El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon

Muchos libros a mi alrededor. ¡Muchos! Cientos de libros. Miles de libros… Una mujer con un vestido de playa blanco le preguntó a la dependienta qué novela le podía regalar a su marido. “Quizá le guste alguna de Carlos Ruiz Zafón”. Era viernes, había bastante gente, la atmósfera de la librería era distinta a la de entre semana, yo llevaba en las manos La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Jöel Dicker, que, por cierto, cambié al día siguiente por Los propios dioses, de Asimov, y que volví a comprar y leer meses más tarde; El arte de la guerra, de Sun Tzu, un libro que me atraía por el tiempo que ha transcurrido desde que fue escrito; y Crimen y castigo, de Fiodor Dostoievski, una obra maestra de una profundidad psicológica deslumbrante… En aquel momento la cálida sensación de llevarte a casa un montón de libros me invadió de una forma galopante. Si alguien se hubiese fijado en mí, habría visto a una persona con una sonrisa boba en la cara y los ojos muy vidriosos. Cuando ya me marchaba, vi en una estantería El arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon. El libro estaba rodeado por otros con idéntica edición de la casa Tusquets. ¿Lo compro o no lo compro? ¿Lo compro… o no lo compro? Lo compré. Me entró la locura por las novelas y me gasté mucho dinero; dinero que debía emplear en otras necesidades. Primero leí al escritor petersburgués y en la última página (casi) lloré como un niño. Meses más tarde hice lo propio con el autor suizo y juré no volver a comprar ningún libro suyo. Por último dejé que la sabiduría del estratega militar chino entrase en mi cerebro. El arco iris de gravedad se quedó en la leja de ‘Pendientes’.

El año pasado cuando abrí su primera página, yo no tenía ni la más remota idea de lo que había más allá de ella. Me había acercado al libro como me acerco a la mayor parte de las cosas que hago o emprendo en mi vida: a través de la intuición. La elección de mis lecturas era (y es) probablemente irracional. Sólo sé que en aquel momento las muchas recomendaciones que había leído y el aura de “obra de arte sublime y compleja” que deja el libro a su paso, junto a su volumen turbador de casi 1200 págs., hicieron que sonara en mi cabeza una voz ancestral que me dijo: “Chaval, tienes que leer este libro”. Al comenzar su lectura, inconsciente e inocentemente, en los primeros párrafos, creí que el protagonista del relato era el primer personaje que aparece citado en el mismo, Greoffrey “Pirata” Prentice; ése fue el primer error de una cadena infinita de errores, porque aparecieron más y más, y más, y más… y más personajes a lo largo del libro. La lectura se complicó. El relato me resultaba extremadamente oscuro, me decía cosas que no entendía. Yo avanzaba pero el texto no se dejaba hilvanar. Seguí avanzando aunque la sensación horrible de no entender nada se apoderaba de mí en muchos momentos.

Pero me encantan los relatos áridos y difíciles; me gusta trepar por ellos…

Hace un par de horas he terminado de leerlo: estoy en shock; no exagero. Hoy es 9 de febrero de 2017. Acabo de decidir que voy a escribir un post, que incluyo en la pequeña sección “Esto no es una reseña”, porque El arco iris de gravedad es definitivamente y sin ningún género de dudas una obra maestra de la literatura a la que quiero brindar mi pequeño homenaje.

La novela es una maraña de unas dimensiones escandalosas, pero, por increíble que parezca, hay un orden dentro de ese caos. Al comprobar que la nómina de personajes crecía y crecía, que el argumento se complicaba y se complicaba, me compré una libreta para tomar apuntes y anotar reflexiones; cuando los personajes en cuestión volvían a aparecer, repasaba la libreta para determinar sus posiciones en la trama. Sin embargo, el autor en esta novela rompió el acuerdo tácito de ayudar al lector, el escritor no quiso prestar ayuda sino todo lo contrario. Pynchon, qué duda cabe, pudo habernos contado esta historia de otro modo, pero estableció un muro, tejió muy sutilmente una telaraña para paralizar a los lectores. Yo tuve la vaga e infundada esperanza hasta la pág. 900 aproximadamente de que el neoyorquino resolvería al final del libraco todas mis dudas. Nuevamente me equivoqué. No lo hizo. No tenía sentido. Me di cuenta muy tarde.

Hay una explicación lógica para cada inconexo párrafo; para todas esas frases que te hacen arrugar el entrecejo y decir: “Pero esto qué coño…”; para todos esos personajes que no sabes dónde situar; para todas esas cosas que leíste hace 300 ó 400 págs y que no recuerdas por dónde iban. La hay… la hay. Hay guiños a lo largo del texto que ponen de relieve la conexión de las partes, y que nadie, a menos que alguien en su primera lectura decida estudiar la novela en lugar de leerla y disfrutarla, podrá alcanzar a vislumbrar. Thomas Pynchon no proporciona la solución para desenredar ese caos, se asegura de esconder las claves; ahí radica la grandeza de esta novela: el logro de comprenderla.

Uno de los muchos momentos inolvidables durante la larga y angosta travesía de la lectura de El arco iris de gravedad tuvo lugar cuando me di cuenta de que uno de los personajes del libro era el propio autor de la novela, Thomas Pynchon, aunque disfrazado obviamente con un nombre distinto. Estoy razonablemente convencido de ello, y no voy a buscar la confirmación con otros lectores, no porque pueda estar yo equivocado (puedo estarlo), sino porque mi nivel de comprensión del libro no va a depender de la ayuda externa. No quiero entender esta novela sin otro punto de anclaje que el libro que tengo en la estantería. Fue un momento sublime, con esa ‘deducción’ y con una palabra concreta, que aparece en el desenlace final de la historia, obtuve la fórmula, la llave maestra, la clave primera para desembrollar este apasionante relato.

No lo pienses. Cómprala. Léela. Piérdete en ella. Búscate. Descífrala. Trepa por sus asideros. Hay que atravesarla.  Debes entenderla. No lo pienses. Cómprala. Léela. Piérdete en ella. Búscate. Descífrala. Trepa por sus asideros. Hay que atravesarla.

 

 

Para Pynchon la vida es como una fiesta que se va apagando poco a poco y su sentido final se nos escapa, de modo que libertad y ausencia de significado son equivalentes.

Salman Rushdie

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