Aquellos días

Nunca olvidaré aquellos días. Son un pequeño patrimonio que viajará siempre conmigo; algo de lo que no me podré jamás desprender. Me calaron muy hondo, se enraizaron dentro de mi, y no hay forma de extraerlos sin desgarrar la piel, sin romper su envoltorio. Puedo cerrar los ojos y revivir todos los detalles. El cielo era asombrosamente azul, hacía un calor sofocante, todos parecíamos disfrutar enormemente de aquellas altísimas temperaturas. Éramos una comunidad en armonía, aunque ninguno de nosotros era consciente de ello. No sabíamos cuán perfecta era nuestra relación. Todo brillaba. Todo. Era tan bonito que, ahora mientras lo escribo, pienso si quizá lo estaré exagerando. No, no exagero. Todo lo contrario. Aquellos días fueron bellísimos. «Abrí los ojos al mundo» y vi su belleza, aunque yo tampoco era completamente consciente de ella.

Las primeras notas de una famosa ópera hacen que visualice aquel cielo azul. Ahora, en este preciso instante, en un vídeo de youtube, las estoy escuchando. Ahora vuelvo a ver aquel dominante y dulce firmamento. Qué lástima no haberme dado cuenta en su momento de tanta hermosura a mi alrededor. Qué lástima. Sólo me queda esa ópera, sólo me quedan esos acordes. Tiran de mi con una fuerza que no consigo describir con palabras. Sentado en aquel banco de madera, los escuché por primera vez en mi vida. Los instrumentos de los músicos brillaban con un resplandor enorme; aquel brillo proporcionaba vida a quien se fijase en él. Yo era un niño y los adultos me miraban (ahora lo entiendo) de una forma muy extraña. Me gritaban en silencio: “¡¿Qué no te das cuenta?!”.

No, no me di cuenta, maldita sea.

Maldita sea. Me he dado cuenta tarde.

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