Y viceversa

(Publicado anteriormente desde un lugar que ya no existe.)

No sé qué extraña obsesión me ha entrado por escribir. Nunca antes la tuve, pero ahora la tengo y me ahoga. Esa imperiosa necesidad de poner palabras escritas a lo que en mi mente bulle me insta continua y desvergonzadamente a darle salida y cumplimiento. Por qué, me pregunto. Siento una misteriosa compensación al leer las líneas que escribo y llegar a sentir, siquiera a duras penas rozar, lo que en ellas se dice, el mensaje que enterrado entre esas palabras subyace, porque conozco con exactitud lo que su escritor pretendió al escribirlas. A fuerza de tanto leer, parece como si se hubiese destapado una botella, que hasta hace pocos días tenía como única función actuar de receptáculo, pero que ahora mismo escupe y vomita todo aquello que entró, todo aquello que leí. Este anhelo que me sume y me fustiga me hace aislarme del entorno. Renuncio a estar con los demás. Es, para mí, un enorme placer evadirme de todos y de todo, y ponerme a escribir, a leer lo que alguien de forma sincera y cruenta escribe, aunque ese alguien soy yo. Somos dos: el que escribe y el que lee. Y por momentos no sé muy bien cuál de ellos soy. La pantalla del portátil actúa de telón para que no nos veamos el rostro el uno al otro. Él escribe, yo leo. Yo escribo, él lee. No es una conversación. No es un intercambio de mensajes, pero sí hay bidireccionalidad. Es un encuentro caótico, pero me siento muy cómodo dentro de este caos. Tengo la sensación de que podría quedarme toda la vida viendo esa pantalla y no se agotarían ni la lectura ni la escritura. Quizá los demás no existen. Quizá todo lo que me rodea ya no existe. Quizá estoy muerto y empiezo a darme cuenta de ello, porque sólo quiero leer lo que hay en ella, porque sólo quiero escribir en ella. No quiero nada más. Qué extraña obsesión se me ha metido en la cabeza. Al escribir, estoy viajando en el vagón de un tren donde, a través de sus grandes ventanas, puedo ver el paisaje pasar. Un paisaje que me abraza, me abofetea y me sacude, donde todos sus elementos se relacionan intensa y cariñosamente conmigo. Ese tren viaja a mucha velocidad, pero puedo ver de forma muy, muy nítida los campos, los pueblos, las ciudades y las montañas que atraviesa a su paso. Qué cerca veo el mar, qué inmenso es, qué hermoso es. Él me sonríe y puedo tocarlo posando mi mano sobre el cristal. El cristal, el granate suelo del vagón, la suavidad del tapizado de sus asientos, la elegancia de su pasillo. Todo en el tren me conforta. Todo. Durante el viaje no quiero llegar a mi destino… no quiero dejar de escribir. El tiempo en él se detiene, qué duda cabe. Ningún otro sitio mejor que allí para dormir, para comer, para reír y para llorar. Ese tren es el lugar más agradable que conozco. Me lleva a todos los lugares que quiero. Es justamente en él, a través de sus gélidas ventanas, desde donde únicamente puedo percibir y juzgar con objetividad el entorno que nos rodea. Si él para y tú bajas en la estación, la realidad entonces te cubre y te penetra, eres parte de ella, y no puedes aprehenderla completamente, te integras en sus vértices y escondrijos, pero cuando vuelves a entrar en el vagón, te das cuenta de que lo que viste y sentiste no es la verdad absoluta; la Verdad sólo puedes alcanzarla en él, en el interior del tren, de pie en su pasillo, agachado y apoyado sobre uno de sus asientos, mientras inquieres lo que hay fuera de sus cuatro paredes. No quiero bajarme; quiero permanecer para siempre dentro de él, tocando sus ventanas; mirando a través de ellas. Dentro el tiempo no transcurre, dentro estoy a salvo, dentro nadie me ve. Nadie me ve. Quiero escribir y leer (y viceversa) en ese tren.

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