distintos; por ese motivo el primer relato tiene un narrador omnisciente, el segundo, en primera persona del singular, y el tercero en segunda persona del singular.

Cómo cobraron sentido las composiciones acrósticas es… un misterio.

Bucles: la estructura del tiempo