Acabar tu obra

Cuando yo leía El Quijote medio tirado en estaciones de tren, cafeterías y parques de una ciudad española soleada e histórica una de las muchas cosas que me sorprendía de ese magnífico libro, era experimentar cómo me abrazaban, me inundaban y me sometían todas sus páginas; este hecho, curiosamente, se ponía de relieve al levantar la vista del papel. Recuerdo que me sorprendía ese instante y yo pensaba: «Vaya, ¡si estoy en el siglo XXI!» Las aventuras del Caballero de la Triste Figura me absorbían por completo. La serie de dibujos animados de la infancia también ayudaba a la visión mental de lo que iba leyendo, por ejemplo, ese plano contrapicado de la ardiente pira de libros que el cura y el bachiller arrojan por la ventana. Creía —y sigo creyendo— que esa obra estaba dotada con unos ingredientes de verdad: el relato del Quijote y Sancho, a pesar del tiempo transcurrido desde su publicación, en mi mente penetraba las historias del día a día en aquel año 2015. Yo iba leyéndola y me daba cuenta de la semilla genuina de su interior, similar a la innata capacidad de supervivencia de la Naturaleza. De manera asombrosa el texto resultaba fácil de seguir, con una prosa muy alta pero muy clara. Dentro del libro yo veía un argumentario intachable, una lógica incontestable: parecía como si El Quijote fuese la verdad con v mayúscula; como si el legado de Cervantes fuese, simbólicamente, todo aquello que caracteriza al ser humano. El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha y la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha eran la manifestación literaria del acto autónomo y fisiológico de respirar. Aquellas páginas representaban —¡oh, bendita metáfora!— el hecho mismo de vivir. Con igual rapidez, con el mismo automatismo y con idéntica sensación de contemplar la Verdad, hace unos días, consciente del flujo de mis pensamientos, me vino a la cabeza la famosa pregunta de: «¿Y si yo tuviera un cáncer, y me fuera a morir?»

A través de la esencia que he intentado mostrar en el párrafo anterior, me contesté a mí mismo del siguiente modo:

«Escribiría sin parar porque tendría que dejar acabada mi obra.»

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