Viajar y soñar

El tren en el que viaja Alberto, desde que ha entrado en las afueras de la ciudad, ha aminorado su marcha, pero ahora mismo su ritmo es todavía mucho más lento, grotescamente pausado, como el desfile de una comitiva, como si el maquinista quisiera que los viajeros mirasen por las ventanas y se maravillasen del destino al que llegan. La ciudad tiene un río con un enorme caudal que baja increíblemente deprisa, como en las inundaciones; en cierto modo da miedo verlo. La vía va paralela al río, en la orilla de enfrente hay un nutrido grupo de personas que saludan a la llegada del tren. Todas ellas van vestidas con trajes de color negro y enormes sombreros rojos, agitan sus brazos como si la llegada del ferrocarril fuese algo que jamás hubiesen visto en sus vidas. Qué extraño, se dice Alberto, quizá el ayuntamiento ha decidido dar la bienvenida a sus visitantes de una manera original. Él piensa que es una auténtica lástima que esta ciudad no sea su destino. Tras la parada en la estación, entra en el vagón un joven de no más de 16 años que va vestido con unos pantalones vaqueros negros y una camiseta de un equipo de baloncesto norteamericano que Alberto no sabe identificar por sus siglas, ambas prendas son cuatro o cinco tallas más grande que las que le correspondería al chico por su corpulencia, tan desmesuradamente grandes que no se puede ver qué tipo de zapatos lleva porque, literalmente, arrastra el camal del pantalón por el suelo. Completan la indumentaria del chaval una gorra amarilla puesta del revés, con la visera en la nuca, una mochila de color verde y unos auriculares en sus orejas, cuyo cable blanco sale por un pequeño compartimento de la parte lateral de la mochila. El chico toma asiento justo al otro lado del pasillo, entre ellos dos hay una distancia aproximadamente de un metro, pero Alberto puede escuchar perfectamente el leve cuchicheo de la música que el chaval está escuchando, porque debe llevarla con un volumen muy alto. Tras aquella parada, cuando el revisor pasa por el vagón y pide al extraño baloncestista que le muestre el billete, resulta que el joven no lo ha comprado; intenta viajar gratis en el tren. El revisor le pide que le acompañe y ambos abandonan el vagón. Pocos minutos después, cuando las personas que viajan en ese vagón todavía están comentando la fallida jugada del granuja, irrumpe, por la parte opuesta por donde se fueron el joven y el revisor, una mujer rubia de unos 40 años, vestida con una minifalda azul y una blusa gris. La mujer jadea como si hubiese estado corriendo por el tren, se ha detenido justo en la mitad del pasillo, a la altura del asiento de Alberto. La mujer rubia se agacha ligeramente y apoya sus manos en las rodillas, da la impresión de que huye de alguien porque, mientras recupera el aliento, no deja de mirar hacia atrás. Justo inmediatamente después aparece en escena el mismo chico que hacía unos momentos se había marchado con el revisor, pero por el otro lado, por el mismo que ha llegado la mujer rubia. El chaval lleva la misma ropa, pero, en esta ocasión, la talla es la adecuada, y los auriculares son de color negro y muchos más grandes que los que llevaba la anterior vez. Cuando la mujer rubia y el joven se abalanzan entre ellos para, indudablemente, agredirse, se escucha un grito al fondo del pasillo que detiene lo que parecía una inminente pelea; es el revisor que impide la disputa; cuando él se acerca a la pareja y está a escasos centímetros del hombro de Alberto, este último repara en un hecho muy extraño: el traje del revisor es cuatro o cinco tallas más grande que la que sería recomendable. Ahora el revisor se gira hacia Alberto y le dice: “¿No pensaba Vd. hacer nada? ¿Iba a dejar que esta pareja se pelease?”. Entonces el revisor, tras dar al chico su pequeño block de color negro donde lleva el registro pormenorizado de los viajeros y de sus correspondientes asientos, se sube las mangas de su enorme traje, agarra a Alberto por el hombro y empieza a zarandearlo. Lo sacude con una cadencia que coincide con el suave y lento balanceo del tren al abandonar la ciudad. Alberto trata de zafarse de él, pero el revisor tiene una fuerza desmesurada, la regularidad de sus tirones es exactamente la misma que la del vaivén del ferrocarril; podría decirse que el empleado y el tren forman parte de un mismo ente. En la última sacudida el costado de Alberto topa bruscamente con el reposabrazos y… el dolor le despierta; estaba soñando.

El vagón está vacío, el tren llega a una nueva estación, va despacio, con su típico traqueteo. No es su destino, piensa Alberto. Vuelve a recostarse, quiere seguir soñando; viajando.

Anuncios