El paraguas

La playa a esas horas de la madrugada se hallaba casi desierta, excepción hecha de una pareja que paseaba por la orilla del mar. El horizonte mostraba unas abombadas nubes negras que de forma inexorable parecían acercarse hacia la costa. Azotadas por el viento, en el cercano paseo marítimo, las ramas de las palmeras se agitaban de manera brusca y errática. Las primeras gotas de lluvia empezaron a caer; me alcé el gorro del abrigo para protegerme del agua. Un par de segundos después una fuerte y pesada lluvia me rodeó. Empecé a correr con la intención de volver a casa. No había recorrido ni 100 metros cuando escuché a alguien que gritaba: “¡Ñoaró!… ¡Ñoaró!”. Giré la cabeza mientras corría y todo lo que pude distinguir a través de la densa cortina de agua fue a una persona vestida con una prenda amarilla en la acera de enfrente. En la tercera de aquellas llamadas escuché: “¡Señor Varó!”. ¡Ese era mi apellido! Me detuve y fijé la vista en el sujeto que me llamaba desde el otro lado de la calle. “Acérquese Sr. Varó… ¡Tengo un paraguas!”. En ese momento no reconocí por la voz a ninguno de mis conocidos, pero crucé la calzada y me situé debajo de su paraguas. Resultó ser una mujer (una desconocida). Aparte de su llamativa indumentaria, captaron mi atención sus enormes ojos azules. Su rostro mostraba una mezcla de sorpresa y de pasiva incredulidad. Por un instante me recordó la perenne mirada de escrutinio de una psicóloga a la que acudí durante una temporada hace muchos años.

—Hola —dije mientras recuperaba el aliento por la carrera—, ¿nos conocemos?

—Yo te conozco a ti, pero tú a mí no —dijo ella con una mirada desafiante y divertida.

Iba a contestar algo parecido a: “¿Cómo?”, pero el fonema /k/ no llegó a emerger finalmente de mi boca. Sus ojos me escudriñaron; no bajé la mirada; manteníamos una especie de pulso silencioso.

—Gracias por compartir el paraguas —fue lo que finalmente acerté a decir.

—No hay por qué darlas.

(No dejábamos de mirarnos, pero no había violencia ni tensión en aquel cruce de miradas).

—¿Con quién tengo el placer de hablar?

Ella esbozó una tímida sonrisa, dejó ver unos dientes de un color blanco inmaculado, en armonioso contraste con el tono rosa de unos labios muy gruesos, simétricamente redondos. Aquella sonrisa pertenecía a ese tipo de personas que juega con ventaja. Parecía —aunque esto era quizás una suposición descabellada por mi parte— que ella sabía cómo iba a terminar la situación en la que ambos nos hallábamos. El lenguaje corporal de aquella mujer evidenciaba mucha seguridad en sí misma.

—Mónica. Mi nombre es Mónica…

En ese instante me pareció que ella iba a añadir algo más a su frase.

—¿Pero? Tu nombre es Mónica, pero ibas a decir algo más.

Soltó una breve carcajada; era una mujer atractiva. Tenía el cabello corto, de color castaño, ligeramente ondulado, su cara era esbelta y con una pose quizá aristocrática. Justo por debajo de donde terminaba su pelo, en sus dos pequeñas orejas, un par de diminutos pendientes brillaban de forma incisiva, en consonancia con la intensidad del iris azul.

—No hay mucha gente que conozca mi nombre. Eso es probablemente lo que has percibido: tú puedes llamarme Mónica.

En aquel preciso instante, la lluvia se intensificó de un modo como yo jamás había visto. Caía con tanta fuerza, de una forma tan constante, tan continua y sostenida, que no podía distinguir nada a treinta metros a la redonda; era espeluznante la tromba que caía a nuestro alrededor. Sin embargo, a pesar de la ferocidad de la lluvia —y de forma extraña e incomprensible—, el paraguas no acusaba el golpe; parecía estar fabricado de algún tipo de material más resistente que el de los paraguas normales. Iré un poco más lejos: aquella robusta sombrilla no solamente nos protegía del fuerte aguacero, sino que parecía formar un anillo de fuerza o contención.

—¿Te gusta la lluvia? —dijo ella en un tono divertido y desenfadado.

Tras esta nueva frase —quizá por casualidad, aunque yo en aquellos momentos empezaba firmemente a creer que era por causalidad—, la intensidad de la lluvia alcanzó un nivel inimaginable. Dirigí la mirada hacia el brazo con el que sostenía el paraguas, me quedé atónito al comprobar que no se movía en absoluto; era necesaria una gran fuerza para sostenerlo, porque la presión por encima de él debía ser enorme. Aquel chaparrón era de una magnitud absolutamente desconocida.

—¿Te gusta? —repitió. Le divertía mi incredulidad con respecto a la lluvia.

A cada palabra suya el torrente crecía con mayor fuerza; empecé a asustarme. Era obvio que ella ejercía algún tipo de control sobre la lluvia. Apenas podía distinguir el entorno; el agua lo difuminaba todo. Si ella volvía a decir una frase y la lluvia volvía a incrementarse, estaba seguro de que no vería nada a mi alrededor.

—¿No… vas… a… contestarme? —me dijo apuntándome fijamente con aquel par de brillantes ojos.

El espectáculo fuera del radio de protección del paraguas pasó de provocarme miedo a inspirarme la más conmovedora belleza: era fantástico; increíble. La calle con sus dos aceras y sus respectivos edificios, junto al perfil de la playa y el mar, habían casi desparecido; lo que quedaba de ellos era una imagen espectacular; un cuadro sublime.

—No había visto nunca una lluvia de estas características; me gusta. Me encanta.

—Ahora viene lo mejor. Acompáñame.

Empezamos a andar calle abajo, en dirección hacia la orilla de la playa. Explicar lo que yo veía más allá del paraguas es una cuestión ardua, pero la descripción que más se aproxima a la realidad es que las cosas a mi alrededor habían cobrado vida, como si las tres dimensiones del espacio se hubiesen fundido en aquel diluvio. De hecho, yo estaba convencido de que si sacaba la mano fuera de aquel círculo envolvente, podía tocar cualquier punto que alcanzase la vista: la pared de mi derecha; el tronco de la palmera; las nubes por encima del horizonte. Además de enormemente difuminado, no observaba el entorno en 3D, sino en 2D; el telón que del extremo circular del paraguas caía hasta el suelo era como un lienzo cilíndrico. Un cuadro real, porque a medida que nos movíamos, aquella difusa imagen parecía dibujar de forma dinámica el paseo marítimo y todo lo que había a su alrededor. Era como si atravesáramos el interior de las cosas que veíamos, como si a cada paso que dábamos, el paraguas reprodujese en el tapiz la realidad en su conjunto.

Llegamos a la orilla y nos detuvimos. Me llamó la atención que la arena bajo nuestros pies no estuviese mojada.

—Ahora cerraré el paraguas y dejará de llover. No te asustes, no tienes nada que temer.

No me dio tiempo a articular ninguna palabra. Mi extraña compañera cogió con la mano que le quedaba libre el bastón central del paraguas, bajando los rayos hacia el centro del mismo, al mismo tiempo que lo inclinaba hacia su izquierda: todo volvió a la normalidad, pero pronto comprobé cuán equivocado estaba.

El lienzo desapareció, las cosas volvían a ser como antes: nítidas, cristalinas. ¡La lluvia cesó de la forma más brusca que jamás he visto en mi vida! El cielo y las nubes volvían a estar en su inalcanzable posición normal, la sensación de que podía tocarlo todo despareció, pero, paulatinamente, gracias al escrutador silencio que parecía dedicarme Mónica, pude comprobar que la realidad esta vez había cambiado sutilmente. Su representación ya no era tan grotesca como en el cuadro en forma de tubo que había visto hacía unos momentos, sino que todo tenía un ligero brillo; similar al retoque fotográfico que el smartphone puede conceder a una imagen.

—¿Vas a explicarme qué es lo que ocurre?

—Lo vas a entender por ti solo.

—Dudo mucho que pueda entender lo que ha pasado hace unos momentos. Y tampoco creo poder reconocer el lugar en el que nos encontramos, no al menos completamente.

—Ese pensamiento dice mucho en tu favor; esa es la mejor actitud cuando uno se encuentra en una situación desconocida. Solamente tienes que indagar en lo que observas del entorno, debes guiarte por tu intuición, pero sin abandonar la racionalidad completamente… Demos un paseo; paseando las ideas fluyen mejor.

Empezamos a caminar.

—¿Estamos en un universo paralelo?

Mónica me sonreía de forma fría y cautivadora (empecé a sentirme atraído sexualmente por ella). No dejaba de caminar y de obsequiarme con su magnífica sonrisa, pero, como con la antigua psicóloga, no sabía qué pensar.

—¿Estamos en un universo paralelo? —repetí.

—Si lo estuviéramos… ¿qué es lo primero que te gustaría saber al respecto?

—Si yo existo en él, por supuesto. Es decir, si hay otro como yo.

—Existes. Existe otro como tú.

—Entonces, ¿dónde…

En aquel momento lo comprendí todo. Entendí qué es lo que había pasado. Me detuve sobre aquella arena incomprensiblemente seca. Ella avanzó un par de metros más que yo.

—No te detengas, sigamos caminando.

Me quedé quieto durante unos diez segundos, mirándola. Ella no dejaba de sonreír, parecía leer mis pensamientos. Al final accedí y reanudé la marcha.

—Sabía que lo ibas a averiguar por ti mismo…

Habíamos viajado en el tiempo; la pregunta correcta no era dónde, sino cuándo. Lo que veía a mi alrededor era el futuro… o el pasado.

—Quizá te estás preguntando si hemos avanzado hacia delante o hacia atrás en el tiempo. El pasado…

— ¿Puedes leer mi pensamientos, Mónica? —la interrumpí.

— Sí, sí, en gran medida, aunque hay zonas de tu cerebro a las que no puedo acceder, o a las que me costaría un gran esfuerzo hacerlo. No, no, no, no te detengas, es mejor que avancemos.

La persona que tenía delante de mí conocía mis pensamientos, creo que no hay nada más terrorífico. Había viajado en el tiempo. No sabía cuándo me encontraba. Intentaba extraer de la orilla de la playa y del lejano paseo marítimo cualquier detalle que me permitiese saber…

—El pasado tiene ese brillo peculiar.

Me hubiese gustado acallar mis pensamientos, pero no sabía cómo dejar de pensar. Su sonrisa era atrayente, pero empezaba a tomar un cariz fantasmagórico. Se hizo el silencio entre nosotros. Un extraño silencio del que ella podía extraer la información de mi mente.

—Demos media vuelta. Ahora quiero que te pongas estas gafas y mires hacia la izquierda, en la calle donde estábamos antes.

Sacó de un bolsillo interior de su impermeable un par de lentes cuyo aspecto era muy antiguo, la montura estaba muy desgastada y tenía un color marrón muy suave, que dejaba ver el material de la que estaba hecha: madera. Extendió su brazo y me las dio.

—Al revés, al revés, la lente que tienes en tu ojo derecho va en el izquierdo, y viceversa.

Cuando les di la vuelta, observé que tenían una diminuta luz de color verde en su parte posterior (la que enfrentaban mis ojos). Al ponérmelas el sutil brillo (del pasado) dejó de impregnar el entorno. Aquellos anteojos antiguos sustrajeron el efecto fotográfico reinante.

—Mira hacia el principio del paseo, ¿qué ves?

—Pues veo los edificios, las palmeras, la…

Lo que a continuación vi a través de las gafas me hizo enmudecer. Durante unos segundos creí estar viendo una película en el cine. Allí estaba yo, o mi otro yo, andando en mi rutinaria caminata dominical, vestido con la misma ropa que llevaba en esos momentos. Verme a mí mismo me provocó una sensación de no saber muy bien quién es quién. Mi otro yo se tiró las manos a la cabeza para ponerse el gorro, pero no veía la lluvia donde la fantasmal escena transcurría. Se repitió de igual modo, pero esta vez con una cadencia más lenta, más teatral.

—Presiona levemente la patilla derecha.

Seguí su indicación y la imagen se amplió. Mi otro yo empezó a correr, lo seguí con aquellas extrañas gafas. Al principio lo perdí, pero lo recuperé enseguida porque se detuvo. Se puso debajo del paraguas de la mujer de amarillo. Vi sus caras, sus gestos en la breve conversación. No había ningún diluvio, el paraguas debió simular toda la cuestión metereológica. O quizá sí, y las gafas ahora enfocaban la escena. Quién podía saberlo.

Mi otro yo y la otra Mónica empezaron entonces a andar calle abajo.

Con cada paso que daban, desaparecían. Vi cómo ellos se iban acercando por la orilla hasta donde estábamos nosotros. Cuando aquella pareja llegó a nuestra altura, percibí el eco de su conversación, pero no puedo asegurarlo porque quizás lo confundí con mi recuerdo de la misma. Me pareció ver —en una imagen borrosa, como reflejada en la ventanilla de un tren que pasa a toda velocidad— el brazo de la otra Mónica alzarse y darle a mi otro yo aquellas extrañas gafas.

“Mira hacia el principio del paseo, ¿qué ves?”

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