No son culpables

Anoche fui al cine a ver la última película de Almodóvar, Julieta. Por qué fui no es una pregunta que pueda responder de una forma clara y sencilla: la industria, no sólo la cinematográfica sino la cultural en general, en cierto modo nos bombardea y aunque hay eventos, manifestaciones de arte que sé con certeza que no me van a gustar, de los restantes nunca estoy completamente seguro de lo contrario: tengo que elegir, por la amplitud de la oferta, porque no puedo permitirme ver todos los estrenos de la cartelera que me gustaría ver, ni leer todos los libros que me gustaría leer, como tampoco asistir a todas las exposiciones o ir a todos los conciertos que se celebran un fin de semana. Desde hace unos años vengo resolviendo esta disyuntiva a través de la intuición.

El shakesperiano título es muy atractivo. Para proporcionarles referencias, Pedro aconsejó a Adriana y a Emma que viesen una película cuya drama es escalofriante (Las horas). A uno de los críticos de cine más conocidos de este país no le gustó esta película, pero en su artículo me pareció percibir esa congoja cuando uno denigra a los genios (el genio con sus genialidades alcanza cotas tan altas que cuando se equivoca, no se equivoca del todo, no fracasa completamente, no se hunde, y esas cosas hacen que la crítica de este señor parezca larvada, pudorosa). Al leer a Boyero pensé: “A este tío hay algo del film que ha conseguido conmocionarlo: iré a ver qué es”. La mayor parte de la intuición es irracional, como el sonido de una ficticia campanilla en tu cerebro, la palabra que mejor se ajusta es ‘halo’.

Tiene un mensaje claro, cristalino: la culpabilidad. El salto temporal es fácilmente comprensible y ayuda al espectador a entender la transformación de Julieta. No contiene aristas, los vértices de la trama, los matices de la actitud en los personajes, a poco que uno se esfuerce por entenderlos, están meridianamente claros. Es el sentimiento de culpabilidad (brillantemente soterrado), un tipo de culpa silenciosa (de hecho la película iba a titularse Silencio), lo que imbrica y superpone los niveles en los que se mueve la historia.

Visualmente es sobria: creíble, pero sin abandonar esa mágica niebla de algunas escenas en las que sabes que estás viendo un cuento (y no un reportaje). Es dinámica, tiene un ritmo no trepidante, pero sí constante, eficaz. En este sentido, me gustan las historias en las que “cuando se da un paso, no se vuelve atrás”, no se incide en lo que presenta: avanza.

Las dos actrices bordan el papel. Es inevitable no relacionar la transición entre ambas (la Julieta feliz y la Julieta depresiva) con el cambio gradual en otro film de Almodóvar, La piel que habito. Este tránsito me ha gustado más que aquél.

Es un drama elegante, profundo y sorprendente

El final es sobrecogedor

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