Bucles: la estructura del tiempo

Symmetry is what we see at a glance;

based on the fact

that there is no reason for any difference.

.

Blaise Pascal

El estridente y áspero sonido de las sirenas y el atronador ruido de la fuerza aerotransportada (desde hace un tiempo reconvertida en una serie de enormes laboratorios volantes) despiertan al primer protagonista de este relato de un plácido y profundo sueño. Esos sonidos (no obstante) ya no le inquietan lo más mínimo. Ha conseguido escapar miles de veces de la búsqueda y captura de la que es objeto por parte de los dictadores; hoy no será un día distinto. La WIC, la invisible e impermeabilizadora capa, por las siglas en inglés Waterproofer Invisible Cloak, que en realidad es un traje que se adapta a todo su cuerpo, y que fue creada por el desaparecido Centro Superior de Investigaciones Científicas, le hace pasar completamente desapercibido ante el intenso ejercicio de rastreo de los dictadores. Afortunadamente, ellos no han logrado todavía desarrollar una tecnología capaz de evadir en su búsqueda de actividad biológica este tipo de material, que fue creado a finales del siglo XXIII. El nombre de nuestro personaje es Túot Wermez Antúnez.

Hace nueve años, la ciudad donde vive Túot fue salvajemente destruida por una bomba nuclear. Antes de aquella catástrofe, él no podía imaginar las dimensiones de una deflagración de ese calibre, y aunque conocía por las clases de Historia que recibió cuando era muy joven parte de lo sucedido en la Segunda Guerra Mundial, con la devastación de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, experimentar en primera persona el caos que la bomba sembró a su alrededor fue un ejercicio inasible a su imaginación hasta aquel maldito día.

Durante todo este tiempo, excepto a un anciano moribundo, con quien mantuvo una lacónica y misteriosa conversación, Túot no ha visto a ningún otro ser humano vivo. No ha conseguido entender cómo sobrevivió a semejante cantidad de energía desplazada a su alrededor; tampoco cómo su cuerpo se mostró inmune a la radioactividad. Durante los primeros días que siguieron a la explosión, llegó incluso a pensar que estaba muerto; que la muerte no era sino ese panorama desolador y apocalíptico. En las primeras semanas no descartaba completamente la idea de que su registro sensorial del entorno fuera falso: un vago e impreciso viaje de su conciencia o de su alma. Estoy vivo, se repitió Túot a sí mismo un millón de veces por aquellos días. Su organismo no se vio afectado por el evento nuclear.

La frecuencia con la que suenan ahora las sirenas y el plúmbeo zumbido de los aerotransportadores decaen poco a poco a lo lejos: no lo han detectado. Túot camina con seguridad y firmeza hacia el final de un largo y oscuro pasillo. Se asoma por una ventana que no tiene cristales y observa los edificios completamente derruidos en esta aciaga y fría mañana. Edificios que exponen su armazón a través de las grises habitaciones sin paredes externas. La ciudad está devastada; aniquilada; el esquema cuadriculado de sus calles, borrado parcialmente por la acumulación de ruinas, recuerda a una trampa, a una malla, en la que todos sus habitantes cayeron como peces en un mortífero garlito. Los otrora majestuosos rascacielos hoy parecen insólitas estructuras vertebrales, cercenadas, despojadas de su envoltura natural. Por el Este, ligeramente por encima de la flemática línea del horizonte, Túot observa el incólume amanecer pese a la devastación del paisaje circundante.

Abre en estos momentos un maletín metálico donde hay una cincuentena de jeringuillas minuciosamente ordenadas por tamaños y colores, engastadas sobre un molde gris. Túot extrae una goma del compartimento vertical del maletín y, a pesar de hacerlo con una sola mano, la anuda con destreza en su brazo izquierdo. Despacio se inyecta el desayuno.

Este aislado y singular sujeto ha librado durante estos años esencialmente tres batallas. La primera de ellas es la inherente o propia a la supervivencia: conseguir agua y comida, habitar un lugar donde guarecerse del exterior, y huir de ellos, los dictadores, para todo lo cual su traje se ha mostrado absolutamente imprescindible, la invisibilidad ha permitido a Túot focalizar sus esfuerzos en los otros dos frentes. La segunda cruzada ha sido sobreponerse a la opresiva y angustiosa soledad de ser el único superviviente en una ciudad fantasma. Una descripción pormenorizada de esas dos luchas no aportaría una comprensión más profunda del relato. Sin embargo, la tercera de las mismas, la búsqueda de un libro, a cuyo título Túot solamente puede asociar la palabra ‘Bucles’, ha sido sin ningún género de dudas su gran obsesión. El principal motivo de frustración, por encima incluso de la clausura y el destierro que supone vivir sin ninguna forma de vida por alrededor, ha sido la infructuosa búsqueda de una novela, o quizá de un cuento. Túot desconoce las características de ese texto. Unas líneas, en definitiva, que han estimulado su curiosidad hasta límites difíciles de sospechar. Por qué esta obstinación: semanas después de la catástrofe, cuando ellos se hubieron llevado todos los cadáveres, un provecto personaje, escondido al fondo de una callejuela oscura, mantuvo una breve plática con él. (Túot pensó en aquel momento que era una alucinación.)

(Va andando de forma sosegada por la calle, lleva en la mano derecha dos libros y la mirada perdida en el suelo.)

—Hijo…, hijo…, ¡acércate!

Túot se gira repentinamente, frunce los ojos: nadie debería poder advertir su presencia. «¿Es que ya no soy invisible?» Esa voz no supone ninguna amenaza.

—Ven… ¡rápido!

Túot se adentra en la estrecha calle con pasos cautelosos.

—¿Quién es?

Se aproxima al lugar de donde proviene el sonido.

—Mi nombre es Acevedo.

Túot observa que el extraño visitante es un señor muy mayor, probablemente nonagenario, encorvado sobre sí mismo. Su voz es débil; su pelo es blanco; sus ojos azules son muy potentes.

—Abuelo, ¿ha sobrevivido Vd. a la bomba?¿Puede verme?

—Se me agota el tiempo, hijo. Presta mucha atención a lo que te voy a decir.

El viejo empieza a toser de forma violenta; convulsiva. La tos es ahora irrefrenable, parece que se está ahogando. Efectivamente, el viejo va a morir, pero de él emana una fuerza extraordinaria, pese a la corcova, pese a la invalidante expectoración, pese a la proximidad de la muerte. Los golpes de tos son ahora desgarradores. Túot pone su mano encima del hombro del anciano.

—Un libro… Bucles…

—¿Qué…, qué quiere decir, abuelo?

Su última frase.

—Si lo encuentras, nos… sal – va – rás.

Con paciencia benedictina, Túot en estos nueve años ha registrado las ruinas de la urbe con el único objetivo de encontrar libros, y ha almacenado todos aquellos que, por alguna razón o simplemente por pura intuición, ha considerado que podían revelar o incluir aquella postrera palabra. Túot ha buscado de forma incansable los bucles. Ha visitado trece bibliotecas, siete librerías, cinco museos, cuarenta y dos colegios, tres universidades, veintiuna sedes gubernamentales, quinientas catorce sucursales bancarias, veintiséis hospitales y ciento nueve embajadas. Desgraciadamente, una gran parte de los inmuebles fue pasto de las llamas en el episodio atómico. No obstante, Túot ha leído (él desconoce la cifra) novecientos veintisiete libros del total de treinta y un mil cuatrocientos dieciséis que ha almacenado.

Entra ahora en una gran sala donde tiene todos los volúmenes almacenados, camina entre pilas y pilas de libros, algunas de ellas tienen un perfil curvado, alzadas en un difícil equilibrio, como si fueran lámparas de pie, con formas y apariencias imposibles. A medida que él avanza en el pasillo formado por la infinidad de tomos, de forma aparentemente no intencionada (similar a cuando un anillo va rodando por el suelo hasta perderse entre las rejas herrumbrosas de una alcantarilla), roza con su rodilla una de las columnas de libros

A sus pies ha ido a parar un pequeño ejemplar. La encuadernación es de tapa blanda, su color es verde musgo, y el título Buscando un cuento llamado “El Salvador”. De manera casi instantánea, su cerebro construye la imagen de la boca retorcida y arrugada del anciano, “nos… sal – va – rás”. Él piensa que no es una casualidad, según su razonamiento más intuitivo, que el título represente la búsqueda de un cuento, como él lleva haciendo durante tanto tiempo. Es significativo. Misterioso. Su excitación se ha disparado, Túot cree que este libro tiene muchísimas posibilidades de ser el libro al que se refería el anciano. Sin embargo, siempre creyó que su título sería Bucles, o que al menos contendría esta palabra. Este gran detalle le hace dudar.

Ahora se sienta en un sofá situado en la esquina de una habitación, al lado de una alta y estrecha ventana por donde una luz diáfana y resbaladiza entra con flujo infinito. Túot se pone las gafas. Cruza las piernas. Se acomoda en el sillón. Mira con curiosidad la portada y, con su dedo índice derecho, lentamente, con ansia en el corazón, abre el libro por la portada, pasa su primera página de cortesía y… se dispone a leer

Buscando un cuento llamado “El Salvador”

Aquel lunes yo iba de camino al trabajo en el mismo autobús de siempre, sentado en la parte de detrás, sin prestar demasiada atención a lo que me rodeaba, con la mirada perdida (a través de la ventanilla) en las grises paredes de los edificios y en la muchedumbre de las calles. Saqué mi teléfono móvil del bolsillo, lo desbloqueé con la huella del pulgar, y me metí en mi cuenta de Facebook. Vi frases de escritores famosos; fotografías de amigos con quienes no había cruzado una palabra desde que terminó la universidad; videos divertidos con proezas de toda índole. Repentinamente, cuando yo estaba deslizando el dedo índice por encima de la pantalla del smartphone, el autobús frenó de forma brusca y la inercia del mismo nos impulsó a todos los viajeros a balancearnos hacia delante. El chófer gritó algo que no llegué a entender; empezó a hacer sonar el claxon de un modo furibundo. Oí una serie de golpes en la ventanilla y me giré instintivamente. En la acera, con los brazos levantados y sujetando una cartulina de color blanco donde podía leerse el mensaje “Ve hacia el parque”, había un adolescente de no más de dieciséis años mirándome fijamente a los ojos, mientras sostenía aquel extraño cartel. Nuestras miradas estuvieron unidas durante tres o cuatro segundos, luego el autobús reanudó la marcha; vi cómo el chaval bajaba los brazos y se alejaba por la acera en dirección contraria al autocar.

¿Quién era aquel chico? ¿Me conocía a mí de algo? Empecé a realizarme muchas preguntas. No cabía duda —a juzgar por su mirada— que aquel mensaje iba dirigido a mí, pero no tenía ningún sentido: un desconocido en mitad de la calle tratando de comunicarme algo a través de una nota. Además, el autobús debió frenar porque otro vehículo se cruzó por delante, el cabreo del conductor así lo dejaba entrever, ergo era una casualidad la presencia del chaval a esa altura de la calle. Debía tratarse de una broma.

«¿Una broma de un adolescente, a las 7:15 de la mañana, un lunes, con ese tipo de mirada tan penetrante?»

Estuve dándole vueltas al incidente hasta que llegué a mi destino, la parada nº13 en la Avenida de las Rosas. Bajé del autobús y empecé a caminar en dirección al laboratorio, situado a menos de cinco minutos de camino. Mentalmente empecé a desechar el suceso del adolescente y el cartel, y todos los asuntos relacionados con mi trabajo empezaron poco a poco a ocupar mi mente. Cuando ya estaba en la puerta del acceso exterior, con mi tarjeta identificativa en la mano al punto de pasarla por la banda magnética, oí en el edificio colindante a una mujer gritar de un modo muy violento, llamando (presumiblemente) a una segunda persona que debía encontrarse en esos momentos en la calle.

—¡¡¡Fraaaaannn!!! ¡¡¡Fraaaaannnn!!!

Alcé la vista y vi a la mujer encaramada en un balcón. Era una señora obesa que llevaba una bata de color gris.

—¡¡¡Fraaaaannn!!!

Dirigí la mirada hacia donde la mujer lanzaba sus gritos, vi entonces a lo lejos a una persona subida en una bicicleta, que llevaba el sillín muy, muy bajo. El ciclista cruzó un paso de peatones y se perdió por un parque que había al otro de la avenida.

Levanté la vista de nuevo hacia el balcón, pero la mujer había desaparecido.

Cuando fui a introducir la tarjeta, me detuve durante un breve instante; uní la visión del cartel del adolescente con la del ciclista cruzando hacia el parque, y miré otra vez hacia el lugar por donde aquél había desaparecido. Yo veía una de las cuatro esquinas del parque. Sentía la tentación de ir hacia allí. Pasé la tarjeta, pero el lector no la leyó correctamente y una lucecita roja se encendió. Volví a pasarla: error. Otra vez: error. «Son demasiadas señales». No sé muy bien por qué, quizá en un ataque irracional, sin una justificación obvia o nítida, hice algo que iba contra mi voluntad. Tuve una convicción extraña, infecciosa; la fusión mental de la imagen de la cartulina con la esquina de aquel parque hizo presa en mi cerebro. El fallo de lectura del acceso identificativo lo confirmaba. Concluí que debía dirigirme hacia aquel lugar.

No estaba muy bien cuidado, el césped era verde y amarillento, irregularmente cortado, el suelo estaba limpio, y los columpios de los niños completamente estáticos. Yo ya lo había cruzado anteriormente en algunas ocasiones al final de la jornada, cuando iba a tomar una cerveza con mis compañeros del trabajo, pero nunca había reparado en los detalles sobre el mismo. Rectangular, simétrico, con cuatro pasillos centrales formando una cruz, ocho bancos de madera repartidos de dos en dos, doce árboles repartidos de tres en tres. Su atmósfera era acogedora (seguramente por el frondoso y bajo perfil de los olmos).

¿Qué se suponía que debía hacer yo en aquel parque? No tenía ni idea, sólo la absurda certidumbre de que debía permanecer en aquel lugar. Me senté en uno de los bancos. Empecé a mirar a mi alrededor, convencido de que algo importante iba a ocurrir. Anonadado, y también durante algunos momentos arrepentido, por aquel impulso infantil, me dije a mí mismo que había leído demasiada ciencia ficción. No obstante, quería esperar un poco más de tiempo, mi intuición me decía “quédate en el parque”. Lo cierto, sin embargo, es que no pasaba nada; no pasaba nadie por allí.

De manera paulatina, deseoso por encontrar alguna extraña señal como la del joven y la cartulina, fui poco a poco dándome cuenta de que en el parque reinaba una insólita quietud. Yo ya llevaba cerca de diez minutos sentado en el banco y no había visto todavía a ningún viandante, y, sobre todo, no había captado ningún ruido. El parque parecía estar en cierto modo aislado, con los árboles creando un hermetismo alrededor de él. Ni se veía ni se escuchaba a los pájaros. El tráfico de la avenida no generaba un sonido audible. Cuando estuve convencido de esta particularidad, el viento empezó a soplar, las ramas de los árboles empezaron a oscilar. Ocurrió entonces algo muy curioso: la bolsa de plástico de la papelera que tenía enfrente de mí se salió de su recipiente, debido a la agujereada estructura de este último. Me levanté y fui hasta ella. Estuve cerca de un minuto observando la grisácea bolsa, pero no tardé demasiado en convencerme de que aquello no era ninguna señal. La idea de que estaba haciendo el idiota fue tomando poco a poco cuerpo en mi cabeza. Entonces miré hacia otra papelera cuya bolsa también se había salido; me di la vuelta y me fijé en las otras dos que había en el otro extremo. En una de ellas el viento agitaba su bolsa por fuera, sin embargo, la otra bolsa permanecía en su interior. «¿Por qué no se ha soltado?» ¿Era ésa quizá la señal que yo buscaba? No sé exactamente por qué aquel detalle me pareció muy significativo. «En la bolsa debe haber algo». Fui andando hasta allí y miré dentro de la papelera.

Había un libro…, cuyo peso había contrarrestado el impulso del viento.

Su portada y su contraportada eran de un color negro oliváceo, intrigante; tremendamente llamativo. Su título, en letras de color oro, era Bucles: la estructura del tiempo; un libro pequeño de no más de 100 hojas.

Después de contemplarlo durante unos segundos, pasé todas sus páginas moviéndolo hacia mi izquierda, mientras mantenía mi pulgar en el borde de las mismas, produciendo ese sonido tan característico. Me senté en el banco más cercano., lo abrí por la primera de sus páginas y empecé a leerlo…

Aquel lunes yo iba de camino al trabajo en el mismo autobús de siempre, sentado en la parte de detrás…

(Levanté la vista del texto durante un segundo…, YAAAACK)

… sin prestar demasiada atención a lo que me rodeaba, con la mirada perdida (a través de la ventanilla) en las grises paredes de los edificios y en la muchedumbre de las calles. Saqué mi teléfono móvil del bolsillo, lo desbloqueé con la huella del pulgar, y me metí en mi cuenta de Facebook.

(Paré de leer; algo no funcionaba bien, el texto parecía chirriar…, pero no sabía exactamente qué era.)

Vi frases de escritores famosos; fotografías de amigos con quienes no había cruzado una palabra desde que…

(Parecía que el autor de aquellas líneas era… «¿Soy yo?» Al mencionar las fotos en la red social Facebook, una sensación muy extraña invadió mi cabeza: parecía que el autor de aquellas líneas era yo, aunque el narrador del libro también podía tener amigos online que compartiesen citas de famosos literatos, por supuesto. Pero por un instante me vi reflejado en la hoja de papel.)

… vídeos divertidos con proezas de toda índole. Repentinamente, cuando yo estaba deslizando el dedo índice por encima de la pantalla del smartphone, el autobús frenó de forma brusca y la inercia del mismo…

(Ya no cabía duda…, ¡el narrador del libro era yo, relatando lo que me había ocurrido esa misma mañana! Aquello no tenía ningún sentido, era una locura. Levanté la vista de sus hojas… El parque seguía en aquel profundo silencio (el viento se había disipado).Los árboles parecían expectantes. Solté una nerviosa y divertida carcajada.)

… El chófer gritó algo que no llegué a entender, empezó a hacer sonar el claxon de un modo furibundo …

(De forma reiterada, insana y completa la curiosidad me invadió. Aquel libro iba a revelarme todo lo que me iba a suceder; aquellas páginas iban a mostrarme El Futuro. Rápidamente busqué en el texto el preciso instante en que yo encuentro el libro, ansioso por descubrir hacia dónde se encaminaba toda aquella historia.)

[…] en la puerta del acceso exterior, con mi tarjeta identificativa […]

[…] un ataque irracional, sin una justificación obvia o nítida […]

[…] la idea de que estaba haciendo el idiota […]

[…] lo abrí por la primera de sus páginas y empecé a leerlo […]

Hola.

Esto es un bucle.

Estás dentro de una paradoja: un libro que está metido dentro de un libro que a su vez está metido dentro de otro libro y que, en el interior de un laberinto infinito, te hará disfrutar del instrumento atemporal con que puedes cercenar y atravesar el tiempo. Esta paradójica realidad provoca, a medida que lees, que sucedan exactamente las cosas que lees. Lees, y te ocurre todo aquello que contiene tu lectura. Estás, por decirlo de algún modo, y por raro que te parezca, siendo absorbido por un agujero negro. Deja que sea yo quien te explique esta extraña situación.

A tu lado tienes dos acompañantes: el primero de ellos es un hombre que pertenece a un tiempo muy, muy lejano, a un futuro remoto, a un escenario que tú difícilmente puedes llegar a concebir, y del que has leído hace unos momentos unas breves pinceladas. Ese hombre tiene úna oscilación temporal, es decir, se halla en un punto del continuo espacio-tiempo donde el viaje a través del mismo es factible. El segundo es un ingeniero químico, al que el universo ha seleccionado como punto de cohesión para mantener el bucle, para enlazar esta espiral temporal. Él también se halla en una localización que permite el salto en el tiempo. Y por último estás tú que, al igual que ellos dos, cuando hiciste clic para leer estas líneas, accediste a esta absurda e incomprensible ubicación espaciotemporal.

No me mires con esa cara; ya sabías que el viaje en el tiempo no podía estar sino en los cuentos, aunque probablemente no pensaste nunca que fuese de este modo en particular.

Te explicaré ahora el lugar en el que te hallas.

Estás en un paraje abierto, en un paisaje inmenso, inabarcable. Es una planicie infinita, un desierto, pero, tú ya lo intuyes, visto desde una perspectiva artificial, donde la vista no alcanza a enfocar el horizonte, que es una línea difusa pero tajante. El suelo es anaranjado. Mira hacia abajo; ves tus pies sobre una arena fría y brillante. La azafranada tierra… La horizontalidad extrema del confín… Y un cielo monocromático sin nubes… No sabes dónde estás. No, no lo sabes. No reconoces este lugar.

Gira tu cabeza lentamente hacia la izquierda. Empieza primero moviendo los ojos y, pausadamente, haz rotar tu cabeza hacia la izquierda. Ves ahora el perfil de Túot; ves su ceño fruncido, y el contorno de su nariz. Ahora alguien ha puesto su mano sobre tu hombro derecho. ¿Notas la calidez y la sinceridad de ese gesto? Los dedos de esa mano se cierran y te apretan levemente: el ingeniero químico te saluda, quiere mostrarte su firme apoyo, parece que te esta diciendo: “Tranquilo. Te ayudaremos.” Por tu derecha ahora ha aparecido, de forma sinuosa, atravesando esta imagen bicolor azul-naranja, una pareja que se acerca andando hacia ti. Están a una distancia que no te permite todavía reconocer sus rostros. La velocidad a la que se desplazan te hace pensar que esa pareja está en realidad dando un paseo. El más alto de los dos es un joven de tez muy blanca, delgado, con el pelo liso y negro, que en su mano izquierda tiene cogida una especie de pancarta. Su mirada trata de desnudarte, tiene los ojos verdes, casi amarillos. Y sonríe de forma cínica. Ambos están ahora a menos de un metro de distancia. La otra persona es un viejo con una joroba enorme. Su pelo es muy, muy blanco, va apoyado sobre un bastón.

—Saluton al ĉiuj —la voz del anciano es de un tono agudo y majestuoso, Túot y el ingeniero químico inclinan sus cabezas en señal de saludo—. Veamos hasta dónde puede llegar nuestro aspirante.

El viejo alza una mirada inquisitiva, parece esperar a que le digas algo. (El viejo espera que le digas las palabras adecuadas, pero tú no sabes cuáles son.)

—Puufff —suelta por su boca el adolescente; está intranquilo, impaciente; quiere que esta situación termine lo antes posible.

Pero un profundo silencio se establece entre vosotros cinco. La mirada del anciano es el centro de la escena. Tienes la sensación de que Túot y el ingeniero químico querrían empujarte hacia delante, acercarte a la comunión con el extraño anciano, pero tú no entiendes nada de lo que está ocurriendo. Sólo sabes que son personajes que estás leyendo en un texto, pero ellos se empeñan en extraer de ti ‘algo’. Por tu mente cruza la vaga y etérea sensación de que podrías inmediatamente deshacerte de todos ellos. Están asombrosamente estáticos, en absurda consonancia con el entorno, con ese páramo ficticio, con esa arenisca de color imposible.

—No la encontrará, le falta coraje, ambición y capacidad de síntesis.

—A lo largo del camino, la determinación y la fuerza oscilan en torno a una cifra media —dice el viejo mientras hinca con más fuerza su bastón en la arena naranja—. La adversidad posee una cifra similar. Sólo necesita un leve impulso. Lo conseguirá.

—¡Pero míralo! No sabe nada, no entiende lo que pasa, ¿no lo ves?

—No seas tan arrogante, tú tampoco lo entendiste a la primera.

—Yo intuía…

—Tú necesitaste un tiempo de aclimatación.

—Corto…

—Pero intenso… Démosle una oportunidad.

Silencio a tu alrededor… un enorme y pesado silencio.

—¿Lo ves? ¡No dice nada!

—Dale tiempo.

—¡Eh, espabila! —Ahora tú crees que el adolescente tiene la cara de un enfermo mental recién salido del psiquiátrico—. Sí, tú, despierta de una puta vez.

—No lo atosigues —dice Túot; su voz es metálica y militar, y además de la firmeza posee un marcado automatismo—, relájate si no quieres tener problemas.

—¿Y qué vas a hacer, pegarme?

—No, pero todos nos jugamos mucho en este juego.

—Relajaos —ataja el anciano.

Silencio. El silencio más grande que has visto en toda tu vida.

—Yo no puedo relajarme. Esta persona no abre la boca, ¿no lo veis? A lo mejor no está ni siquiera pensando.

—Está leyendo, hemos de tener paciencia

—Leer no es suficiente.

—Leer es el primer paso.

Un silencio como el de la sala de un sarcófago: sepulcral. Tú sabes que todo es mentira, pero ellos, de algún extraño modo, están delante de ti; se han aferrado a la realidad.

—¿Y tú qué opinas?

—Es una situación difícil, ya sabéis que muchos de ellos no lo consiguen —el ingeniero químico habla de un modo nítido y rápido—, supongo que con todo lo que ha leído debería ser capaz de encontrar la clave.

—¡No la encontrará!

—Estás muy equivocado…, ya está sobre la pista —el anciano sonríe de forma socavada, para él mismo—, ya conoce la existencia del bucle. Acaba de entender cuál es el detalle que se le escapó a Túot al leer el libro. Ha visto la señal: ha adivinado el significado de esa acróstica composición.

Túot gira su cabeza hacia la derecha y te mira. El ingeniero químico gira la cabeza hacia la izquierda y hace lo propio. El joven abandona su serio rostro y su expresión de asco, te mira directamente a los ojos con un gesto de franca admiración. Acevedo ríe a carcajadas y grita: “¡Lo sabía, lo sabía, lo sabía!” Y tú, leyendo este cuento, has entendido finalmente dónde está la clave para pertenecer a ese selecto grupo de personas que conforman los personajes de mi relato.

Ya lo sabes: un simple juego de palabras. Bucles es en realidad la composición acróstica de Buscando un cuento llamado El Salvador. La frase final de esta historia la vas a poner tú; una sentencia, nuevamente acróstica, con la que se cierra esta estructura temporal. Cinco palabras en un orden invertido que son la estructura del tiempo.

—¿Cómo lo supiste? —te pregunta el venerable anciano, mirándote con sus incisivos ojos azules.

Y tú contestas: «Sólo entendí la clave usando Bucles»