El silencio

Debo admitir que aquel momento me pilló por sorpresa, con la guardia baja: no lo vi venir. No deja esto de ser gracioso; lo veo venir todo, quizá porque ya lo he visto todo. He tenido otros momentos de inspiración, pero este me sobrecogió. Ahora —que ya pasó, y que ya puedo analizarlo con frialdad  y perspectiva— me doy cuenta de que hubo señales que anunciaban su llegada; durante toda la noche se fue tejiendo una atmósfera a mi alrededor; la niebla impregnó mis sentidos. Debí haberlo intuido, maldita sea. A veces no presto atención a las cosas que realmente merecen la pena, simplemente las disfruto, no trato de darles una explicación. Aquel día me equivoqué.

Fue el silencio más penetrante que yo he tenido el placer de disfrutar. La mayor ausencia de sonidos y, al mismo tiempo, la mayor carga de significado. Y terminó con el canto de un gallo, como una diminuta campana en medio del océano.

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