La belleza

No sé cómo definir la belleza, sólo puedo describir las cosas que me parecen bellas y contaros por qué me parecen bellas, pero no puedo definir la belleza en sí misma. No sé si alguien puede hacerlo.

Yo he sentido la belleza en cosas muy diversas: en la música, en la pintura, en los seres humanos (en algunos de ellos y en algunas ocasiones), en el amor y en el desamor, en la soledad, en la ignorancia, en la poesía, en un paisaje al atardecer, en una bolsa de plástico suspendida en el aire por el viento, en el universo, en la lectura. Y he llegado a la conclusióm de que, quizás, la belleza es «algo» que penetra en lo que me rodea, lo hace vibrar en una frecuencia específica y yo finalmente la percibo.

La belleza, además, es fastidiosamente efímera, desaparece y vuelve a aparecer cuando ella «quiere». Yo solía perseguir la belleza de las cosas muy a menudo y en la mayoría de las ocasiones no lograba darle alcance. Nuestra relación, sin embargo, mejoró desde el momento en que comprendí y acepté su autonomía; ya no intento acorralarla. Me limito a «rondar» los lugares que ella anida, pero ya no toco a su puerta.

Y no siempre estuve receptivo, recuerdo situaciones en las que me mostré completamente insensible a sus encantos. Hubo veces (hoy lo sé) en que la belleza resplandecía a mi alrededor y sin embargo yo estaba enfrascado en otros menesteres más terrenales, fácilmente tangibles, que me impedían apreciarla en toda su magnitud. Pero incluso años después puedo sentirla como un eco del pasado, como si el tiempo hubiese moldeado la caracola con la que hoy (nítidamente) puedo vivirla en su máxima expresión.

Mi memoria la cataliza, o quizás es aquella belleza la que espolea mis recuerdos.

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