Un recuerdo imborrable

Estas líneas son la respuesta a una buena amiga.

 

 

Los malos pesan más que los buenos, pero desaparecen antes.

Uno de los mejores recuerdos que tengo es cuando —con 19 primaveras— salí de mi casa rumbo a cumplir el ya extinto servicio militar obligatorio. Al contrario que todos mis amigos (los de mi quinta), yo por aquel entonces quería descubrir un lugar nuevo, quería que me tocase lejos, muy lejos. Éste era un deseo —un capricho según mi madre— que irritaba enormemente a mi novia y a todos los componentes de mi familia, ya que no podrían verme todos los fines de semana. A mí la adolescencia, sin embargo, me hacía no echar de menos ni a nadie ni a nada. Yo era, como todos los adolescentes son hoy en día, una especie de animal desbocado. Y así fue como finalmente ocurrió, en parte —si no recuerdo mal— porque se podía elegir destino y yo obviamente escogí entre tres plazas militares lejos (muy lejos) de donde vivía en aquellos años.

Podría escribirte infinidad de recuerdos del día de mi partida a la mili. También —¡cómo no!— de las historias que en aquellos nueve meses viví, pero hay un recuerdo nítido y exacto que no es en realidad una batallita, sino la huella de algo mucho más profundo. Un recuerdo imborrable: cuando bajé del tren y vi aquella nueva ciudad.

Hoy, con la distancia que otorga el tiempo —y no así en aquel momento—, sé que aquel día me sentí lo más cerca que un ser humano puede sentirse como un pájaro al volar. Si cierro los ojos, puedo ver aquellos edificios, las vías del tren y el puente, y recordar aquella temperatura tan distinta a la de la tierra de mis padres que había abandonado hacía unas cuantas horas. Y también el curioso acento del hablar de sus gentes, tan diferente del que yo estaba acostumbrado a escuchar.

Supongo que la belleza de esa estampa no es intrínseca a la ciudad; podría haberme tocado en cualquier otra y las sensaciones que habría tenido hubiesen sido las mismas. Aquel nuevo lugar era una especie de territorio virgen en mi mente. El recuerdo de andar por una de sus anchísimas avenidas y que estaba llena de frondosísimos árboles
—o al menos así me lo parecía a mí—
hace que me invadan una serie de sensaciones como muy probablemente ningún otro recuerdo pueda hacerme sentir.

Estimada amiga, mi recuerdo imborrable es el primer gran viaje que hice lejos de mi hogar. No sé muy bien cómo explicar lo que siento al rememorarlo. Lo más cerca que puedo acercarte con palabras a él es escribiendo: alas, ímpetu, novedad, ganas, libertad, sorpresa, suspense, alegría, descubrimiento. Como cuando permites a un niño jugar tras denegárselo varias veces porque puede hacerse daño.

Ése es uno de mis mejores recuerdos: mi primer viaje.

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