Oh, Quijote

Oh, Don Quijote de la Mancha, qué gran lección me ha proporcionado tu lectura.

Qué sabio fuiste, qué lástima que en este siglo en el que yo vivo no hayan personajes tan ilustres como tú. Cuánta valentía se necesita para afrontar el mundo de esa manera. Qué elegantes y extensos razonamientos esgrimiste para mantener tu postura. Cuánta fidelidad mostraste a la sin par Dulcinea del Toboso. Qué grande fuiste, Quijote, qué grande; qué sana envidia he sentido al leerte. Cuántos libros debiste leer para perder el juicio de ese modo. ¡Y cuánto viviste para recuperarlo de esa manera!

Qué ingenioso fuiste, Cide Hamete. Qué lúcido, por dios. Qué maravilla de escritura. Qué disección tan limpia de la condición humana; los retrataste a todos magníficamente.

Ah, Sancho, ¡cómo te entiendo! Qué buen gobernador hiciste aquellos pocos días.

Gracias, Cervantes, gracias.

He disfrutado muchísimo leyendo Don Quijote de la Mancha. Hasta ayer, yo pertenecía a ese tanto por cien de españoles que no ha leído uno de los libros más importantes de nuestra literatura. No recuerdo cuándo llegó a mí la noticia de que Andrés Trapiello había hecho una actualización de la obra, poniéndola en un castellano accesible, pero lo cierto es que en ese momento me llamó la atención el dato de que había empleado 14 años para llevarla a cabo. Cuando cogí la novela de una de las estanterías en la Casa del Libro, leí el prólogo de Vargas Llosa, quien compara este aggiornamento con la decisión de André Malraux, ministro de Asuntos Culturales del general De Gaulle, de limpiar las fachadas de todos los grandes edificios clásicos que albergaba Francia y que provocó «violentas protestas de eruditos y académicos según los cuales era una verdadera herejía privar a los grandes monumentos históricos de la reverente pátina con que los habían recubierto los siglos. Sin embargo, tiempo después cuando los tiznados y las manchas de polvo y mugre que los envolvían fueron desapareciendo […] prevaleció una suerte de unanimidad del autor de “Las voces del silencio” de actualizar el pasado cultural y volverlo al presente». Lo compré y lo leí, ya que disponía de suficiente tiempo libre para abordar un libro de esta envergadura. Es tan extenso que si le dedicas una sola hora al día, es muy probable que se torne largo y quizá no lo disfrutes.

El libro es una maravilla. No se puede escribir nada nuevo sobre él que no se haya escrito previamente. Desde la primera línea te cautiva y te somete. En el prólogo de la primera parte, Cervantes se muestra tan sensato, tan profundo y tan sabio que te conquista completamente desde un primer momento. Yo siempre tuve la certeza de que estaba leyendo algo muy distinto de lo que hasta entonces había leído. Genial. Increíble. Inconmensurable. No es un relato; es un universo infinito; es un libro espectacular. Las palabras se quedan cortas. La primera parte es muy buena. La segunda, música. La segunda parte no es una novela, la segunda parte de El Quijote es algo más.

Todas las historias que en él se cuentan son excelentes, pero, como en cualquier novela, hay momentos especiales que le hacen a uno quedar suspenso. Quiero rememorar en esta entrada uno de esos momentos. Unas líneas que me sorprendieron, que me sobrecogieron. Cuando terminé de leerlas, alcé la vista y no vi el entorno; estaba inmerso todavía en ellas.

Después de no sé cuántas batallas, disputas, debates, idas y venidas y un montón de rodeos en torno a la locura del caballero andante, llegan él y su escudero a la casa del duque, donde hay un cura que de forma tajante espeta a don Quijote las siguientes palabras:

 

     —«Y a vos, alma de cántaro, ¿quién os ha encajado en el cerebro que sois caballero andante y que vencéis gigantes y prendéis malandrines? Andad en buena hora, y en ella se os diga: “Volveos a vuestra casa y criad a vuestros hijos, si los tenéis, y cuidad de vuestra hacienda, y dejad de andar vagando por el mundo, papando viento y dando que reír a cuantos os conocen y no conocen”. ¿En dónde habéis vos hallado en mala hora que hubo ni hay ahora caballeros andantes? ¿Dónde hay gigantes en España, o malandrines en la Mancha, ni Dulcineas encantadas, ni toda la caterva de simplicidades que se cuentan de vos?».

     Atento estuvo don Quijote a la filípica de aquel venerable varón, y viendo que ya callaba, sin guardar respeto a los duques, con semblante airado y alborotado rostro, se puso en pie y dijo…

     Pero esta respuesta merece capítulo aparte.

     CAPÍTULO XXII DE LA RESPUESTA QUE DIO DON QUIJOTE A SU REPRENSOR CON OTROS GRAVES Y GRACIOSOS SUCESOS

Puesto, pues, en pie don Quijote, temblando de los pies a la cabeza como azogado, con presurosa y turbada lengua dijo:

—«El lugar donde estoy, y la presencia ante quien me hallo, y el respeto que siempre tuve y tengo al ministerio que profesa vuesa merced retienen y atan las manos de mi justo enojo; y tanto por lo que he dicho como por saber que todos saben que las armas de los que llevan toga o sotana son las mismas que las de la mujer, que son la lengua, entraré con la mía en igual batalla con vuesa merced, de quien se debían esperar antes buenos consejos que infames vituperios. Las reprensiones santas y bienintencionadas requieren otras circunstancias y piden ocasiones más oportunas: al menos, el haberme reprendido en público y tan ásperamente ha pasado todos los límites de la buena reprensión, pues estas asientan mejor sobre la blandura que sobre la aspereza, y no está bien, sin tener conocimiento del pecado que se reprende, llamar al pecador, sin más ni más, mentecato y tonto. Si no, dígame vuesa merced, ¿por cuál de las mentecaterías que ha visto en mí me condena y vitupera, y me manda que me vaya a mi casa a ocuparme del gobierno de ella y de mi mujer y de mis hijos, sin saber si la tengo o los tengo? ¿Es que se puede entrar a troche y moche en las casas ajenas a gobernar a sus dueños, y habiéndose criado algunos en la pobreza de algún pupilaje, sin haber visto más mundo que el que puede contenerse en veinte o treinta leguas de distrito, meterse de rondón a dar leyes a la caballería y a juzgar a los caballeros andantes? ¿Por ventura es asunto vano o es tiempo malagastado el que se gasta en vagar por el mundo, no buscando los agasajos de él, sino las asperezas, por donde los buenos suben al asiento de la inmortalidad? Si me tuvieran por tonto los caballeros, los magníficos, los generosos, los de alta cuna, lo tendría por afrenta irreparable; pero que me tengan por necio los que se dedican al estudio, que nunca entraron ni pisaron las sendas de la caballería, me importa un bledo: caballero soy, y caballero he de morir, si place al Altísimo. Unos van por el ancho campo de la ambición soberbia, otros por el de la adulación servil y baja, otros por el de la hipocresía engañosa, y algunos por el de la verdadera religión; pero yo, inclinado por mi estrella, voy por la angosta senda de la caballería andante, por cuyo ejercicio desprecio la hacienda, pero no la honra. Yo he satisfecho agravios, enderezado entuertos, castigado insolencias, vencido gigantes y atropellado vestiglos; yo soy enamorado, sólo porque es forzoso que los caballeros andantes lo sean, y, siéndolo, no soy de los enamorados lascivos, sino de los platónicos castos. Mis intenciones siempre las enderezo a buenos fines, que son de hacer bien a todos y mal a ninguno: si el que de esto se ocupa, si el que esto obra, si el que de esto trata merece ser llamado bobo, díganlo vuestras grandezas, duque y duquesa excelsos».

quijoteOh, Quijote, qué sabio fuiste.

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