El corazón de la moneda

Cuando Arturo Sanz Ríonegro se despertó, el primer pensamiento que vino a su cabeza fue que debía mandar a su editor esa misma mañana, sin falta, el cuento que iba a ser publicado en una importante revista cultural de la ciudad. Un cuento que él aún no había escrito; sobre el que no había esbozado ni una mísera idea. Muy a menudo, Arturo Sanz Ríonegro decía que es más estresante la obligación de hacer una cosa que esa cosa en sí misma. Pero a pesar de esta brillante reflexión, que solía esgrimir cuando llegaba el plazo de entrega de los trabajos, Arturo, nada más abrir los ojos, se sintió profundamente preocupado; estresado: sólo tenía un par de horas para escribir un buen cuento y mandárselo a su editor.

Se levantó de la cama y se dio una ducha rápida. Tomó un desayuno que más bien parecía una opípara cena: con una tortilla de tres huevos, jamón serrano frito, yogur líquido y café. Mucho café. Tras esta considerable ingesta de calorías, encendió el portátil y se puso a escribir.

Al principio, como es natural, no se le ocurrió nada; veía la hoja en blanco del procesador de texto y en su cabeza no fluía la imaginación, sino breves estallidos de palabras o frases. «Érase una vez un niño abandonado en un oscuro bosque… Cuando Lucía llegó a casa, vio a su mascota…». Mientras aquellos destellos inundaban su mente, Arturo percibía el eco del desayuno en su garganta. El vigor típico de las mañanas se abalanzaba sobre las yemas de sus dedos, pero su pensamiento no se acoplaba al modo literario. Apartó la vista de la pantalla y decidió reflexionar sobre el relato que quería escribir. Recordó las sabias palabras del escritor estadounidense Edgar Allan Poe.[1]

Varios conceptos le resultaban particularmente útiles en sus cuentos; una serie de conflictos primarios, algunas preguntas fundamentales, de donde surgían a veces grandes historias. Por ejemplo, cómo representar en un relato la íntima relación dual entre el amor y el desamor. ¿Tendría ese texto las mismas características si, en lugar de sentimientos, fueran los bienes económicos de una persona los que se expusieran en la narración? ¿Son equivalentes hombre rico y hombre enamorado? ¿Existe algún paralelismo entre la pobreza y el desamor? Hay algo maravillosamente difuso que enlaza los dos polos opuestos de un mismo ente. El corazón de la moneda. ¿Cómo podemos relacionar la sabiduría y la ignorancia con la felicidad y la desgracia? Quién es más dichoso: ¿el sabio o el tonto? Quién, el erudito: ¿el alegre o el desgraciado?

Arturo divagaba y divagaba sobre estas cuestiones… y ni una escuálida frase llegaba a la página en blanco. Tenía que escribir, y tenía que hacerlo rápido, pero aquel día la musa literaria que tantas veces le había susurrado al oído innumerables párrafos estaba sumida en un completo silencio.

De repente, de forma sorpresiva, sonó el móvil: era Miriam.

—Sí… dime.

—Arturo, llegaré un poco tarde —la voz de su esposa sonaba virtualmente acompasada con los ruidos de la calle y el tráfico rodado—, voy a pasar por casa de mi hermana que me llamó anoche por teléfono.

—Vale… vale.

—¿Quieres que te suba algo después?

—No, gracias… ¿Has terminado muy cansada?

—Ha sido una guardia tranquila; he dormido cinco horas del tirón.

—Mejor… mejor.

—Oye, ¿te apetece salir luego a comer?

—Tengo trabajo pendiente.

—¿Cómo llevas el cuento?

—He… he empezado un pequeño boceto.

—No has escrito nada todavía, ¿verdad?

—Ni una sola frase —dijo Arturo al mismo tiempo que se reía—, pero estoy avanzando de forma considerable.

—Si sigues así, llegará un momento en que Javier no contará contigo para la revista.

—Le gustan mis relatos.

—Le gustan… cuando los escribes,

—El arte literario es muy complejo, cariño.

—¡Tú eres complejo!

—Te quiero…

—Yo también te quiero. Luego nos vemos.

—Hasta luego.

Colgó.

Miriam veía la vida de un modo más nítido que Arturo. Ella trabajaba como médica en un hospital de la ciudad y afrontaba su experiencia vital de una manera eminentemente científica. Arturo, sin embargo, no era tan fácil de etiquetar.

El corazón de la moneda; la fuerza intrínseca y oculta que vincula los extremos de las cosas. «Me gusta esta idea.» pensó Arturo y decidió seguir buceando en sus profundidades, concretamente, en el cruce de las distintas posibilidades. Tal y como ocurría con la felicidad, la desdicha, la ignorancia y la sabiduría, ahora reflexionaba Arturo sobre la erudición, la incultura, la cortesía y la ordinariez. Y tal fue el ensimismamiento en las preguntas que de esas cuestiones se derivaban que, felizmente, Arturo al final entró en modo literario.

«Puedo continuar hasta el infinito. Puedo plantear la misma reflexión sobre dos cualidades diferentes y sus respectivas cuatro polaridades, sin llegar, en ningún caso, a una eventual respuesta satisfactoria. ¿Son, por tanto, la nada y el todo similares? Nunca podré responderme a mí mismo. Esto me lleva a pensar sobre la escritura, acerca de los escritores productivos y los escritores improductivos, y cómo se relacionan estos dos grupos con la alta o baja calidad literaria.»

En ese momento, como la cuerda que recorre un millón de poleas hasta llegar a la última de ellas, podría decirse también que como por arte de magia, la mente de Arturo se iluminó.

Javi, no esperes mi cuento, al final no he escrito nada. Te preguntarás por qué. Pues porque he reflexionado detenidamente sobre la producción (o improducción) literaria, y sobre la calidad (o la ausencia de la misma) en esas producciones, en esos relatos. He llegado a la conclusión de que para alcanzar la excelencia en la literatura es necesario, me atrevería a decir imprescindible, no escribir nada; absolutamente nada. Sospecho, no obstante, que en algún universo paralelo existe un escritor que está narrando mis peripecias en uno de sus cuentos.

Esa persona, al revés que yo, está representando la nada con el todo.

[1] “Jamás debería la pluma rozar el papel hasta que al menos un propósito general bien asimilado hubiera sido establecido.”

Anuncios

La vida… en Internet

Hay algo profundamente desasosegante en la actualidad que tiene lugar online, es decir, en la retahíla diaria de clicks que el smartphone me ofrece desde que me levanto por la mañana hasta que me acuesto por la noche. No sé muy bien cómo definir este sentimiento.

O quizá sí…

Las situaciones que suceden a mi alrededor y que me llegan a través de la web, en ejemplos como: una noticia de ÚltimaHora; un vídeo de un gato haciendo filigranas; una muy seria reflexión de un amigo de facebook sobre cómo combatir el terrorismo; una foto de un compañero de trabajo con bañador y gafas de sol en una playa de Valencia; la corrupción política del gobierno; el hambre en el mundo; el nuevo iPhone; la previsión meteorológica del tiempo que hará mañana; un robo en una joyería de una gran ciudad; un incendio provocado en los bosques de Galicia; una estadística sobre accidentes de tráfico; un vídeo de un perro muy cariñoso; el último modelo de zapatillas de la marca Asics; la nueva novela de Fulanito; un tuit que… habré olvidado a los tres segundos de haberlo leído; el incremento de las exportaciones de vino en una región de España que no sé ubicar en el mapa; filosofía para salir de la depresión; 10 consejos para perder 5 kilos en 1 mes; Fulano de tal —con quien hace mucho tiempo que no cruzo ni una sola palabra— es ahora amigo de Fulano de mascual, son todos ellos eventos efímeros hasta la náusea. Efímeros en un grado superlativo; no colman ningún vacío.

No sacian ninguna inquietud.

Una aproximación medianamente racional a lo que me ofrece Internet a través de mi móvil me muestra, con amarga virulencia, que toda esa infoxicación no llega a buen puerto sino todo lo contrario; no permea en mi cabeza, mi ser no la retiene; la detesta pese a que actúa ejerciendo una fuerte dependencia. Yo no digo que esa serie de “cosas” no cumplan una función; no son absolutamente irrelevantes, pero han usurpado un lugar de mi cerebro que a todas luces no les corresponde. El combustible que mi mente anhela no viene de la pantalla de mi Samsung. Los ciudadanos, anestesiados por esta absorbente moda (yo el primero), no rumiamos el aprendizaje que nos proporciona el hecho de vivir; estamos sumidos en un estado contínuo (monótono) de sobreconsumo a través de las redes.

No existen los lunes

Cuando yo era más joven, los lunes se apagaban los focos del escenario. El día anterior (domingo) la pandilla de amigos habíamos leído juntos la cartelera del cine en el periódico y habíamos decidido qué película ver. El sábado habíamos comprado discos de vinilo, habíamos compartido con fervor las novedades de toda la semana y nos habíamos emborrachado por la noche, pero, el lunes, el lunes daba entrada a una especie de serena reflexión de todas nuestras experiencias. Los lunes eran, en contraposición a los fines de semana con sus garitos en la playa, como el aire fresco de la montaña. Existía un equilibrio natural entre comer y digerir.

Hoy, sin embargo, no paramos de comer. Comer. Comer. Comer. Sin apenas masticar ya esperamos la nueva comida. Las cosas que compramos caducan a una velocidad que nadie parece entender pero que todos asumimos con naturalidad. El paradigma de este hiperloop son las redes sociales. Es paradójico, es muy paradójico; cuanto mayor es la oferta, menor es la demanda (al menos por mi parte). De hecho, en un futuro no muy lejano mi presencia online se atenuará de forma considerable.

Me resulta insatisfactorio este modo de vida; lo estoy recanalizando.

No sé si lo conseguiré

Cómo escribí “Área Cero”

Algunas veces, no siempre, antes de sentarme a escribir un cuento, una imagen etérea y parcialmente estática se alza en mi cerebro, y, a partir de ella pero no como referencia cronológica, la historia que quiero contar se desarrolla a continuación. Es decir, esa escena pertenece al relato, pero no tiene por qué ser la primera escena, ni la última, ni la más importante. En el cuento Área Cero yo “vi” al protagonista reaparecer mágicamente entre los andenes de una estación de tren. Un desenlace que al final cambié por el del vaso de cristal hecho añicos, al que Ana observa con mucha atención.

Sin embargo, para que el diablo no se lleve la mentira, seré totalmente sincero: aquél no fue (con exactitud) el motivo primario que me impulsó a escribir. La génesis de esa historia fue la idea un no-lugar, un no-existir, un solo-pensar. Me imaginaba un sitio muy oscuro y extraño. Representaba la existencia en su vertiente más leve, sin ningún contacto con la realidad. Y al final (ahora sí) el protagonista reaparece, las líneas ferroviarias chisporrotean… y se reencuentra con su familia.

Es curioso cómo tejí las palabras alrededor de ese núcleo. Lo es porque a menudo los escritores paren un principio y se dejan llevar, a través de la brújula y no del mapa, hasta un desenlace que logra sorprenderles tanto o más que a los lectores. Yo, por el contrario, siempre supe que el final del cuento era el contacto con esa especie de Más Allá, aunque, como dije más arriba, la escena de la niña mirando los cristales me pareció más sutil y evocadora que la mágica aparición en el andén.

Diré más todavía: la representación mental que yo tuve del área cero no fue visual, sino más bien conceptual. Las primeras líneas que escribí fueron el diálogo desesperado de Iván, cuando no logra identificar dónde se halla. Como él, yo no veía nada a mí alrededor. Además, durante un tiempo —he tardado en escribir y publicar Área Cero más de un año—, valoré la posibilidad de intercalar esas angustiosas líneas a lo largo de todo el relato, como una serie de paréntesis, para dotar a esa área de un carácter atemporal. Descarté finalmente esa estrategia y, para conseguir que Iván estuviera en unas coordenadas atemporales, hice que transcurrieran dos años y ochos meses. No obstante, el protagonista parece no percibir el paso del tiempo, no así el lector.

En fin… así escribí ese cuento

https://eldespachodelvagabundo.wordpress.com/2017/08/15/area-cero-cuento/