El ruido y la furia, William Faulkner

La historia de cómo llegué hasta esta novela y qué pensé al leerla es algo que merece ser escrito.

El origen. El viernes 26 de junio de 2015 a las 19:30 horas entré en una librería de LaCasadelLibro dispuesto a comprar varias novelas, mi presupuesto era de 50€. Durante las dos horas anteriores había estado en una tienda FNAC echando un vistazo a los libros de sus estantes, pero no había comprado nada en absoluto. Comprar es un estado de ánimo. Sin embargo, entré en la segunda librería firmemente decidido a gastar esa cantidad de dinero, no me preguntéis el porqué. Compré varios libros, uno de ellos el que da título a esta entrada, pero durante el sábado y el domingo siguientes, en una maratón de lectura (como si me estuviese metiendo un pico de heroína), leí una de las otras novelas que había comprado. El ruido y la furia, sin embargo, se quedó en las estanterías de mi casa junto a otros libros pendientes de leer. Tampoco sé por qué los voy acumulando.

El pasado lunes 13 de julio comenzaron oficialmente mis vacaciones. Con absoluta premeditación y alevosía esa mañana a las 5:45 cogí la novela. Minutos después del pistoletazo de salida a las 11:15, me senté en una cafetería y empecé a leer este oscuro e impenetrable libro.

William Faulkner. No soy un lector empedernido, he leído pocas novelas, aunque reconozco que llevo un tiempo obsesionado con la literatura. En la confección de la lista libros-que-tengo-que-leer, el apellido Faulkner salía muchas veces a relucir. Además de ser Premio Nobel de Literatura, parece haber consenso entre los intelectuales alrededor de este escritor: «Lean, lean a Faulkner» es una frase que he visto en infinidad de sitios, también que El ruido y la furia es una de sus mejores novelas, por todo ello la compré. Pero en esa cafetería, cuando empecé a leerla, me invadió un sentimiento muy desagradable: no entendía absolutamente nada. Esperaba encontrarme con un texto brillante, que me transportase, como me había ocurrido con otras muchas novelas, a un escenario bello y atrayente, descrito elegantemente por el autor. Yo esperaba un paseo.

La novela. Nada más lejos de la realidad. Al principio de la novela aparecieron muchos personajes en tropel sobre los que no conseguía descifrar claramente sus vínculos. Me llevé una ingrata sorpresa al comenzar su lectura. Pensé: «¿de qué cojones va esto?». Así que a las 12:00 horas de ese lunes, tras 45 minutos de incómoda lectura, me dije a mí mismo que estaba perdiendo el tiempo. Había sido una lectura pausada, dura, infructuosa, palabra a palabra, ladrillo a ladrillo en una pared que parecía no crecer. Cómo es posible, me repetía, que la gente recomiende un libro cuyo inicio me resulta tan poco cautivador. Dejé de leer.

Por la noche, ya entrado el martes 14, a la 1:45 de la madrugada, en mi escritorio y bajo la gélida luz del flexo, es decir, en un entorno más propicio para la lectura, seguí leyendo del mismo modo que se corre en los sueños: sin avanzar, frases y más frases, algunas de ellas pésimamente construidas. La relación entre los personajes era muy opaca, en absoluto desmenuzada, sino cruda, ininteligible, con escenas violentas, inconexas. Los saltos temporales eran ingobernables y apenas los podía entender. No disfrute ni una sola línea, sino todo lo contrario.

La primera parte. Estaba en la página 17 cuando me dije, así no puedes seguir leyendo, este libro es muy sombrío, necesitas tomarlo con más calma y leer con más detalle, so pena de disfrutar tanto con él como lo harías con un listín telefónico. Volví al principio del libro con el inquebrantable objetivo de diseccionar el texto que tenía delante de mí y sacar de él todas las conclusiones que fuese yo capaz, y así cuando un personaje concreto volviese a entrar en escena, saber con exactitud su identidad y su cronología (pasado o futuro), para no sentirme tan perdido como ocurrió la primera vez que lo leí; tenía que hilar la historia. Por tanto, en un gesto que me hizo aborrecer más la novela, decidí armarme con un folio y un bolígrafo y anotar todos sus personajes junto a las conclusiones que de ellos yo extrajese. Con esta segunda tentativa llegué un poco más lejos, 12 páginas más, a la 29. Pero seguía sin comprender la historia, mi capacidad de disección del texto se veía en un serio compromiso y, en un nuevo gesto horrible, decidí seguir leyendo aunque había flecos del relato que no entendía, la mayoría si soy sincero.

No dominaba el libro. Era tal mi desesperación que me asomé a la segunda parte en la página 77, vi entonces que el texto era más convencional en su estructura, con párrafos extensos que dejaban atrás esa especie de monólogo interior inconcluso de la primera parte, y pensé que mis dudas se disiparían cuando los leyese. Así que las últimas páginas de la primera parte fueron un auténtico embrollo, sólo quería llegar a la página 77 de forma agónica y desesperada. La anarquía del texto fue tan insultante que un determinado personaje apareció en un principio como varón y posteriormente salió a relucir como hembra: Quentin era su nombre. Yo no estaba entendiendo nada. Aquello no tenía ningún sentido. Era imposible que el autor se hubiese equivocado, el traductor tampoco podía equivocarse en el género de un personaje. ¿Es que no sé leer? ¿Pero este libro qué es? No importa, llega a la página 77, me repetía a medida que la historia ganaba terreno contra mí, haciéndose cada vez más indescifrable.

El principio de la segunda parte. Con muchas más sombras que luces, el miércoles 15 a las 3:10 de la madrugada, dejé atrás la primera parte. Ese día estuve leyendo la segunda, donde el narrador es una persona sórdida e inteligente, y en la que el autor, en un párrafo concreto [1], daba muestras de una exquisitez sin límites, pero yo desafortunadamente seguía sin entender la historia. Así que en el enésimo intento por mantener el hilo argumental de la novela y entender algo del texto que se me escurría delante de la retina, volví atrás para empezar a leer de nuevo la segunda parte, ya que todo se hacía oscuro nuevamente. Y en el súmmum de mi inopia, en ese preciso instante donde se recupera la capacidad de raciocinio tras un periodo de absoluta enajenación, en la página 79, hice algo que debí haber hecho muchas páginas atrás cuando no logré ni tan siquiera saber si Quentin era un chico o una chica: dije, basta ya.

Google y twitter. En esa maldita página 79 aparecieron los nombres de dos personajes que no recordaba haber leído con anterioridad. Su aparición no era muy relevante en el trascurso del libro, en realidad, podría haber continuado leyendo, pero este hecho actuó como un detonante; la gota que colmó el vaso: me enfadé. La inapelable conclusión que me torturó en ese momento es que necesitaba ayuda para leer esta obra. No era capaz de diseccionar el texto; admitir ciertos límites antes de intentar superarlos es algo positivo. Google debía tener la solución, así que empecé a realizar búsquedas sobre la novela y su autor, y en una de ellas leí que el apéndice final del libro contextualiza la historia, en esos momentos me pregunté qué sentido tiene leer las últimas páginas de una novela para después volver al principio. Era la primera vez que me encontraba en semejante tesitura. Decidí buscar en inglés y puse en Google: Should I read the appendix before reading The sound and the fury? La búsqueda me llevó finalmente a un texto de un experto sobre la obra de Faulkner. Por otra parte, las pesquisas en twitter me llevaron a un usuario que es autor de una espectacular reseña sobre este libro. Leí los dos textos y comprendí finalmente a qué me enfrentaba: una novela asombrosamente difícil de leer. El jueves 16 a las 16:00 horas (¡una vez más!), decidí leer nuevamente esta novela, empezando por el apéndice esta vez. Él, pensé, solventará mi confusión.

El apéndice. Con su lectura entendí el árbol genealógico de los Compson y, como no podía ser de otro modo con este autor, no fue fácil conseguirlo. Lo leí dos veces durante el fin de semana, la segunda para cerciorarme. El lunes 20 «empecé» a leer el libro por sus primeras páginas. ¡Una semana después de empezar su lectura volví a abrirlo por su portada!

Ayer, domingo 26, acabé de leerlo y ahora termino de escribir estas líneas.

La novela es una trampa. Me sumergió.

[1] Seguía allí junto a aquella mula flaca como un conejo, ambos andrajosos, inmóviles y pacientes, serenamente estáticos: esa mezcla de diligente incompetencia infantil y de paradójica precisión que firmemente los atiende y protege y les zafa de responsabilidades y obligaciones por medios demasiado evidentes para denominar subterfugios y que en caso de robo y evasión solamente les causa una admiración tan franca y espontánea para con el vencedor como la que un caballero sentiría hacia quien le derrotase limpiamente, y por otra parte una afectuosa y perceptible tolerancia para con las extravagancias de los blancos como un abuelo hacia los niños caprichosos e impertinentes, que yo había olvidado.

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