la – meta – Cómo – alcanzar

Me gusta mucho leer; me paso las horas muertas leyendo en mi habitación, en las estaciones de autobuses, en los parques de las grandes ciudades y en todo tipo de cafeterías. Cuanto más me sumerjo en la lectura, mayor es la sorpresa que me llevo al alzar la vista del papel y al comprobar que el mundo de palabras, líneas y párrafos no era sino una imagen evocada por mi mente. Sin embargo, una levógira interpretación de todo lo relacionado con la literatura aparece por arte de birlibirloque en algunas ocasiones, y una imperiosa necesidad de escribir me invade en esos momentos. (Quizá éste sea uno de ellos: no lo sé.) Y me pongo a ello. Escribo. Me dejo llevar a través de la precisión y la ambigüedad de la génesis de las frases. Pero no me gustan mis escritos; la mayoría de ellos terminan en la papelera. Al leerlos, no sin angustia e insatisfacción, me doy cuenta de que no son lo que quiero decir. En esos momentos me pregunto a mí mismo qué es lo que quiero, dónde está la meta. Y me contesto que la meta está delante de mis propias narices, pero no puedo llegar hasta ella.

«Quizá nadie puede llegar a la meta

La sorpresa. Microrrelato

La principal característica de la sorpresa —disculpad de antemano la redundancia— es que acontece en un inesperado momento, llega, la mayor parte de las veces, en el instante más profundo de la monotonía, cuando tus pensamientos parecen incluir todo el abanico de posibilidades, cuando crees saber. Hay, además, una especie de bruma inamovible —justo antes de su aparición— que te envuelve y te subyuga por completo. Cabría aquí incluir la metáfora de cuando conduces por una autovía, por una larguísima recta, en una noche muy cerrada, cuando la rítmica cadencia de aparición de las señales de tráfico es absolutamente imperturbable y, sin embargo, mediante un fenómeno inasible al intelecto, a través de esa espesa niebla, aparece ella: la sorpresa. Creo que es inútil intentar analizar la génesis de ese acontecimiento; sencillamente ocurre.

El velo incorpóreo que precede al sobresalto —alrededor de quien esto escribe—  se traducía ayer por la tarde en una situación muy frecuente: salgo de mi casa; son las 3:32PM, bajo andando por la calle; observo las balanceantes ramas verdes de las palmeras recortándose contra el más puro azul celeste; los mismos balcones; la esquina y el paso de peatones de siempre; llego al bar y entonces…

Apodo 5×10. Microrrelato

Un señor de unos cincuenta años de edad estaba sentado en un taburete en la barra de un bar, tomando una cerveza mientras un fotógrafo de los llamados paparazzi, apostado como un francotirador en la acristalada terraza del bar de enfrente, lo espiaba con un enorme objetivo de 500mm. Detrás de la barra, un camarero secaba parsimoniosamente la vajilla y la iba colocando entre unas guías de hierro sujetas en la parte más baja del techo a poca distancia de su cabeza. Un joven matrimonio y su hija disfrutaban de la merienda a escasos metros de donde se hallaba nuestro cervecero personaje, sentados a la derecha de la enorme vidriera del bar. De la televisión emergían imágenes sin sonido de un partido de fútbol. El lance del juego que aparecía en la pantalla era un saque de esquina desde la escorada perspectiva del lanzador junto al banderín.

En un momento determinado, una mosca se posó de forma inadvertida encima de la lente del fotógrafo, y cuando éste captaba la instantánea —nosotros creemos que 233ms antes—, alzaba el vuelo aquélla para dirigirse hacia las macetas de un bonito balcón situado en la parte superior de la primera cafetería y, finalmente, acabar posándose sobre el enorme cristal. Los amplios ventanales de ambos locales estuvieron enlazados por los horizontales haces de luz que iban desde la silueta del cincuentón hasta la oscura circunferencia de la lente, y por la trayectoria irregularmente parabólica de la mosca, tras (pero nosotros creemos que fue antes de) el disparo de la fotografía.

¿Cuál de los dos elementos de esta escena, los fotones de luz o la mosca, crees que llegaron antes a sendas y opuestas cristaleras?

Te equivocas: fue la mosca la que llegó antes. Es más, este señor de 50 años (a quien me referiré de ahora en adelante con el numérico apodo de 5×10) tenía una capacidad auditiva fuera de lo común. Percibió el sonido de la mosca en el cristal y de inmediato se agachó y se giró hacía su derecha, de manera que la foto finalmente no registró su rostro.