Tres pensamientos

«Siempre habrá alguien que sepa más que tú». Dada la cantidad y variedad de disciplinas a las que una persona se puede dedicar en su vida y ya que —de todas ellas— sólo se empleará a fondo en una en concreto, o quizás en dos como máximo, esa persona será oficialmente un ignorante en todas las demás. A mí esto me ocurre con frecuencia. Excepto en el campo donde se desarrolla mi actividad profesional, soy un completo desconocedor del enorme conocimiento que ha atesorado la Humanidad a lo largo de su historia, que está repartido en diversas materias y donde hay una ingente cantidad de expertos. Así, en este entorno de inexperiencia, ceguera e ignorancia, cuando entro en internet, leo artículos donde una serie de personas —que con el paso del tiempo, por cierto, parecen multiplicarse como lo hacían con el agua los Gremlins— se mofan de mi incultura, alardean de lo mucho que saben sobre un tema en concreto, y de paso me hacen notar lo poco que sé yo del mismo.

 

«Dar ejemplo no es la mejor manera de enseñar». El respeto no lo puedes comprar, no lo puedes exigir, no lo puedes imponer; el respeto es algo que se debe ganar, poco a poco, batalla a batalla. El respeto está representado por la solidez de un muro, versa sobre lo inquebrantable, su estructura está imbricada en un argumento indiscutible. Y mientras seas capaz de mantener en pie este muro, bajo estas premisas, a través de estas exigentes condiciones, mantendrás el respeto de los demás. Y lo conseguirás si lo haces dando ejemplo, porque dar ejemplo no es la mejor manera de enseñar, sino la única. Enseñarás y serás respetado.

 

«Dime de qué presumes y te diré de qué careces». Hay dos tipos de docentes: aquellos que hacen gala de su nivel intelectual y aquellos que se esfuerzan para que dicho nivel intelectual no se haga patente en ningún momento de la docencia. Los segundos suelen ser personas encantadoras, enamoradas del conocimiento, entusiasmadas con la profundidad de las ideas, despreocupadas del enjambre social de las vanidades —en el que los primeros son los reyes— y que de una forma casi mágica, sin que notes su condescendencia, te cogen de la mano y te suben al pedestal donde viven, para que puedas otear el horizonte, a esa altura donde ellos resplandecen. Los segundos —aunque el pedestal es un poquito más bajo— también están ahí arriba, pero a diferencia de los primeros no te dan su mano; te miran, obviamente, por encima de sus hombros y proclaman —gritan— la belleza de lo que ven, te enseñan a través de sus palabras lo que desde ahí arriba contemplan, pero se aseguran concienzudamente de que no puedas subir al pedestal, te proporcionan  los detalles más ‘importantes’ de la panorámica que ellos disfrutan. Los primeros piensan que nadie ha llegado más alto que ellos: falso, los segundos están un poco más arriba.

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