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Este blog cumple un año de vida; lo abrí por una sencilla razón que, 365 días después, sigue absolutamente vigente: la necesidad de escribir. No soy la primera persona, ni tampoco seré la última, que tras mucho leer, quiere escribir en una página en blanco todo lo que bulle en su cabeza. En estos doce meses solamente he escrito 27 entradas porque defiendo la idea de que para ponerte a teclear intentando dar forma al pensamiento es necesaria esa ansia vital que no da más opción que la de sentarse frente al ordenador y vomitar líneas y más líneas; una idea básica debe dominarme. La falta de tiempo libre también me ha impedido una mayor dedicación. Sin embargo, hubo varias ocasiones en que esa necesidad emergió con mucha fuerza: cuando terminé de leer El ruido y la furia de William Faulkner; o cuando el feminismo dominante me dijo que yo era machista; o cuando me inventé una historia en la barra de un bar tomando café; o al escribir la conversación de dos personajes que comparten un mismo nombre y que son en realidad la misma persona; o el shock que me produjo la lectura de El Quijote; o mi opinión sobre la red social twitter.

Si he de ser sincero, no sé si cumplirá dos; no sé cuánto tiempo se prolongará mi estancia en internet; vivo del mismo modo que uno lee los extensos párrafos de los grandes escritores: confiando en que todas las frases se cierren elegantemente al final. A veces me equivoco cuando leo uno de esos párrafos y tengo que volver hacia atrás y empezar de nuevo, pero entonces la magia desaparece; quién sabe si a este blog en el futuro le ocurrirá lo mismo.

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