Entrever el futuro

Para mí hoy es una fecha muy señalada: el aniversario de mi primera relación, con mi primera novia. Ha pasado mucho tiempo desde aquel momento, que recuerdo con cariño y sincero afecto. Retengo una nítida fotografía en mi mente de la timidez que solía sentir en aquellos años y que, por cierto, contrasta con mi despreocupación y descaro actuales.

Si, aquella noche, en el preciso instante que le dije que me gustaba, y en el que le cogí la mano por primera vez, hubiese aparecido un viajero del futuro y me hubiese dicho el devenir de mi relación con ella y me hubiese contado los episodios convulsos que iba a tener en mi vida, no me lo hubiera creído; habría tildado de loco a ese viajero del tiempo. Esa hipotética escena hubiese sido grotesca, rara, oscura, incierta, incomprensible, difícil, incómoda. Ella y yo nos habríamos puesto de muy mal humor, porque alguien habría interrumpido nuestro dulce momento. Sin embargo, no ocurrió así, la realidad fue que los dos estábamos cobijados por un espectacular cielo estrellado, el mismo cielo que puede verse ahora en estos momentos, en una tibia noche al estío cercana, de aquel mítico e imborrable verano del 92. Quién me lo iba a decir, me digo: nadie. El futuro no se puede entrever. El viaje en el tiempo hacia el pasado es imposible. Y si, por una remota casualidad, querido lector o lectora, no estás de acuerdo con mis dos anteriores frases, he de decirte que aunque tuvieses razón, a mí aquella noche, en aquel portal, mientras miraba sus ojos y deseaba besar su boca, nadie podría haberme convencido de ello.

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