Una relación asimétrica

Existe —o tiene el alma— un estado de ánimo que a mí particularmente me sumerge en la imperiosa necesidad de escribir. Puedo reconocerlo con facilidad, pero ocurre en muy pocas ocasiones. Son momentos en que sé seguro que si me pongo a escribir, voy a parir un texto que me va a gustar lo suficiente como para subirlo al blog: éste es uno de esos momentos. Mi cerebro empieza —quizá por sí solo— a desarrollar ideas de una manera febril, comienza a bucear en las palabras y su dueño —yo, cualquiera que sea la definición que se le dé a este concepto— no puede hacer otra cosa que sencillamente complacerlo: encender el portátil y empezar a escribir. Escribir de forma compulsiva, como si el mundo se fuese a acabar y no le diera tiempo a él de vomitar lo que quiere decir, ni a mi de transcribir lo que finalmente voy a publicar.

Bailamos —él y yo— una especie de danza, o un tango, más bien. Y aunque su ritmo es estresante, aunque la presión a la que me somete es muy alta, sé que tengo que obedecer sus instrucciones, porque muchas veces soy yo el que quiere escribir —el que quiere bailar— pero él no comparece a la cita. Así que cuando mi cerebro quiere mandar su mensaje, no tengo otra alternativa que ponerme delante del ordenador; hay que aprovechar la oportunidad.

Debo decir también que quizá —y sólo quizá— el entorno puede actuar de interruptor, porque la situación que me rodea en estos momentos es idónea para que él comparezca y empiece su discurso: estoy oyendo la lluvia caer contra la ventana, es domingo, día típico de la semana en el que se instala el insomnio, de fondo escucho la Banda Sonora de la película El topo, de Alberto Iglesias, y además hoy he tomado una decisión importante. Es lógico que mi cerebro esté susurrándome qué teclas tocar.

Sin embargo, ésta es una situación intempestiva. Llegar a un acuerdo con él, que la mitad de las veces que él solicitase mis servicios yo me plegase a sus deseos, y la otra mitad que él viniera en mi ayuda cuando yo quiero escribir, sería idóneo, idílico, pero, lamentablemente, la nuestra es una relación asimétrica.

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