Miedo a la muerte

Hace unos meses, en una mañana gris, durante la hora del almuerzo en el trabajo, mantuve un pequeño debate, sobre el miedo a la muerte, con un compañero que había escogido el mismo turno que yo para almorzar. Él me dijo, de manera abierta y directa, que siente miedo a morir, que suele darle muchas vueltas a este asunto y que está abrumado en cierto modo por ello. «Le tengo miedo a la muerte, al dolor y a la indigencia». Ésas fueron las palabras exactas que él empleó y que han motivado esta entrada. Le contesté que no tiene sentido preocuparse por la muerte, que su llegada es inevitable, que todos nos morimos, que nadie escapa de ella. Le dije, además, que tenía que vivir sin pensar en ese momento. «Vive a tope» fue mi grotesca recomendación. Creo que la franqueza de su confidencia actuó como un resorte en mí y finalmente le solté una serie de convencionalismos que, si alguien me los hubiese dicho a mí, tras vomitar una confesión tan sincera y desgarrada como la suya, no hubiese dudado ni un momento en finiquitar la conversación de inmediato. Sin embargo, ahora, mientras escribo estas líneas, si quiero ser honesto conmigo mismo, debo decir que también estoy muy unido a la vida, tanto que me asusta la idea de soltarme de ella. Yo también tengo miedo a morir, al menos, la mayor parte de las veces porque, no obstante, hay ocasiones en las que voy un poco más allá y ese miedo se desvanece, se atenúa, se difumina. La turbación sigue presente, pero acuden a mí otros pensamientos como la curiosidad por saber qué habrá detrás de ese tránsito. Al fin y al cabo, me digo, en un vano intento de desembarazarme del apego a la vida, que algún día descubriré qué hay al otro lado de ese gran telón. Como cualquier otro ser humano, yo tengo inquietudes y objetivos que realizar, gente a la que amo y a la que quiero seguir viendo durante muchos años, pero un día plegaré esa cortina; la muerte supondrá el broche al periodo de tiempo al que yo llamo «mi vida». O quizá sea al revés, quizá sea como dijo la escritora Virginia Woolf. «Life is a dream. ‘Tis the waking that kills us».

Cuando mi compañero se fue hacia su puesto de trabajo, me pregunté hasta qué punto fui sincero en todo lo que le había dicho.

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