¡He terminado la carrera!

 

 

He terminado la carrera de *.

Quien le puso ‘carrera’ al tránsito universitario sabía lo que hacía. Esa palabra es perfecta. Exige, como las carreras de atletismo, un gran esfuerzo llegar a la meta. Carrera; debes correr mucho para terminar la carrera en la universidad. Y no todas las carreras universitarias son igual de difíciles, qué duda cabe. La mía (*) dicen que se encuentra entre las más jodidas. Cuando alguien me suelta la frase de “Es que * debe ser muy difícil”, yo siempre contesto lo mismo: “No lo sé. No me he examinado de las otras; no puedo comparar”. Sin embargo, sí parece razonable creer que todas las disciplinas universitarias exigen innumerables horas de estudio, leer muchos libros y entender algunos conceptos que se escapan al conocimiento colectivo. Son necesarias la concentración, la lucidez (los días de examen como mínimo) y una voluntad férrea porque se trata de un objetivo a largo plazo. El paso por la universidad también provoca un cambio en la mente del alumno, por todo lo que absorbe durante esos años (lo bueno y lo malo). Es muy recomendable, en cualquier caso y en mi opinión, ir a la universidad y sacarse el título en alguna de las muchas materias ofertadas, especialmente en aquella que más te motive.

Yo recuerdo, como si fuera ayer mismo, el día en que decidí que quería sacarme la carrera de *. Había superado un bache hacía pocos meses, mi vida había dado un vuelco enorme, me sentía exultante, disfrutaba de una nueva oportunidad. Estaba en un cine, viendo una película cuyo título no recuerdo, pero sí sé que era malísima. Había ido solo, un miércoles por la tarde, no había ni dios viendo la película. Tengo la imagen de aquel momento metida en el mismísimo tuétano: veo las paredes de terciopelo granate, veo las escaleras de un suave gris marengo, mis zapatos son de color marrón claro, casi amarillentos, no presto ninguna atención a la pantalla… Un pensamiento incisivo, casi hiriente, me invade: “Voy a hacer todo lo posible para sacar la carrera”. No me imaginaba (o quizá sí) que ese pensamiento iba a adherirse a mi persona como una lapa y que me llevaría eventualmente a conseguir un objetivo que en aquellos momentos parecía utópico. Sí, casi utópico, no exagero; porque yo no estaba preparado intelectualmente para afrontar la universidad.

Al día siguiente del cine, me compré un paquete de folios, una carpeta y dos bolis, uno azul y otro rojo, y fui a una academia privada. A la persona que me atendió le dije que quería sacarme * y que necesitaba preparar los exámenes de acceso a la universidad para mayores de 25 años. Me preguntó qué estudios tenía; cuando le dije que hacía muchos años había terminado la E.G.B, me miró con una cara que jamás olvidaré. En sus ojos pude perfectamente leer: “¿Pero tú dónde coño vas?”. El común denominador que mi entorno me proporcionó por aquellos días fue similar al que me dieron en la academia. Obviamente, la gente no era sincera conmigo: nadie nunca me dijo que abandonara mi propósito, todos aplaudían mi empresa…, pero en sus ojos, en el tono de sus voces, había algo que me hacía pensar que no creían en mí. Era lógica su intuición; no les culpo. Todo apuntaba a que yo no lo lograría. De hecho, he tardado muchos años en terminar la universidad. Durante todo este tiempo siempre me pareció natural que mis amigos y mis conocidos pensasen que yo fracasaría. Me gustaría que vieseis sus caras hoy.

Tres palabras: miedo, admiración y envidia.

He tenido que arriesgarlo todo. Todo. He renunciado a cosas a las que mucha gente no renunciaría. He puesto todo mi empeño; no se ha quedado nada en mi interior. Hubo momentos muy duros, las palabras no consiguen reflejar lo árido que fue el camino. Además, he perdido a mucha gente durante este tiempo. He pasado de ser un tipo normal a ser un *. Ya no tengo afinidad con aquellas personas que solía tenerla. Creo que me he convertido en una especie de intelectual, aunque yo no me considero a mí mismo un intelectual. Además, no quiero daros la típica moralina de “Si quieres, puedes”. No lo haré porque no es cierta: puedes querer muchas cosas que no estarán nunca a tu alcance, por mucho ímpetu que pongas en ellas. El sentido común te proporcionará muchos ejemplos al respecto. Pero sí quiero apelar a la sabiduría para discernir las metas que uno puede alcanzar. Excepto un compañero de la universidad, un tío muy inteligente, un superdotado, que adelantó a todos los de su misma edad dos años durante el instituto, y que me dijo: “Tú… cuando vayas pasando cursos y el cerebro se vaya entrenando, vas a dar miedo en el futuro, chaval”, excepto esa persona, repito, nadie creyó en mí. Nadie. No obstante, a pesar de que me costó horrores aprobar algunas asignaturas, siempre tuve la intuición, un pensamiento irreverente, gamberro, la estúpida convicción de que yo podría llegar a la meta. Solamente una persona percibió mi potencial. No es arrogancia, creedme. No necesito que crean en mí. La persona que cree en sus propias capacidades no necesita del concurso de los demás. El apoyo de la gente que nos rodea es necesario; útil; valioso; no imprescindible.

Ahora se abre una nueva etapa; no sé lo que pasará. Seguiré hacia adelante. Tengo objetivos muy ambiciosos. ¡Hoy todos parecen creer en mí! No puedo sino reír a mandíbula batiente. Yo soy la misma persona que cuando empecé a estudiar… pero ellos ven a un hombre distinto. Una vez más… se equivocan.

Escribo estas líneas borracho.

No dejéis que nadie os diga a qué podéis aspirar en la vida.

 

El vagabundo

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