Mensajes escritos y sonoros #Relato

Marco está en el centro de un camino sin asfaltar, con muchos matorrales en sus bordes y con enormes piedras blancas. Se trataría de un recorrido difícil de transitar para un vehículo, que obligaría a cualquier caminante a mirar hacia el suelo para esquivar los cantos y los pedruscos que pueden hacerle tropezar. Una pendiente ascendente y ligeramente curvada hacia la derecha es la forma que adopta el camino. Marco está de pie, inmóvil, mirando hacia donde se pierde la vista, hacia donde no se sabe con exactitud si el camino llega o no a su final. El cielo está completamente despejado, muestra un azul radiante y tierno, la ventisca compensa el calor de una atmósfera tan abierta y rasa. A ambos lados se extiende el bosque con innumerables pinos; es frondoso y su tupida naturaleza hace que no pueda verse más allá de cincuenta metros en su interior. El aire provoca un sonido en los árboles con el que Marco se siente identificado; una huidiza sonoridad; un runrún suave y terso. Marco mira hacia delante y su mirada es la típica mirada de alguien que ha tomado una decisión irreversible. Recorrer aquel camino en cierto modo supone para él una aventura que no está completamente seguro de si podrá concluir, pero sí decidido a empezar.

Marco viste un esmoquin negro, camisa blanca y pajarita de color escarlata. El fajín es del mismo color que la pajarita, pero no está en su cintura, sino en el suelo, entre dos rocas, al lado de sus zapatos de charol con cordones. Marco tiene las manos dentro de los bolsillos del pantalón, su mano derecha coge el mechero y la izquierda nota el roce del teléfono móvil.

«Está bien, allá voy» son sus palabras antes de dar el primer paso, pero cuando trata de levantar la rodilla derecha para empezar a andar, percibe que le cuesta mucho realizar dicha acción, se siente pesado y lento, y esa primera zancada ha significado un enorme esfuerzo, un sacrificio que automáticamente le ha hecho deducir que recorrer aquel camino es cuanto menos un objetivo inalcanzable. Sin embargo, Marco está decidido a recorrerlo. Cree que si aprieta más sus dientes conseguirá vencer esa fuerza que proviene del suelo y que le impide andar con la rapidez deseada. Así que agarra con más brío el mechero de su mano derecha, cierra también su mano izquierda y, con una determinación impropia de él y que podría decirse que jamás en su vida había sentido, trata de levantar en esta ocasión su pierna izquierda, pero, desafortunadamente, comprueba que aquella fuerza que lo maniata al suelo es ahora mayor y no puede ni siquiera despegar del terreno la suela de su zapato.

Ahora Marco siente impotencia, un sentimiento que se ha adueñado de él en muchos periodos de su vida. Sentirse impotente es algo a lo que en cierta manera se ha acostumbrado durante estos últimos años, así que su primer pensamiento tras fracasar en su segunda zancada es el de abandonar su objetivo de recorrer aquel pedregoso camino. Siempre abandonó todos los objetivos que se propuso, por lo que no ve inconveniente ni contradicción alguna en desistir de esta nueva empresa. El sonido de los árboles, a pesar de la amarga derrota que supone reconocer su impotencia para andar, sin embargo, sigue acariciando su sentido del oído, y Marco imagina que esta hermosa cadencia le está sugiriendo que debe recorrer el camino, por muy costoso que sea el esfuerzo. Marco está convencido de que ese sonido entre las copas de los pinos es un mensaje escrito y sonoro; su belleza le permite mostrar esta dualidad.

Con el paso de las horas, la inmovilidad de Marco se acentúa, no puede sacar las manos de los bolsillos, incluso no puede ni parpadear, sus ojos han quedado fijos en el horizonte, el fajín ha empezado perder su color original para mimetizarse con las rocas y lo peor de todo es que Marco, en un gesto caprichoso, incoherente, necio y pueril, uno más de los incontables ejemplos de su maniquea vida, ha decidido que el aire y su sonido ya no le agradan, sino todo lo contrario. A su mente llegan pensamientos negativos; sólo quiere marcharse de aquel lugar, de aquel bosque y de aquel maldito camino que nada tienen que ver con él.

De forma sorprendente y con una agilidad que no hubiese podido imaginar un par de minutos antes, Marco se agacha y coge su fajín, vuelve a incorporarse, se da media vuelta y comprueba con desconcierto que a unos metros de él está su AudiA3 con el motor en marcha y con la puerta del conductor abierta. El coche está posado sobre una carretera asfaltada, que limita con el abrupto camino.

Marco finalmente se marcha sin mirar hacia atrás; las ramas de los pinos siguen balanceándose, su mensaje sonoro y escrito permanece en el bosque.

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