Por qué

Cuando empecé a escribir ese relato, mi intención era que Manu evitara la muerte de Alberto por una mera casualidad, de forma no intencionada, por una chiripa. A medida que el texto iba izándose, yo me preguntaba cómo podía llevarlo a cabo, pero no se me ocurría absolutamente nada. No era capaz de ‘conectar’ al quiosquero con la cafetería de la gasolinera. En un momento dado, pensé que un buen método sería una llamada telefónica, pero ¿cómo supo Manu el número de Luis? ¿Marcó los dígitos al azar? Esto resultaba demasiada casualidad, pensaba yo. Parecía más bien la cuadratura del círculo: no había forma lógica o natural de imbricar esos dos puntos. No obstante, por encima de la de los nueve dígitos había una pregunta todavía más básica y fundamental que me carcomía poco a poco. ¿Por qué llamó Manu? De forma paulatina me di cuenta de que todo lo referente a la llamada, especialmente la motivación de Manuel, se había convertido en el punto ciego de la historia. Una vez entendido este hecho, comprendí que el motivo que impulsó a Manuel a telefonear a Luis bien podría transformarse (en mi imaginación) en un nuevo texto; es decir, unas líneas que describiesen al quiosquero en su lugar de trabajo y que pusieran de relieve los pensamientos y circunstancias que le hicieron teclear ese número de teléfono; los que le impulsaron a darle al botoncito verde de “llamar” y que, de forma posterior, le hicieron permanecer con la boca cerrada a la escucha.

Ahora, con este segundo texto, imaginé que todo el comportamiento de Manuel, o al menos el gesto más importante (la llamada), podía estar sostenido a su vez por un hecho fortuito, por ejemplo, la decisión de finalmente llamar si el siguiente coche que pasa por delante del quiosco es de un determinado color. Dicho acontecimiento, el del coche circulando por la calle (elucubré con la misma fórmula de razonamiento), bien podría ser un nuevo relato; un hipotético tercer texto.

El relato “El puzle” tiene ciertamente un final abrupto, pero el bucle infinito que intento mostrar en estas líneas, esa cadena eterna de acontecimientos, que se va desdoblando como una cuerda a través de cientos de poleas, nos retrotrae hasta un punto cero de manera asintótica, pero que eventualmente debe terminar. Todas las intersecciones de nuestra asíntota sobre el eje de abscisas (forzosamente imaginarias) son sencillamente “abruptas”; todas. Esa oscuridad que se cierne sobre Manu cogiendo el móvil y marcando el número de Luis puede ser trasladada a la historia del coche que pasa por delante del quiosco. Puede, asintótica e ineludiblemente, acercarse hacia el infinito.

Si alguien me preguntase el porqué de la llamada telefónica, sólo podría contestar con un “¿Por qué no?” o con un “Porque sí”.

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