Un cortado con leche fría

Qué fecundo para escribir es el momento de tomar café, especialmente tras el primer sorbo. Parece como si las ideas acudieran al cerebro atraídas por la molécula de la cafeína (la metilxantina), como si la palabra escrita necesitara ese combustible para ser vertida en una página en blanco o en los píxeles de una pantalla. (Los cafés y la invención tuvo precisamente esa cafeínica génesis).

Cuando vengo a este local y le doy el primer trago al cortado, siempre siento la imperiosa necesidad de coger el móvil y escribir una nota (como esta que estoy escribiendo ahora mismo). El ruido de las cucharillas, el del camarero vaciando el cazo del mango de la cafetera para volverlo a cargar, la tele, un bebé que llora; nada de todo ello parece despistarme: el efecto de la cafeína está en su punto álgido.

En los bares discurre la vida (por culpa del café, del alcohol y de la música). No sé cuándo volveré a esta cafetería y escribiré de nuevo, pero seguramente quedará en el ámbito privado (almaceno decenas de apuntes personales en el móvil). Hoy, sin embargo, he decidido compartirlo. Así que si has leído esto, puedes decir que has tomado un café conmigo.

Anuncios