El puzle

El día de la boda (domingo). El novio

Cuando Alberto se despertó aquella mañana, no tuvo más opción que rendirse ante la evidencia: no pudo seguir engañándose a sí mismo ni un minuto más; la proximidad de la ceremonia en el tiempo actuó como una especie de gatillo y la idea de no acudir al enlace estalló en su mente. Desde el borde de la cama observó la funda gris de ElCorteInglés que contenía el traje de novio y los complementos que había encima del escritorio: reloj, pulsera, pisacorbata y gemelos, que él había dejado perfectamente ordenados la noche anterior. Delante de todos ellos había un frasco de perfume: el perfume que Alberto solía ponerse en sus años de juventud, en las fiestas universitarias por Salamanca; una especie de símbolo. Aquella botella parecía representar el papel de la verdad y los otros complementos, como si estuviesen en una estantería de una tienda, no tenían ningún valor sentimental, eran mentira. Alberto estaba cabreado consigo mismo porque había engañado a todo el mundo con aquella boda; durante los últimos meses se había sentido como un verdadero hipócrita, hasta aquel preciso instante en el que decidió afrontar la realidad.

Con la mirada perdida en el frasco del perfume, supo que era el peor día para anular la boda, pero fue consciente de que si se casaba, divorciarse resultaría mucho más embarazoso y difícil: en cierto modo todavía estaba a tiempo de revertir la situación.

Se vistió entonces con la misma ropa que había llevado el día anterior. Pensó que sus padres y su hermana no se habrían levantado todavía y no le oirían salir de casa. El pasillo estaba en silencio. Todos dormían. Llegó al garaje, se puso el casco, arrancó su moto y se fue.

Dos días antes de la boda (viernes). La ex

Bea había estado planeando aquel viaje a Praga minuciosamente, nada podía fallar; a priori todo era perfecto. La belleza de la ciudad era indiscutible. La compañía de sus dos mejores amigas (Inma y Sara), innegable. El otoño, una época del año idónea para visitar los países del este europeo. Bea estaba completamente convencida de que los quince días que iba a pasar fuera del quirófano (Bea era cirujana) iban a ser unos días inolvidables. El hecho de haber dado término hacía algún tiempo a la relación tormentosa que había mantenido con Alberto aumentaba también las expectativas del viaje.

Aquella mañana, Bea estaba en el salón de su casa cuando se acordó de que el día anterior había hecho una apuesta de 1€ a la primitiva y quiso ver el resultado del sorteo por Internet. Cogió el móvil y accedió al primer enlace que Google proporcionaba y que no era otro que el de la página web del organismo oficial de Loterías y Apuestas del Estado. * – * – * – * – * – *. Reintegro: *. Cuando trataba de sacar el resguardo para ver si coincidía algún número, se le resbaló porque al mismo tiempo que lo sacaba, se iban detrás de él otros papeles que había dentro de su cartera, de manera que por evitar que saliesen todos, el de la primitiva se le escurrió de entre los dedos y cayó al suelo, deslizándose justo debajo del sofá.

Dejó la cartera a un lado, se levantó y, como no veía dónde estaba el resguardo, se puso de rodillas para mirar debajo del sofá, que era el único sitio donde podía haber ido a parar. Vio entonces el susodicho papel, pero, al mismo tiempo, observó cómo salía de la tela que forraba el sillón (por estar rasgada) el pico de algo que parecía ser un folio. Cuando lo cogió para sacarlo, vio que se trataba de una cuartilla con varias líneas de texto escritas a mano.

Aquel hallazgo hizo que se olvidase momentáneamente de comprobar los números de la primitiva y se sentó de nuevo, dispuesta a leer aquel texto. Bea no sabía que la combinación de su resguardo era la misma combinación que había visto hacía unos momentos en su móvil. * – * – * – * – * – *.

El premio ascendía a 37 millones de euros.

El día de la boda. El quiosco de Manuel

El día del casamiento, como se dijo anteriormente, era domingo y como en todo escenario dominical que se preste a la imaginación —sobre todo si tenemos en cuenta que eran las 6:50 de la mañana— no había ni un alma por la calle. El sol empezaba tibiamente a salir y podía contemplarse el amanecer a lo lejos, en la larguísima avenida donde Manuel tenía un quiosco que estaba empezando a abrir a aquellas horas de la mañana.

La furgoneta de reparto de la prensa diaria ya había dejado los bultos con todos los periódicos firmemente empaquetados, Manuel los estaba metiendo uno a uno dentro de su puesto, ordenándolos para su posterior venta.

Manu era un hombre de mediana edad, de una altura superior a la media, con el pelo razonablemente largo y peculiarmente canoso. Llevaba unas gafas de pasta de un color amarillento muy llamativo. Su mirada era ausente, distraída; pertenecía a ese tipo de personas cuyos pensamientos parecen estar siempre en otro lugar.

Aquella mañana sus cavilaciones mientras ordenaba el quiosco rondaban el tema de las casualidades. Cómo habría sido su vida si no hubiese conocido a su mujer, o cómo si su mejor amigo no se hubiera suicidado en la adolescencia, porque para Manuel aquellos y otros muchos sucesos podían ser vistos como simples casualidades. Pensaba en las líneas temporales alternativas sin aquellos vértices. Aunque no podía imaginarlo, él iba a provocar aquella mañana un nuevo vértice en la vida de un hombre a quien no conocía: Alberto.

[…]

Nuestro motorista se detuvo en una estación de servicio a las afueras de la ciudad y puso 50€ de gasolina a su moto. Entró en la cafetería y pidió un café. Mientras esperaba a que se lo pusieran cogió el móvil. Mandó tres mensajes vía whatsapp: a Eugenia (la novia), que decía lo siguiente: “No estoy convencido del todo. Lo siento”, a su hermana Lidia, “Dile a mamá que estoy bien y que estaré unos días fuera”, y a Alex, su mejor amigo, “Te llamaré dentro de unos días”. Apagó el móvil y empezó a sorber el café.

[…]

Estaban escritas con un bolígrafo negro y con una caligrafía muy cuidada. A Bea no le cabía la menor duda de que aquello había sido escrito por Alberto, pero se preguntaba cuándo lo habría hecho, ya que él hacía muchos meses que no entraba en aquel piso… y sobre todo por qué estaba oculto aquel folio debajo del sofá.

Jueves, 7 de abril de 2014.

Bea,

No tengo el suficiente valor para terminar nuestra relación. Soy un cobarde, no quiero hacerte daño; pero tampoco estoy totalmente seguro de si quiero que lo nuestro acabe. Lo cierto es que voy a darte motivos para que me abandones. Te haré creer que te soy infiel. Dejo esta hoja escondida en el bajo fondo del sofá. No creo que la descubras. Es mi extraña manera de decirte adiós.

El día que aquellas breves líneas fueron escritas fue uno en que Bea y Alberto se iban a pasar el fin de semana al chalé que este último tenía en la sierra. Era un viernes sobre las 8 de la tarde y Bea estaba en la ducha, momento que aprovechó Alberto para escribir aquel texto. Él no tenía intención de que Bea lo leyese; aquellas líneas eran la explicación que Alberto le dedicaba a su novia como despedida, sin embargo la rebuscada realidad es que desde aquel día él provocó una serie de situaciones que culminaron con la ruptura de la relación por parte de Bea. Alberto escribió aquellas líneas como un arrepentimiento previo o prematuro del juego orquestado que iba a llevar a cabo.

Pensó en esconder la hoja debajo del sofá, creyó que era muy poco probable que Bea la encontrara, porque a nadie se le ocurriría mirar allí. Quiso la casualidad primero que unos días antes de que Bea lo encontrase, limpiara ella el salón haciendo algo que no acostumbraba a hacer: mover el sofá de sitio, levantándolo por uno de los laterales y arrastrándolo, de manera que aquella hoja se deslizó desde la esquina en la que estaba hasta la primera salida que encontró: la zona que rasgó Alberto y por donde lo había introducido, sobresaliendo ligeramente en aquella parte como ya se dijo con anterioridad. En segundo lugar, y mucho más sorprendente, fue el hecho de que el resguardo de la primitiva se deslizara allí debajo y obligase a Bea a agacharse para buscarlo. La añadidura de que aquel boleto estuviera premiado con 37 millones de euros elevaba el suceso a una casualidad difícilmente comprensible.

[…]

—Pero Vds. no pueden cobrarme el importe íntegro del banquete —decía Pascal (el padre de Alberto) al teléfono—. Como la boda no va a celebrarse, el coste que han tenido… ¿Que qué?… ¡¿Quieren que les pague el 50%?!

Elena (la madre de Alberto) también estaba colgada del móvil avisando a los invitados de una lista que en aquellos momentos se le antojaba infinita. Cuando Lidia pasó por su lado, su madre tapó el móvil con la mano para que el invitado con el que estaba hablando no la oyese, y le dijo a su hija en voz baja: «Si consigues encontrarlo o si hablas con él, dímelo cuanto antes». Lidia asintió al mismo tiempo que abría la puerta para marcharse.

Esta última había sido la portadora de las malas noticias. «Alberto no va a casarse; no está en su habitación» había soltado a bocajarro a sus padres en la cocina hacía unos minutos. Mientras ellos estaban discutiendo todo lo que debían hacer: llamar a la iglesia, a los invitados y a los del restaurante, Lidia había vuelto a su habitación, quitado el pijama, y vestido rápida y atropelladamente con la intención de salir a buscar a su hermano mayor. Pensaba que conocía a su hermano muy bien como para saber dónde trataría de evadirse de aquella situación.

Le dio el último bocado al croissant justo en el momento cuando subía al coche. Arrancó, accionó el mando de la puerta del garaje y salió de su casa, incorporándose a la calle del residencial. En aquel preciso instante sonó el móvil de Lidia y ésta, sin dejar de circular, sin detener el coche, quiso ver quién la llamaba (era Alex, el amigo de su hermano). Esta breve distracción junto con los nervios que acumulaba hicieron que no viese venir a otro vehículo por su derecha cuando se incorporaba a la calle. El accidente tuvo lugar sin grandes consecuencias, ya que la velocidad a la que circulaba el otro coche era baja; la colisión se saldó con el faro y la aleta de su Nissan Micra destrozados.

[…]

—Buenos días, Manuel —dijo Juan, un cliente que siempre compraba el periódico a la misma hora de la mañana desde hacía varios años, que era muy conocido por Manuel y que acababa de llegar al puesto.

—Buenos días, Juan… ¿ElPaís y un paquete de chicles de menta?

—Sí, por favor.

(Manuel doblaba el periódico, poniendo los chicles en la concavidad que formaban sus hojas, dándoselo a Juan desde la alta y estrecha ventanilla del quiosco, al mismo tiempo que Juan le daba el importe exacto de su compra).

—¿Viste anoche el partido? dijo Juan, a lo que Manuel pareció enojarse e indignarse de forma un tanto cómica.

—No me lo recuerdes, no me lo recuerdes… ¡Con el dinero que cobran y qué pocas ganas de jugar al fútbol que tienen los sinvergüenzas esos…!

—Deberíamos cambiarnos de equipo, Manu.

—¡Eso nunca… Jajajaja!

—Qué tengas un buen domingo.

—Igualmente, chao.

[…]

Bea no daba crédito a lo que leía: Alberto forzó la ruptura de la relación. Ella descubrió que él había sido infiel, a raíz de unos mensajes en el móvil, pero nunca pensó que aquello fuese algo orquestado y planificado por él. Pensaba que aquella mujer era alguien con quien Alberto había tenido una aventura. Ahora ya no sabía qué pensar.

Sonó en esos momentos el timbre. Eran Inma y Sara, que estaban bajo esperándola. El avión salía en tres horas. Metió aquellas hojas en un compartimento lateral de su maleta. «Bajo enseguida, un minuto». Aquellas líneas lo cambiaban todo… Apagó la luz del salón y la del pasillo. Se olvidó por completo del resguardo de la primitiva encima del sofá. Cerró la puerta de su piso y se reunió con sus amigas en la calle, en el portal del edificio.

—¿Estás bien? le dijo Inma.

—Sí… contestó Bea al mismo tiempo que le daba su maleta al taxista.

Cuando el taxi ya iba circulando de camino al aeropuerto, Sara (que estaba sentada al lado del conductor) no puedo contenerse más tiempo ante el más que evidente desasosiego de su amiga.

—¿Te ha llamado Alberto, verdad?… Ese hijo de la gran puta te ha vuelto a llamar, ¿no? —dijo, con la mirada fija en la carretera y alzando la voz más de lo necesario.

El taxista arqueó ligeramente las cejas, un tanto atónito por el tono de aquella conversación, no obstante, no sólo no se inmiscuyó. sino que trató de no evidenciar en su rostro ninguna expresión al respecto.

No, no me ha llamado.

—¿Entonces?

—He visto una carta.

—¿Una carta?… ¡¿Desde cuándo es tan romántico?!

[…]

Luis tenía una cita con Emilio aquella mañana de domingo. Ambos se habían conocido hacía dos semanas en una fiesta de una amiga en común: Ana. Allí, a raíz de una distendida conversación sobre literatura, el primero le dijo al segundo que poseía una biblioteca con cerca de 1000 libros que llevaba un tiempo pensando en vender, porque ya no tenía más espacio para acumularlos y porque, de hecho, había dejado de comprar libros en papel, y todos los que adquiría eran en formato digital. Intercambiaron los números de teléfono, porque Emilio era un ávido lector y también regentaba una librería de viejo; quería este último saber qué libros tenía y por cuánto estaría dispuesto a venderlos. Concertaron verse aquel domingo. Ambos vivían en extremos opuestos de la ciudad. Luis iba a casa de sus padres a comer aquel día, por lo que quedaron en una gasolinera a las afueras, que estaba más cerca de donde vivía Emilio y que tenía acceso a la autovía que Luis cogería después para ir al pueblo. Se habían citado temprano, a las 8:30, por el largo viaje que le esperaba posteriormente a Luis..

Eran las 8:57 y Emilio no aparecía. Luis lo estaba llamando al móvil, pero aquel no lo cogía… porque se lo había dejado dentro del coche… estaba (con Lidia) rellenando la declaración amistosa de accidente. Luis vio entrar en la cafetería de aquella gasolinera a un hombre con un chaqueta de cuero color gris y un casco de motorista en la mano izquierda (Alberto). Ambos no se conocían de nada. Luis pensó que Emilio se habría olvidado de la cita y simplemente se habría quedado durmiendo; decidió darle 30 minutos más. Fue a la barra de la cafetería y pidió una Tónica Schweppes. Alberto (a menos de un metro de distancia) apagaba su móvil en aquel momento.

Luis era psicólogo; por pura deformación profesional se quedó observando a Alberto durante unos breves segundos.

[…]

Las tres mujeres estaban absortas por la belleza del salón barroco de la Biblioteca Nacional de la República Checa, pero a Bea, aunque la tenue iluminación del lugar y las pinturas del techo le hacían sentirse como en un cuento de hadas, como en una fábula, no se le iba de la cabeza la carta de Alberto. Un Alberto distinto, a la luz de aquel revelador texto. Rodeada de libros en las espectaculares galerías de aquella hermosísima biblioteca, pensaba que la razón por que decidió terminar su relación con él estaba basada en una ficción, estaba justificada en una especie de novela que no era cierta. Y ya no sabía muy bien lo que era verdad y lo que era mentira.

[…]

Álex estaba sentado en la mecedora de su jardín, leía El Adversario de Emmanuelle Carrere y oyó cómo su móvil emitía el tono de un mensaje de whatsapp, pero no quiso verlo en aquel momento tan interesante de la lectura, estaba absorto en el pasaje donde el escritor francés relata cómo el protagonista del libro, Jean-Claude Romand, pasaba las horas en aparcamientos solitarios y cafeterías, mientras su familia creía que estaba en el trabajo. Alzó la mirada, pensó que aquel día tendría que pasarlo vestido con traje y corbata (lo cual odiaba con todas sus fuerzas). Se casaba su mejor amigo.

El mensaje era de Alberto: Te llamaré dentro de unos días. Aquello sonaba fatal. Él intuía que Alberto tenía muchas dudas; era algo que a él le resultaba bastante obvio, pero que nadie más creía, porque Alberto transmitía una imagen de estar ilusionado y feliz con la idea de casarse con Eugenia. Inmediatamente lo llamó, pero tenía el teléfono apagado. «La has liado parda, chaval», dijo sin darse cuenta en voz alta. A continuación llamó a Lidia y provocó involuntariamente el despiste de esta y en consecuencia el accidente.

[…]

Luis reconoció en el rostro de Alberto a una persona angustiada y arrepentida, sintió el impulso de acercarse y hablar con él. Cuando finalmente se decidió a hacerlo, sonó su teléfono móvil, contestó la llamada, pero al otro lado no se oía nada, preguntó varias veces “¿Quién es?” (por si trataba de la ausencia típica de cobertura hasta que alguien responde), pero finalmente nadie contestó. En el breve espacio de tiempo que tuvo lugar aquella llamada, Alberto se fue sin que Luis se diese cuenta de ello.

Aproximadamente diez minutos después de la salida de Alberto, dos encapuchados entraron en el local y asesinaron a todos los allí presentes: 2 camareras y 7 clientes, entre ellos estaba Luis. Uno de los atracadores saltó por encima de la barra, desvalijó la caja registradora, entró a las dependencias interiores y salió con una bolsa negra en una de sus manos, mientras que con la otra sostenía la pistola con la que había disparado. El segundo atracador había permanecido en la puerta de entrada durante todo el tiempo que había durado el tiroteo.

Alberto en esos momentos iba con su moto por la autovía sin saber muy bien a dónde dirigirse. Si Luis no hubiese recibido aquella llamada y hubiera entablado una conversación con Alberto, este último también habría muerto.

Fue Manuel quien llamó a Luis. Ambos no se conocían de nada en absoluto.

Cuando Bea regresó de Praga, ella y Alberto se reconciliaron.

[…]

¿Por qué llamó Manuel a Luis? ¿Por qué?

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