La metamorfosis, de Kafka

#EstoNoEsUnaReseña 8

He vuelto a leer La metamorfosis de Kafka. No sé si es una buena idea volver a leer un libro, porque las sensaciones no son las mismas; el factor sorpresa ha desaparecido, aunque ha habido muchas cosas, muchos pasajes del texto de los que no me acordaba en absoluto. Pero, por otra parte, he sentido una calma, fruto quizá del paso del tiempo desde que empecé a convertirme en lector, que me ha permitido analizar más detalladamente la novela. Supongo que como escritor es buena idea releer un buen libro, pero como lector no estoy tan seguro de ello. La cuestión es que Kafka no es Faulkner. Kafka no evoca imágenes en mi cerebro, ¡pero provoca sentimientos! En eso Kafka quizá es invencible. Este hombre logra rodearte con las palabras y te aboca, te empuja al precipicio de los sentimientos. No es que Faulkner no logre despertar tristezas o alegrías (lo consigue con creces), pero las novelas del norteamericano son una pantalla; un cine, por cierto, hermosísimo y oscuro. Sin embargo, el relato del praguense es algo más primitivo; más interior. No sé cómo explicarlo.

El autor hace que el protagonista encaje dentro de la dualidad que se presenta al transformarse en un insecto. Una vez más la dualidad. Una vez más Jekyll y Hyde. Sorprende el hecho de lo sibilino y hábil que es al fundir al humano y al insecto en un mismo organismo. En este sentido, hay líneas que ponen de manifiesto la frontera que separa a ambos. Así, se pregunta el protagonista si en realidad quiere que saquen los muebles de su habitación (para poder trepar por las desnudas paredes a sus anchas), o si por el contrario no quiere que se deshagan de las cosas que ama y que son suyas. No obstante, me fascina el hecho de que Kafka sea capaz de “evocar” sentimientos en el lector. Y me sorprende cómo a través de ellos, y no en lugar de bellas escenas magistralmente descritas como solía hacerlo el yanqui, pueda representar en mi mente el relato.

¿Está la estructura clara y nítida en esta novela? No lo sé, pero supongo que sí. El planteamiento radica en comprobar cómo el personaje ha mutado en bicho y cómo responde el entorno a esa situación: cómo se enoja el principal que va a verle y a reprocharle que no se haya presentado en el trabajo, y también cómo responde su familia a la insólita situación. El padre amenaza, la madre llora y la hermana, cuando vuelve, se apiada en cierto modo de él. El nudo es cómo la historia se desenvuelve, cómo salen a relucir los verdaderos cimientos sobre los que se asienta la familia, cómo se ponen a trabajar, después de haber vivido cómodamente con el dinero de Gregorio. También se muestra al protagonista balancearse entre el humano y el bicho. El desenlace se pone de manifiesto cuando él se ve desplazado, y el desencadenante final estalla cuando su hermana toca el violín para los tres señores que se hospedan en su casa: ahí es cuando muere, cuando ve que nadie le quiere, cuando se resigna y vuelve a su habitación para exhalar su último suspiro.

En lo que respecta a la familia creo que, por sorprendente o insólito que parezca, teniendo en cuenta el cambio de actitud del señor Samsa con respecto a los tres inquilinos —ordenándoles que se marchen de la casa—, es precisamente después de la muerte del insecto cuando el padre, la madre y la hermana son conscientes —hasta entonces debieron albergar alguna remota esperanza en sentido contrario— de que Gregorio ya no volverá a proporcionarles estabilidad y comodidad con su dinero. Sólo la muerte les proporciona esta confirmación, sólo ella puede vencer o desequilibrar su usura. Una vez más el autor, jugando con los sentimientos del lector, nos hace ver lo poco que les importaba, pues los tres no levantan la vista de sus periódicos la mañana en que la sirvienta les intenta decir cómo se ha deshecho del cadáver de Gregorio, poniendo de manifiesto la ausencia completa de amor y cariño hacia este último.

La idea indemne de esta novela es el tránsito, no sé si de Gregorio, pues es obvio desde el principio, sino de la familia; cómo basculan desde las primeras páginas en que tocan a su puerta y le preguntan qué le pasa, hasta las últimas, donde no despegan la mirada de sus lecturas sin importarles qué ha pasado con el cadáver de Gregorio. El hijo abnegado con su padre y con su madre y el hermano protector y cariñoso con su hermana dejan de ser necesarios, dejan de ser queridos. La idea indemne de la novela quizá sea la difusa línea o la ambigua estructura que sostiene a una familia, cómo se vuelve nítida, cómo se transforma.

Así al menos lo percibo yo.

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