Cómo escribí “Área Cero”

Algunas veces, no siempre, antes de sentarme a escribir un cuento, una imagen etérea y parcialmente estática se alza en mi cerebro, y, a partir de ella pero no como referencia cronológica, la historia que quiero contar se desarrolla a continuación. Es decir, esa escena pertenece al relato, pero no tiene por qué ser la primera escena, ni la última, ni la más importante. En el cuento Área Cero yo “vi” al protagonista reaparecer mágicamente entre los andenes de una estación de tren. Un desenlace que al final cambié por el del vaso de cristal hecho añicos, al que Ana observa con mucha atención.

Sin embargo, para que el diablo no se lleve la mentira, seré totalmente sincero: aquél no fue (con exactitud) el motivo primario que me impulsó a escribir. La génesis de esa historia fue la idea un no-lugar, un no-existir, un solo-pensar. Me imaginaba un sitio muy oscuro y extraño. Representaba la existencia en su vertiente más leve, sin ningún contacto con la realidad. Y al final (ahora sí) el protagonista reaparece, las líneas ferroviarias chisporrotean… y se reencuentra con su familia.

Es curioso cómo tejí las palabras alrededor de ese núcleo. Lo es porque a menudo los escritores paren un principio y se dejan llevar, a través de la brújula y no del mapa, hasta un desenlace que logra sorprenderles tanto o más que a los lectores. Yo, por el contrario, siempre supe que el final del cuento era el contacto con esa especie de Más Allá, aunque, como dije más arriba, la escena de la niña mirando los cristales me pareció más sutil y evocadora que la mágica aparición en el andén.

Diré más todavía: la representación mental que yo tuve del área cero no fue visual, sino más bien conceptual. Las primeras líneas que escribí fueron el diálogo desesperado de Iván, cuando no logra identificar dónde se halla. Como él, yo no veía nada a mí alrededor. Además, durante un tiempo —he tardado en escribir y publicar Área Cero más de un año—, valoré la posibilidad de intercalar esas angustiosas líneas a lo largo de todo el relato, como una serie de paréntesis, para dotar a esa área de un carácter atemporal. Descarté finalmente esa estrategia y, para conseguir que Iván estuviera en unas coordenadas atemporales, hice que transcurrieran dos años y ochos meses. No obstante, el protagonista parece no percibir el paso del tiempo, no así el lector.

En fin… así escribí ese cuento

https://eldespachodelvagabundo.wordpress.com/2017/08/15/area-cero-cuento/

1Q84 de Murakami

1q84

No recuerdo hace cuántos años, yo sentía muchísima curiosidad por leer a Haruki Murakami; sobre todo porque leía las opiniones desfavorables de otros lectores; críticas enconadas; procedentes de gente entendida en la materia; expertos en el mundo de la literatura. El primer libro que leí del autor japonés fue Kafka en la orilla. Y me gustó mucho, tanto que, en aquel momento, cuando terminé de leerlo, me dije a mí mismo que leería más novelas de Murakami en el futuro. Sí, efectivamente, me suda la polla la crítica literaria; tanto la constructiva como la destructiva.

No recuerdo con exactitud cuándo compre 1Q84 (libros 1 y 2), pero estuvo un montón de meses, quizá años, cubriéndose de polvo en una estantería de mi pequeña biblioteca. Y hace unas semanas, a la pregunta de cuál fue el libro que de forma más intensa logró evocar imágenes en tu mente y no simples líneas de texto, con la típica expresión en los ojos de un niño de no más de 10 años, un ávido lector me contestó: “1Q84, de Murakami”. Esa misma tarde fui a una librería y compré el libro 3.

Hace un rato he terminado de leer sus 1459 páginas. Es una obra sobresaliente. Una novela que no debe descartarse de las potenciales lecturas que rondan la mente del lector.

Quiero destacar la estructura finamente trenzada que tiene esta novela. Es muy verosímil a pesar del carácter indudablemente ficticio del texto. Murakami logra que el lector no se pierda; la historia “cuadra” de forma satisfactoria. Y, además, desde la primera página de la trilogía, el motivo principal del relato permea todos sus capítulos. No añade simplemente un ladrillo detrás de otro ladrillo a la historia. No. La nervadura central corretea libre y artísticamente a lo largo de todas sus páginas.

Tiene varios aspectos que resultan muy brillantes para cualquier lector que necesite “algo más” en una novela , pero yo no os los voy a decir.

Qué guapa eres

Nunca lo sabrás, pero nada más verte he sabido que podría enamorarme de ti. Estás a menos de un metro de distancia y no te voy a decir lo guapa que me pareces. Si te fijas en mí ahora, verás cómo tecleo algo en el móvil: son las palabras que nunca te diré. Éstas: pareces un ángel, seguramente lo eres, pero yo soy un demonio… alguien que no merece tener a su lado una mujer como tú. Tú mereces mucho más. No voy a hacer que pases por una situación que no te conviene en absoluto, por muy atractiva que seas. No. Pero… qué labios tan hermosos tienes; qué piel tan suave debes tener, increíblemente bella; sensual; sexual; femenina; dulce.

Qué afortunado será el hombre del que te enamores, al que le permitas acariciarte y poseerte.