Sin embargo… Sin embargo

 

La escritura es una actividad fascinante por muchos motivos, el primero de ellos es porque escribir libera la imaginación, le da forma al contenido de la entidad más compleja que existe en nuestro universo: la mente. Nuestro espíritu o nuestra alma son inagotables, infinitos; el resto de las cosas palidecen cuando las comparamos con la psique humana. Así el libro se alza como el artefacto perfecto para mostrar una idea o un conjunto de ellas. Metáforas. Divergencia. Convergencia. Metanarratividad. Ficción. No ficción. Planos de lectura, perspectivas múltiples. Literatura… Ciencia… Pasiones… Miedos… Todo cabe en un libro. Todo. Las preguntas y las respuestas están en los libros. Quien escribe se puede desdoblar en dos vidas paralelas, se puede multiplicar a través de los cientos de roles de los personajes de una historia. Quien se enfrenta a una hoja en blanco puede con unas pinzas —como las de un cirujano en el quirófano— escoger un detalle minúsculo, nimio y perteneciente a la realidad y meterlo en un cuento. O viceversa: describir en un ensayo con milimétrica exactitud una sociedad, una familia, un ejército, un vagabundo, plasmar con nitidez la realidad y añadir unas gotas del perfume… relativo a la ficción. Entre otras opciones, quienes se dedican a este bello oficio pueden optar por cambiar la historia de la Humanidad con un juego de espejos, como hizo por ejemplo Philip K. Dick en El hombre en el castillo. Además, caben declaraciones de amor, de odio; la búsqueda conscientemente infructuosa de un imposible, como la del capitán Ahab y Moby Dick. Esa gente que se dedica a escribir puede llevar al lector desde las frases y los conceptos más complejos hasta, en las últimas líneas de sus libros, una explicación cristalina y diáfana, o mostrarnos por el contrario la intrincada estructura de una situación aparentemente sencilla. Esta enorme segmentación del objeto de estudio, en particular de la ficción y el mundo de la novela, me fascina. Algunos, incluso, sostienen que la novela describe la realidad mejor que el ensayo. No en vano el mejor ensayo sobre la ceguera humana es una novela. En cualquier caso, escribir parece un ejercicio de una profundidad insondable; se nos antoja como una herramienta —un arma—  de la que nunca conseguiremos extraer un rendimiento completo, una especie de dispositivo diseñado con un vasto rango de efectividad: desde la nota con la que un niño de diez años le dice a su papá lo mucho que lo quiere en el Día del Padre, hasta una novela como la de Crimen y Castigo de Dostoievski, que logra satisfactoriamente mostrar cuán intrincada es la psicología humana. Algunas de esas personas que se dedican a escribir lo hacen porque se hallan sumidas en la soledad, y la escritura les proporciona una especie de red más allá del sufrimiento, más allá del ostracismo, e incluso del suicidio. Otras ven en los libros el camino, el viaje en muchos de los casos hacia ellas mismas. También las hay dotadas con una finísima sensibilidad para el arte, cuyas intenciones no son sino mostrar a través de él todo aquello que no puede ser mostrado de otro modo. Esos hombres y esas mujeres, peculiares, inimitables, quieren trascender en sus vidas, más allá de la muerte, y no sólo permanecer en el recuerdo de los lectores, sino algo más.

Sin ánimo de exagerar, las posibilidades al escribir parecen infinitas.

Sin embargo…, sin embargo no estoy seguro de si debo dedicarme o no a escribir, si debo abandonar mi actividad profesional y sumergirme en ese mundo inabarcable. ¿Por qué? Porque lo que ya está escrito y publicado es muy probable que haya alcanzado cotas de perfección y belleza insuperables. Todos los lectores en mayor o menor medida hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas la necesidad de escribir. Hemos pensado (imaginado) y hemos escrito, al menos para consumo propio o, con la oportunidad que nos brinda internet a través de blogs como éste, también hemos subido nuestras historias a la red. En un ejercicio de honestidad, una persona cabal y enamorada del mundo de los libros, una persona que disfruta con las novelas, pasado cierto tiempo de bagaje y experiencia, debe admitir que la historia de la Literatura nos ha proporcionado maestros auténticos, inalcanzables, en el arte de escribir. ¿Por qué deberíamos nosotros, por qué debería yo, aportar una pequeña contribución, seguramente insignificante, a este universo de grandes artistas? ¿No sería mejor que me limitase a la lectura? Ya dijo Jorge Luis Borges: «Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído». ¿Por qué dedicarte a una actividad en la que difícilmente podrás superar a tus predecesores? Si yo me dedicara a escribir, quizá sería como un atleta que está intrínsecamente convencido de la imbatibilidad del récord de la prueba. ¿Podría, con mi escritura, mostrar el amor, el odio, la locura y la sensatez mejor de lo que lo hizo Cervantes? ¿Podría decir algo con respecto a la ciencia ficción que no hubiese dicho Asimov con anterioridad? ¿Podría escribir yo un relato cuyo trasfondo fuese algo absurdo, completamente kafkiano, en mayor medida de lo que lo hizo el autor que dio vida a ese adjetivo? No, ¿verdad? ¿Por qué escribir entonces? ¿Por qué tendríamos que escribir, en esta moda de reciente cuño, una novela negra, si algunas de las ya escritas son inmejorables? Más todavía: ¿por qué leer a la ingente cantidad de nuevos autores ‘noir’, si no hemos leído al maestro Le Carré?

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