Tres ángulos. Microrrelato

En uno de esos odiosos e irritantes días que no quieres relacionarte con nadie, que te gustaría esconderte de todo el mundo, porque estás cabreado, asqueado, iracundo; uno de esos domingos que no quieres asistir a la aburrida comida familiar, yo me puse las botas, cogí la mochila con una botella de agua y algo para comer, y me fui al monte. Hacía un calor insoportable. Las chicharras cantaban. Cuando llevaba poco más de una hora andando, me arrepentí enormemente de no haberme quedado en casa. Maldita sea… Burro… Imbécil… Ahora tienes que volver andando…

Finalmente decidí apoyarme sobre el ribazo de un bancal. Bebí agua. Saqué el boli y la pequeña libreta que me acompañan a todas partes. Va, relájate, escribe, venga.

 

Ando por la orilla de un río, esquivando algunas piedras, pisando adrede otras. Es un día de invierno. El sonido del arrullo del agua me envuelve, se asemeja al del bullicio de la muchedumbre, al de miles de personas parloteando alegremente a mi alrededor: así discurre el agua. Cojo una rama de un arbusto: «¿Podría utilizarla como bastón?» La miro con detenimiento: «¿Podría transformarla en una varita mágica; una antena; una flecha; una daga?»

“Los magos tienen en el cauce del río el lugar idóneo para esconderse de las personas que no creen en la magia”.

Louster F. Migrans

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