Los cafés y la invención

Mi nombre es Romualdo Muñumer Espallargas, tengo 33 años y voy a contarte la historia más insólita que jamás pueda imaginarse. Ocurrió hace un año: el 11 de septiembre de 2014. Recuerdo de manera muy nítida todo lo que sucedió aquel día. Eran las 7:07 de la mañana cuando, al levantarme de la cama, noté algo muy extraño: mi casa estaba completamente en silencio. Vivo solo, pero no es a ese tipo de silencio cuando no hay nadie más en una casa excepto uno mismo al que yo me refiero, y tampoco a la típica quietud de esas horas de la mañana. Lo que quiero decir es que no se oía absolutamente nada, como no se oye nada en el interior de la cámara acorazada de un banco. Curiosamente, desde el exterior tampoco provenía ningún sonido. Decidí echar un vistazo a la calle a través de la ventana, así que levanté la persiana y vi por el cristal que no circulaba ningún coche por la avenida en la que resido, que, a pesar de ser tan temprano, me pareció muy desértica. Tampoco vi a ningún viandante.

Era tan inmensa la serenidad que transmitían las paredes y los muebles de mi habitación que empecé a sentir pánico al pensar por un momento que el silencio no era sino que me había quedado sordo, pero levantando la voz de forma exagerada dije: «¿Romualdo?» y me oí perfectamente. Sin embargo, aunque escuchar mi propia voz me tranquilizó, el miedo seguía presente y el silencio me oprimía, todo a mi alrededor estaba tan en calma que paradójicamente me inquietaba en lugar de relajarme.

Me fui al baño y al abrir el grifo de la ducha, empezó a salir… confeti. En condiciones normales, como pueden ser las de una fiesta, el coriandoli no molestaría a nadie lo más mínimo. pero, en aquellas extrañas circunstancias, salió con la misma presión que sale el agua, de manera que me picaba en la cara y en el pecho como pequeños alfileres al contacto con mi piel.

Ahora, carísimo lector, estarás quizá pensando que estas líneas son mentira y que no están basadas en hechos reales, pero no miento, lo juro, es absolutamente cierto que la mañana en que se conmemoraba el decimotercer aniversario de los atentados en el World Trade Center en la ciudad de Nueva York, el suelo del baño de mi casa se llenó con trocitos de papel de colores procedentes de la que bien podría denominarse como la más sorprendente, molesta y absurda ducha matinal.

Finalmente me dio por reír, claro, porque ver caer aquellos papelillos sobre el plato de la ducha era en definitiva una situación divertidísima. Cerré el grifo y pensé en lavarme la cara antes de intentar averiguar de dónde venía aquel confeti. Cuando abrí el grifo del lavabo… ¡salió cerveza! No quiero tomarte el pelo. Créeme, aquella madrugada el lavabo del baño de mi casa era un expendedor de cerveza. No podía parar de reírme, pensé que mis amigos me estaban gastando una broma con una cámara oculta o algo parecido. “Venga, va… cabrones… os estáis pasando” dije delante del espejo, mirando en todas direcciones, pues no sabía dónde habrían puesto la cámara.

Pero la casa continuó en su sepulcral silencio. Y el silencio no era divertido.

Desistí de mi aseo personal, me puse el albornoz y me fui a la cocina con intención de desayunar; ya tendría tiempo —pensé— de llamar a Cipriaco y a Casilda para preguntarles a propósito de aquella bromita, convencido, pero no del todo porque el silencio me hacía dudar, de que eran ellos los artífices del baño encantando. Encendí la televisión pequeña que tengo al lado del microondas, estaban dando las noticias. “… cumpliéndose de este modo las predicciones de la Agencia Estatal… Y a continuación, les ofrecemos la previsión metereológica para este jueves: Nieve, hasta las 12:33 del mediodía y lluvia, por si Vd. quiere sacar las macetas a la terraza, desde las 12:34 hasta las 14:17…”. Cambié de canal, pero salía el mismo. Cambié otra vez, pero parecía que sólo emitía ése. “Podrá tomar el sol y broncearse desde las 17:00 hasta…”. Apagué la tv.

“¿Qué mierda pasa aquí?”. Había visto en la pantalla al hombre del tiempo vestido con una falda escocesa y una camiseta de Los Angeles Lakers dar aquella ridícula predicción con un tono de voz como el que provoca la aspiración de helio, frente a un mapa de un país que no logré reconocer. Empecé a asustarme cada vez más, pero la reacción que tuve fue la de negar todo lo que me estaba ocurriendo.

Abrí la puerta de la nevera y vi un folio pegado a la botella de zumo donde podía leerse la siguiente frase: “Pero tío, con todo lo que cenaste anoche, no deberías desayunar”. Cerré de un portazo. Empecé a dudar de que todo aquello fuese una broma de mis colegas. Eran demasiadas cosas extrañas. Algo estaba ocurriendo en mi casa que yo no lograba comprender. Debía darme prisa para no llegar tarde al trabajo, pero la situación era tan excepcional que, superando el desasosiego que todo aquello me producía, decidí explorar el resto de la casa en busca de más sorpresas. 

En el espejo del recibidor del pasillo había un post-it que rezaba: “A ver si limpias un poco más la casa. Firmado: Tu casa”. En el salón… no sé muy bien cómo contarte lo que vi en el salón. Digamos que en las distintas partes del salón coexistían cuatro fenómenos atmosféricos distintos. La nieve se posaba mansamente sobre la mesa y había hecho un montículo sobre la misma que caía poco a poco por los bordes hacia el suelo. La lluvia se precipitaba sobre el aparador dejando varios charcos a su alrededor. El aire balanceaba los cuadros de la pared y parecía que los iba a descolgar de un momento a otro. Y el sol estaba en el centro de la estancia, dominando aquel insólito escenario. Era una locura, nada tenía sentido.

No quería creérmelo. “Ojalá todo esto sea un sueño” me repetía tratando de negar la evidencia. El silencio era lo peor de todo, ese pesado silencio fue el elemento que terminó por desequilibrarme. Aquella misma situación sin la escalofriante ausencia de sonidos en mi casa (y de gente y de coches en la calle) hubiese sido muy divertida, pero aquel hermetismo en el aire era desolador y mi reacción fue simplemente huir. Así que fui corriendo a la habitación y me vestí todo lo rápido que pude. Albergaba una diminuta esperanza de que cuando volviese del trabajo todo volvería a ser normal. Cogí las llaves al pasar por el recibidor, abrí la puerta y me lancé por las escaleras abajo. Bajaba por ellas a una velocidad de vértigo, en cada recodo de las mismas, cogía los pilares de sus vértices y saltaba los cuatro últimos peldaños de ese tramo y los cuatro primeros del siguiente de una sola tacada. Aunque vivo en el noveno piso, me planté en la recepción del edificio en poco más de un minuto. No quise coger el ascensor porque pensé que dentro de él el silencio podía ser todavía peor por las estrecheces del mismo.

Cuando llegué, nuestra portera, Saturnina Burunsano Crestán no se encontraba en su pequeño despacho tras el cristal. En su lugar, pegado en la pared amarillenta del fondo, se veía un enorme póster de una película cuyo título era “No volveré” y esparcidas por el suelo había cinco o seis señales como las de tráfico, que, sobre un fondo negro, contenían la palabra HESTOB en color blanco.

No entendía nada de lo que ocurría. Salí a la calle.

En principio, exceptuando el hecho de que no había coches aparcados, ni tampoco circulando, además de la ausencia completa de gente, todo parecía normal si lo comparaba con lo que había visto en mi piso hacía un momento. Me alejé del edificio andando, pero volví la vista hacia atrás en un par de ocasiones para mirarlo, recordando la extraña metereología del salón y sobre todo el silencio, que, aunque también estaba presente en la calle, al ser ésta un escenario abierto, yo lo podía soportar mejor.

No vi a nadie, todo a mi alrededor parecía un cuadro apocalíptico, sin coches, sin gente. Los edificios estaban como el día anterior, pero ese profundo silencio que todo cubría hacía que pareciesen ligeramente fantasmagóricos, aunque en su apariencia externa no había nada inexplicable.

Tenía hambre, no había desayunado. Decidí entrar en una panadería que me pilla de camino al trabajo y donde suelo comprar a veces al regresar a casa. Entré. No había nadie detrás del mostrador y esperé a que apareciese alguien por una de esas puertas que tienen una cortina con un montón de tubitos formando finas cuerdas. Intuía, como así finalmente ocurrió, que no iba a aparecer la dependienta. Dije: “¿Hola… hay alguien?”. Nada.

Salí otra vez a la calle y me quedé parado en la acera. “¿Qué tipo de broma macabra estoy viviendo? ¿Dónde está todo el mundo? ¿Qué coño pasa?”.  Empecé a gritar aunque sabía que no me escuchaba nadie.

Recuerdo con nitidez cuán angustiado me sentí de pie en aquella acera, pero, en aquel momento, a pesar de no entender absolutamente nada y tras no recuerdo cuántos gritos y cuántos lamentos, finalmente recobré la calma; seguía teniendo hambre. Volví a entrar en la panadería por segunda vez y pasé detrás del mostrador para coger un par de donuts de chocolate. Cuando los levanté del recipiente en el que estaban, vi una nota como la del post-it del espejo del pasillo: “Come fruta y haz ejercicio”. No le hice mucho caso.

En ese preciso momento acepté mi nueva situación…

 

 

 

NOTA. Estas líneas fueron escritas durante los momentos muertos que suelo tener cuando tomo un café después de almorzar. Ratos que, no sé muy bien por qué, decidí un día empezar a aprovechar, y en lugar de leer “lo que hay en facebook o en twitter”, empezar a escribir lo primero que se me ocurriera. Delante de aquel primer café —si no recuerdo mal hace ya más de tres meses—, me dije a mí mismo: «Inventa una historia. No importa la temática, escribe lo primero que te venga a la cabeza, ya sea absurdo o coherente».

La mayor parte de los días no inventaba nada nuevo, simplemente repasaba lo que ya estaba escrito, cambiando algunas palabras o algunas frases por otras que en ese momento me sonaban mejor. Es digno mencionar cuánto cambió el texto a medida que lo iba repasando. No me puse ni fecha límite ni ninguna otra obligación que no fuese escribir para evitar la tentación de abrir las redes sociales para “matar el tiempo”. Tenía igualmente que matar el tiempo, pero quise hacerlo con una actividad más productiva que la confección de un gracioso y efímero tuit. Así que a través de esos ratos que no duraban más de quince minutos fui poco a poco escribiendo la historia “Los cafés y la invención”.

Ahora en este último cortado con leche fría y sacarina, cuando Romualdo empieza a aceptar el agobiante silencio a su alrededor y las raras circunstancias que lo rodean, he decidido dar por concluido el relato, pero tengo la sensación de que podría dotar a su personaje principal de un entorno más rico y variopinto dentro de ese cuadro apocalíptico que ve por las calles, y de hacerle pasar innumerables momentos de angustia o de alegría. Esta sensación me recuerda a un artículo que leí hace un tiempo y en el que una serie de escritores contestaban a la manida pregunta de cuál es el consejo más importante que darían a un escritor joven.  We asked 8 famous authors for the most important advice they’d give to young writers. La respuesta que dio el escritor Jonathan Franzen me llamó poderosamente la atención: «If a character that you have written comes to life, this is unnatural and an abomination in the eyes of God. As its author, it is your duty to destroy the creature before it is able to escape and wreak unfathomable havoc upon the world. And believe me, it will try to escape. They always do».

 

Salvando la distancia casi infinita que me separa de un escritor, yo también creo que en cierto modo el personaje trata de escapar del mundo de la ficción.

 

 

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