Ulises de James Joyce

No te voy a engañar: tú a estas alturas habrás leído por ahí que Ulises es una novela muy densa, seguramente impenetrable y con cientos o quizá miles de referencias que, a menos que seas una persona muy, muy culta, no comprenderás; aderezada con enrevesados guiños a otros planos literarios que pasarán ante tus ojos sin ser apenas percibidos. No, no te voy a engañar: es verdad; es un texto difícil, una droga dura; el lector debe pertrecharse antes de cruzar el libro. Sin embargo, por increíble que te parezca —y este post intentará convencerte de ello— todo eso no es en absoluto relevante; confía en mi criterio: la novela se sostiene por sí sola, el paralelismo con La Odisea de Homero puede no ser tenido en cuenta y no por ello desmerecer su lectura, aunque, qué duda cabe, si eres un amante y conocedor en profundidad de la Grecia Clásica, con las páginas de este libro te elevarás por encima de nosotros el resto de los mortales, pero no es un conocimiento imprescindible para “volar” entre sus líneas.

A mí particularmente me ha ocurrido algo muy curioso al leer esta obra que no me ha ocurrido antes con ninguna otra novela: con ella he experimentado una especie de salto: Joyce me ha proporcionado el sutil instrumento para captar el Arte en toda su grandiosidad, porque hubo muchísimos momentos en que tuve la sensación de que el autor me cogía por la nuca y acercaba violentamente mis ojos y mi nariz a un cuadro; en mi opinión a la pintura, de hecho, más bella jamás concebida y perteneciente al pintor más inspirado y excelso de la historia.

Has de tener muy presente el siguiente consejo que te doy antes de leer Ulises: no es una novela que emerja por la estructura de la misma. No. No memorices el nombre de ninguno de los personajes. No trates, no al menos en la primera lectura que hagas de este magnífico libro, de entender el armazón argumental de la historia. No, no y no. Perderás el tiempo si lo haces. Te convertirás en un hamster dando volteretas en una rueda infinita sin dirección, desprovisto de un destino evidente. La novela se desenvuelve y camina hacia una resolución de un tipo al que no estamos acostumbrados; el texto es una fotografía de un día cualquiera en la vida de Leopold Bloom.  Del mismo modo que nadie puede interpretar a Mozart sin fracasar, nadie puede situarse a la altura literaria de Joyce: la cuestión aquí radica en cómo bregar dentro de un combate que se sabe perdido de antemano. Mi consejo es que te rindas de entrada y sin concesiones a la sabiduría del irlandés e intentes percibir la pulsíón que anida bajo el libro, a costa de la pérdida de enfoque; pero puedes estar tranquilo, el nervio central de la novela se va a adherir a tu cerebro como una lapa; vas a atravesar una especie de jungla compuesta de palabras y más palabras, pero, de forma mágica y maravillosa, a pesar de esa jauría de párrafos y líneas y más líneas y más párrafos, pese a esa ceguera intelectual que te va a invadir, el suelo, no obstante, no se abrirá; no te caerás.[1] El quid del Ulises no está en su argumento sino en su estilo.

Cuando eras un niño o una niña, durante las vacaciones del verano, ¿oíste a alguien gritar debajo del agua en la piscina? ¿Te acuerdas de cómo se deformaba el sonido? Algo similar ocurre en esta novela: cada capítulo “suena” de un modo distinto; de manera soberbia y extraordinaria el relato penetra el medio que lo sostiene; en esa metafórica piscina unas veces escucharás las voces de tus amigos, sentados en las hamacas, debajo de las sombrillas; otras las oirás debajo del agua; otras, a lo lejos, entre los árboles de un oscuro bosque; otras a través del sonido de las campanas… Es admirable comprobar cómo el continuum cardiovascular del libro permea las diferentes interfases que son en definitiva los 18 capítulos del mismo; cómo en alguno de ellos el texto pierde rotundidad y gana cromatismo; cómo fantasea en unos, cómo analiza en otros. Difícilmente puede un lector hoy en día asombrarse de un hecho como este en los libros que se publican en 2017. Ulises es una obra maestra de la literatura; un pilar básico de la misma que te recomiendo encarecidamente que leas.

No sé si sabrás que en la página 123 del ensayo “Sobre literatura” de Umberto Eco se lee lo siguiente:

Trabajar experimentalmente sobre la lengua, y sobre la cultura que transmite, quiere decir, por lo tanto, trabajar en dos frentes: en el del significante, jugando con las palabras (y mediante la destrucción y reorganización de las palabras se reorganizan las ideas); en el del significado, jugando con las ideas, con lo que se lleva la palabra a acariciar nuevos e impensados horizontes. Joyce jugaba con las palabras, Borges con las ideas. Y en este punto se bosqueja una diferente concepción de la infinita segmentabilidad del propio objeto de manipulación.

Para quien no está familiarizado con el mundo académico de las letras, absorto una gran parte del año en el de las ciencias, para quien lee novelas por simple y puro placer, dejándose sorprender de su hipercolorido universo, lejos de la esfera editorial, proscrito de una disciplina hasta hace poco desconocida, como es mi caso, James Joyce y su Ulises han sido un descubrimiento espectacular.

«¿Qué pensar de alguien que escribe semejante párrafo?»

Carreteros de torpes botas sacaban rodando barriles de sordo retumbo del almacén Prince y los subían entrechocándolos al carro de la cervecería. En el carro de la cervecería se entrechocaban barriles de sordo retumbo sacados del almacén de Prince por carreteros de torpes botas.

James Joyce, Ulises. Traducción de Jose María Valverde. DEBOLSILLO

Grossbooted draymen rolled barrels dullthudding out of Prince’s stores and bumped them up on the brewery float. On the brewery float bumped dullthudding barrels rolled by grossbooted draymen out of Prince’s stores.

Fuente: The Literature Network

 

«Es como penetrar en un cuadro; experimentar, jugar con el visor de un microscopio de enfoque infinito y ver los detalles lejanos: el estrecho y anaranjado camino del lienzo puede ser ahora enfocado, el nimio rizo de la nube se alza ahora cristalino.»

«No entiendo cómo las palabras me transportaron a ese lugar.»

[1] Extendiendo más si cabe mi deseo de no engañarte; intentando por todos los medios que no te lleves la impresión al leer estas líneas de un “postureo” por parte de su autor, o la pose snob de alguien que presume de ciertas lecturas; debo avisarte que puedes caer si decides leer Ulises. No serías ni el primero ni el último. Con su lectura puedes perderte; puedes sentir hastío; la novela puede incluso parecerte una paja mental, sosa, artificial; puedes no sentir nada, ni bueno ni malo. No obstante, yo he disfrutado con su lectura porque otra gente, sabia y docta en la materia, ha pensado por mí y ha diseccionado el texto; la edición de DEBOLSILLO contiene una guía fundamental para entender por dónde vas.

Sin ella yo me habría caído y habría abandonado seguramente su lectura…

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