499 palabras

 

 

Hoy vengo a hablarte de un tema —vengo a hablarte de un recoveco de tu psique— que estoy completamente seguro de que conoces, pero al que probablemente te asomas con poca frecuencia. Se trata de un lugar que no tiene nombre. Un corro de neuronas en tu cerebro cuya principal característica podría decir que es la inmutabilidad. Hoy vengo a contarte cuán importante es el software que almacena esa región de tu masa encefálica. No será fácil conseguirlo; sólo espero que en la última línea de este texto intuyas esa sinuosidad, o adviertas, vagamente, el perfil de los cinco dedos de una mano detrás de una cortina. Es como un concepto —seguramente un rasgo de tu personalidad— que no admite etiquetas. Extremadamente resbaladizo. Inaprehensible. Complejo. Lo puedes percibir pero no lo puedes definir, del que no te puedes deshacer si no es aceptando la evanescencia. No es un apéndice. No está adherido a tu persona. Va mucho más allá de las letras que hay impresas en tu documento nacional de identidad —el acervo de grafemas no consigue siquiera arañar su superficie—, las palabras se quedan cortas —no sirven—; es el halo de una sombra que aparece, pero desaparece, que aparece, pero desaparece. Es necesario viajar a las fibras recónditas de tu corazón para contemplarlo. Y es lacerante el dolor cuando intentas darle la espalda. Te ha acompañado a lo largo del camino desde que tienes uso de razón. Es el amigo invisible —es el punto de fuga—, que se sienta al lado tuyo sobre tu cama, a quien no le puedes poner cara, al que no puedes asociar un rostro, y que te resulta enormemente familiar. Las ocasiones en que los demás han intentado destruirlo, no sabes muy bien por qué, no comprendes cómo, su pequeña e incombustible flama resiste. Persiste a pesar de todo y de todos. Él quizás —o seguramente— inventó el verbo estar; él está de una forma sencilla y completa.

Siempre está…

Yo, hace unos minutos —cuando establecía la estrategia narrativa de estas líneas—, he llegado a la inapelable conclusión de que para plasmar algo tan etéreo como el mensaje de este post, era necesario recurrir a un error; a un desequilibrio. Cómo nombrar al innominado. ¿Cómo? Extendiendo una trampa; esperando que el lector de estas líneas sepa leer entre ellas. La única maniobra es describir todos los elementos visibles, y anhelar que al otro lado de la pantalla exista un ser humano que “vea” —por descarte; a través de la pura intuición— la pieza que falta para completar este puzle. Cómo puedo esconderlo para que lo encuentres. ¿Cómo? Cómo mostrarte la orilla de un río… sin utilizar la palabra orilla ni hacer uso de los fronterizos sinónimos, ¿cómo? Los números. Han venido a mi mente ellos. Han sido la respuesta a mi pregunta. En ocasiones una cifra en concreto actúa —no sé exactamente por qué— como el halo de una sombra, y me lleva, me acerca, a otra.

Anuncios