la – meta – Cómo – alcanzar

Me gusta mucho leer; me paso las horas muertas leyendo en mi habitación, en las estaciones de autobuses, en los parques de las grandes ciudades y en todo tipo de cafeterías. Cuanto más me sumerjo en la lectura, mayor es la sorpresa que me llevo al alzar la vista del papel y al comprobar que el mundo de palabras, líneas y párrafos no era sino una imagen evocada por mi mente. Sin embargo, una levógira interpretación de todo lo relacionado con la literatura aparece por arte de birlibirloque en algunas ocasiones, y una imperiosa necesidad de escribir me invade en esos momentos. (Quizá éste sea uno de ellos: no lo sé.) Y me pongo a ello. Escribo. Me dejo llevar a través de la precisión y la ambigüedad de la génesis de las frases. Pero no me gustan mis escritos; la mayoría de ellos terminan en la papelera. Al leerlos, no sin angustia e insatisfacción, me doy cuenta de que no son lo que quiero decir. En esos momentos me pregunto a mí mismo qué es lo que quiero, dónde está la meta. Y me contesto que la meta está delante de mis propias narices, pero no puedo llegar hasta ella.

Quizá nadie puede llegar a la meta

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