Gabriel en doscientas cincuenta y seis palabras

Aturdido, solo, desesperado, tratando de mantener la calma, pero siendo consciente de que vive en el caos. A su alrededor todo se derrumba, nadie oye sus gritos, nadie entiende sus pensamientos, nadie comprende sus peticiones. Gabriel, abandonado, desnutrida está su mente, ya no quiere vivir, sólo quiere dormir, ya no desea absolutamente nada. Gabriel no se reconoce en el espejo; el del espejo —piensa— es otra persona, alguien que ha llegado hasta ahí sin saber muy bien cómo. Dónde estoy —se pregunta—. El de la imagen no es él. El del espejo es muy feo, Gabriel era muy guapo, el del espejo está desesperado, él sin embargo es jovial y risueño.

—Dónde estoy, dónde me he metido, qué pasa, yo no soy ése, ¡yo no soy ése!

—Gabriel, dónde estás.

—No lo sé.

—Me oyes.

—Sí.

—Vuelve, rápido.

—No sé dónde estoy, no veo a nadie, todo está oscuro, sólo veo a un tipo en el espejo que pretende usurpar mi identidad. Pero, y tú, dónde estás.

—Estoy esperándote, Gabriel. Sal, sal rápido.

—No te veo, ya no sé quién es Gabriel.

—Eres tú, no te acuerdas.

—No, no me acuerdo, solo veo a un tío asqueroso en el espejo. Ayúdame.

—Tranquilo, respira hondo Gabriel. Debajo de ese monstruo estás tú.

—Debajo.

—Sí, debajo. Tienes que salir de ahí abajo.

—Pero no puedo, este tío imita todos mis movimientos, parece yo.

—Pero no lo es.

—Cómo lo sabes.

—Porque yo soy el verdadero Gabriel.

—No, yo fui el auténtico Gabriel.

—Y lo eres.

—No.

—Sí.

 

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