El telón del teatro, Borges y la simetría

Ni soy un lector voraz, ni un ávido consumidor de libros, de esos que leen en los medios de transporte público, o de los que aprovechan la menor oportunidad para sumergirse en la lectura, pero siempre llevo conmigo el último libro que estoy leyendo. Desde hace unos días, sin embargo, como excepción a la norma de no leer otro libro hasta no haber terminado el anterior, llevo dos en la mochila: El arco iris de  gravedad de Thomas Pynchon y El Aleph de Jorge Luis Borges. La excepción es debida a que el segundo consta de varios relatos cortos, que pueden ser leídos en 20 ó 30 minutos, mientras que con EAIDG necesito recurrir a mi libreta de notas antes de y durante la lectura; este segundo necesita más pausa y sosiego, y no es rentable o no me gusta cogerlo para leer sólo durante diez minutos. Hasta ahora, cuando terminaba una novela, y no quería empezar otra, leía a Conan Doyle con Sherlock. No sé por qué he hecho esta excepción.

Además, esta mañana, por cuestiones que no vienen al caso, he tenido un paréntesis en mi actividad diaria; durante el mismo no sabía si leer o no el siguiente cuento (Los teólogos), porque no quería dejarlo a la mitad. Al final lo he leído demasiado deprisa, y no me ha cautivado en un primer momento, no por el propio cuento, sino porque he estado más pendiente del reloj que del texto. No obstante, antes de volver a casa, he vuelto a leerlo, pero esta vez deleitándome en sus líneas, comprendiendo la idea que hay detrás de ellas.

Me gustaría elogiar a Borges de un modo que hasta ahora nadie hubiese hecho, algo imposible a todas luces porque del argentino se han hecho las más altas loas. Solamente añadiré que si no has leído a este autor, deja inmediatamente todo lo que estés haciendo, dirige tus pasos a una librería y compra sus libros. No te arrepentirás. No; no te arrepentirás.

El cuento Los teólogos me ha impresionado sobremanera. Son unas páginas que cuanto más las lees, más se curvan sobre sí mismas. Con cada nueva relectura el texto se alza a un nuevo nivel. Uno, al leerlo, tiene la extraña sensación de que el cuento es un ente especular. Una especie de estructura simétrica, cuya arquitectura está escondida detrás de las letras. Cuanto más reflexionas sobre su contenido, más brillante te parece su ejecución. Con la segunda lectura el final del cuento “emerge” en tus propias narices, pero (lo mejor de todo) si vuelves al principio, el relato entonces “resuena” consigo mismo. Sucede algo muy curioso: lo mejor de este cuento no ocurre cuando lo lees, sino cuando te das cuenta de lo que pretendía el autor al escribirlo. Metafóricamente es como si su lectura te permitiera descubrir qué hay detrás del telón de una sala de teatro. Durante un momento dado, cuando buscaba en el texto el punto de inflexión del cuento —porque, en honor a la verdad, no es una historia “fácil de leer” y que pueda ser digerida “de un solo bocado” — he llegado a pensar que si partimos el texto en dos partes, y las situamos en dos folios para plegarlos sobre sí mismos, no sería extraño pensar que las palabras de ambas hojas se articularan armoniosamente entre sí. Parece algo exagerado, pero yo no lo descartaría. Estoy razonablemente seguro de que Borges escondió muchísimas más cosas dentro del texto de las que yo soy capaz de detectar.

Era un genio de una profundidad seguramente insondable.

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