Los dos lados del cristal

​He llegado al final de mi vida, el presente es la meta; ya no hay futuro. El objetivo se ha diluido, y es probable incluso (ahora que pienso fríamente sobre ello me doy cuenta) que nunca haya sido en realidad un objetivo sólido y consistente. Aquí, frente a una enorme vidriera, que deja ver a su través un parque (El Parque), en una cafetería donde el calor me guarece del invierno de la calle, aquí, repito, me he dado cuenta de que ya no estoy vivo, sino muerto y con el corazón desgastado, como una leja de una tienda de los chinos, vacía, blanca y polvorienta, como una piedra de un río que se secó ayer: roma; una piedra que agotó todas sus fuerzas inútilmente por mantener su forma y a la que el agua imprimió una esfericidad que ella no deseaba. Ya estoy muerto. Atrás quedan todas esas vivencias que (qué tarde me he dado cuenta) confirmaban mi existencia. Es ahora que me uno a la naturaleza inerte cuando veo el valor de la vida. Yo viví y no reparé en el acto de vivir, desconocía mi existencia, no era consciente de ella; sólo la disfrutaba, de forma parcial, ahora lo sé. El futuro se ha esfumado. Las ilusiones, pérdidas, los recuerdos, desfigurados; un conocimento profundo, triste y estéril los ha desplazado. Si pudiese volver atrás…, si pudiera retroceder en el tiempo, quizá haría lo mismo que hice, pero me aferraría a ello con más fuerza. Diría los “te quiero” con el mismo ímpetu, pero sabría en ese momento que la vida toma cuerpo ahí. Mi gesto (mi amor) sería más responsable, por haber conocido la contrapartida de la vida: la muerte.

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