La llanura castellana, el horizonte y el alba

Corría el año 1995, un número escaso de personas conocía la existencia de algo llamado internet; para mí la red en aquella época supuso poco más que una cosa de informáticos con gafas de culo de vaso. No había obviamente ni Facebook ni Twitter, ni ninguna otra red social, al menos yo no tuve conocimiento de ellas. En el pueblo de mis padres, la gente leía la cartelera de los cines en el periódico y las chicas se cardaban el pelo hacía arriba, en unos flequillos electrizados (o electrizantes, según se mire). Las compañías telefónicas móviles eran Moviline, Movistar y Airtel. Yo tuve un Motorola StarTac y un Alcatel HC400 con la segunda de las mismas; con este último móvil, aunque proporcionaba la opción de mandar mensajes escritos, nunca supe cómo enviar un SMS. En aquella época yo era “militar de empleo”, perteneciente a las primeras promociones cuando el Ejército comenzó el proceso de profesionalización (Ingenieros, Transmisiones). Hicimos unas ‘maniobras’ en la localidad de Toro, en la provincia de Zamora. El emplazamiento donde varios de mis compañeros y yo acampamos era una especie de prado, cubierto por una moqueta de color amarillento cremoso (no recuerdo cuál era la plantación). A nuestro alrededor no había nada, absolutamente nada, excepto una pequeña iglesia derruida y abandonada; aquella alfombra monocromática dominaba el horizonte, solamente se veía interrumpida por la ermita y por nuestra presencia en lo alto de una pequeña loma. Era un paisaje vital, inabarcable. Una de las pocas mañanas que duró aquel ejercicio, estuve despierto al amanecer; vi salir el sol por el Este sin que ningún edificio ni ninguna abrupta montaña me impidiese su observación; fue algo difícil de explicar con palabras. Gradualmente contemplé un abanico de colores que iban desde el oro brillante, pasando por un naranja aterciopelado, hasta el suave púrpura. En aquel lejano momento la imagen no dejó de ser para mí más que una escena divertida; novedosa; insólita. Pero ahora la recuerdo de una forma mucho más trascendental. No fui completamente consciente de la belleza de aquel amanecer, no me di cuenta de que un espectáculo como el que se abría ante mis ojos no iba a repetirse jamás en mi vida; era demasiado joven. No había leído todavía lo suficiente como para pensar y reflexionar de una forma nítida en aquella tibia, inolvidable e impactante alba en la llanura castellana, en la década de los 90.

(Me alegro de que el Alcatel no hiciese fotos; no creo que estuvieran hoy a la altura de la imaginación).

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