Ser feliz (e infeliz)

No sé qué es la felicidad. Nadie ha conseguido explicarme en qué consiste ser feliz, todos han terminado contradiciéndose de un modo u otro, pero yo tampoco he podido trazar una línea recta.

Con estas escuetas frases una buena amiga, a quien pondré el ficticio nombre de Veremunda, dio por concluida una interesante charla sobre la felicidad de los seres humanos hace tres años, en la orilla de una playa, un precioso domingo de invierno. Mi amiga fue sobria y directa, pero pródiga con las palabras hasta que la conversación llegó a un punto donde seguir hablando era inútil. Veremunda solía vislumbrar muy rápido ese nudo del debate donde no se puede avanzar más. A través de aquel sabio mensaje, mi amiga me proporcionó paradójicamente una idea nítida sobre la felicidad, una reflexión que he ido corroborando con el paso de los años desde aquel inolvidable atardecer. El ocaso en el horizonte, el compás de las olas y la ambigüedad de la situación me atraparon; el crepúsculo sobredimensionó la veracidad de aquellas palabras.

Excepto los consejos que me proporcionan mucho margen de decisión y autonomía (como el de Veremunda aquella tarde), no acepto sugerencias de cómo vivir, no acepto ningún eslogan que me diga: «Eh, tú, mira, mira… esto es “lo más”». Soy como los gatos: es mejor no tratar de convencerme y dejar que sea yo el que tome la iniciativa. Sin embargo, no sé con exactitud qué son la dicha y la ventura; no sé qué es la felicidad. Veremunda y yo no podemos proporcionarte una fotografía inequívoca, un texto puro, o un cuadro inmaculado sobre ella.

Podemos empero invitarte a nuestro paseo por la orilla y dejar que las palabras se hundan en tu cerebro con el tenue martillo de las olas.

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