Dipsómano #Relato

Hace unas semanas en la AppStore de Android (GooglePlay), en uno de esos típicos momentos en que el aburrimiento te inunda por los cuatro costados, de forma quizá involuntaria, del mismo modo que quien decide detenerse a mirar un escaparate de una tienda, me descargué en mi smartphone un juego gratuito de billar. El jueguecito, huelga decir, resultó rápidamente adictivo. Se trata de un billar dinámico donde el tiempo para cada tacada es corto; en algunas salas puedes apostar la cantidad de fichas que tú creas oportuna; subes de nivel a medida que vas ganando partidas. En fin, un entretenimiento muy entretenido, valga la redundancia. En pocos días el billar 8Pool se convirtió en un vicio.

Durante todo este tiempo, he jugado muchas partidas, mi juego ha mejorado a medida que he ido ganando experiencia. Me he cruzado con muchos jugadores que tenían un nivel inferior al mío y con algunos pocos que eran claramente superiores. Además de los enfrentamientos online en las diversas modalidades del billar, este juego tiene la función de “Jugar sin conexión” donde, a su vez, hay dos submodalidades: en la primera juegas una sola partida y en la segunda todas las partidas que puedas mientras seas capaz de entronerar las bolas del triángulo antes de que se consuma una determinada cantidad de tiempo. En ambos tipos de modalidad, tú juegas tú solo, sin contrincantes, de ahí el término sin conexión a la red. De todas ellas, la última opción me pareció muy interesante desde un principio porque luchas contra el tiempo y contra tu mejor marca, que queda registrada y te recuerda cuál fue tu porcentaje de acierto, el número de triángulos que se pusieron en juego y los puntos conseguidos.

Hasta ayer sábado, inútilmente, intentaba yo mejorar mis marcas; me daba la impresión de que no podía hacerlo mejor, aunque me resultaba obvio que si no fallaba los tiros, y conseguía entronerar una bola en cada uno de ellos (ya que el juego compensa con segundos a favor cuando entroneras las bolas), podría estar jugando de manera indefinida, pero había que ser muy bueno; no fallar; ser perfecto.

Ayer sábado me emborraché a lo bestia…

Cuando me acosté, bajo el maravilloso influjo del alcohol, con los sentidos gratamente aturdidos, tuve la feliz idea de ponerme a jugar al dichoso jueguecito. ¿Qué ocurrió? Lo que ocurrió es el motivo que me ha conducido a escribiros estas líneas: lo que durante semanas pareció una meta inalcanzable; ese juego perfecto, jugar al billar de un modo implacable e insensible; con un porcentaje lo suficientemente elevado para que el cronómetro no se consumiese, tuvo lugar. Yo estaba completamente desinhibido. El transcurrir del cronómetro no ejercía ninguna presión contra mi persona; no me importaba el tiempo; simplemente entroneraba las bolas una tras otra… sin fallar… porque me daba igual fallar. Más: sabía que no iba a fallar.

Cuadrupliqué mi mejor marca… Sólo cuando fui consciente del enorme record que iba a marcar… me atenacé, fallé y el tiempo se consumió.

 

            Borracho; borracho como una cuba, cuando todo te da igual, cuando percibes un mundo desfigurado, irreal, maltrecho; cuando la vista se nubla; cuando eres una poca mierda; cuando tus capacidades están seriamente mermadas; no sé por qué, ni tampoco cómo ocurrió; jugué al billar en mi móvil de una manera milimétricamente precisa como un reloj suizo.

 

El vagabundo

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